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Maldita sea

El detalle es el estilo, la diferencia, la idiosincrasia, el detalle lo es todo, también en la grada de Cornellà en un Espanyol-Leganés

Mantovani persigue a Gerard Moreno. Ampliar foto
Mantovani persigue a Gerard Moreno. EFE

Por imponderables vemos el partido Espanyol-Leganés desde el sofá de casa. Maldita sea. La caja tonta es menos tonta de lo que parece, al igual que la mayoría de personas. Sin embargo, la tontería está ahí, acechando, dispuesta a colonizar nuestras mentes, como la deshumanización en “La invasión de los ultracuerpos”. Otros ultracuerpos vuelven a concentrarse en la grada, los chicos y chicas de la Curva Jove y de la Juvenil, cada día menos jóvenes y juveniles. Por televisión se escuchan los constantes cánticos de apoyo al equipo, aportando vida a un estadio precioso visto desde el sofá. Un sofá que a tenor de la baja asistencia sigue siendo, para muchos periquitos clandestinos, más precioso y seductor aún que las duras gradas del estadio, que es el lugar donde se concentra la emoción y por lo tanto el lugar en el que hay que estar cuando se puede, maldita sea. Hay cánticos, no hay pancartas, no hay signos fascistas que hieran nuestra sensibilidad, ya suficientemente maltrecha por los imponderables que nos tienen echados en el sofá, como una maja desnuda y sin embargo en pijama y albornoz. Una maja sin Goya, viendo un partido de fútbol en posición yacente, pero viva, maldita sea.

Durante la primera parte del encuentro nuestro hemisferio cerebral izquierdo, el de la supuesta razón, se aburre. En cambio, el hemisferio derecho arde en llamas sentimentales, forofas si se quiere, sin importarle los pelotazos y correrías sin sentido que presencia. Es así como solemos vivir. Escindidos, disociados, esquizofrénicos, luchando a diario por hermanar los dos hemisferios para que dejen de comportarse como Caín y Abel, buscando el abrazo que aplaque la ira.

Dice el entrenador Sánchez Flores que el juego del equipo está lejos del que se imagina. A nosotros nos pasa lo mismo con nuestra existencia, está lejos de la que imaginamos. Y, sin embargo, la queremos tal como se nos presenta, con todo su esplendor, incluyendo la posición yacente, maldita sea. Pero ya basta de quejas de convaleciente, que por muy legítimas que sean no vamos a permitir que nos conviertan en un quejica postrado, huraño y desagradecido. La televisión permite fijarse en los detalles. El detalle es el estilo, la diferencia, la idiosincrasia, el detalle lo es todo. Sánchez Flores se une al aplauso del minuto 21. En las gradas observamos un cierto cansancio en ese minuto, son demasiados los que no aplauden y se quedan tan anchos, con gesto displicente. Son los que han olvidado o todavía no han aprendido que la existencia es algo frágil, fugaz, misterioso. No obstante, el aplauso del minuto 21 tiene visos de quedarse para siempre en Cornellà, como un ritual contra el olvido, a favor de la memoria y de la historia. Es un aplauso a Jarque y a nosotros mismos. Un aplauso porque estamos vivos y asumimos la responsabilidad de recordar.

Dice el entrenador Sánchez Flores que el juego del equipo está lejos del que se imagina. A nosotros nos pasa lo mismo con nuestra existencia

La televisión nos permite descubrir que hay bufandas blanquiazules y ojos rasgados, una peña japonesa, y otra que viene de Andorra, lo que nos conmueve no sabemos muy bien por qué. Los primeros planos permiten apreciar la expresividad de las caras. ¿Cómo será un primer plano de nuestra cara? ¿Qué transmitirá nuestra mirada? El primer gol, recién iniciada la segunda parte, nos pilla en la cocina. Con el segundo, el sofá ya es el sofá volador e inter-galáctico de Frank Zappa de su álbum “One size fits all”. Piatti marca el tercero. Están nuestros brazos y están los brazos del sofá. Nos abrazamos, maldita sea.

 

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