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OPINIÓN

La victoria del procesismo

El proceso ya es parte del paisaje, pero ha generado el procesismo, que es la fase superior, insuperable y más kafkiana del proceso

La noticia de la temporada es el procesismo. El independentismo sucedió al soberanismo y el procesismo está sucediendo al independentismo. Si el soberanismo se centraba en la consulta y el independentismo en la independencia, lo que al procesismo le ocupa y preocupa ahora es el propio proceso. Si no hay consulta y no hay independencia, ni por la vía unilateral ni por la acordada, y por el momento no asoma ninguna de las dos cabezas por el horizonte, entonces solo queda una alternativa y es hacer que el proceso siga vivo aunque esté muerto.

El procesismo es como una bicicleta: si cae se para. Hay que hacer algo, lo que sea, para que no se caiga. No hay más remedio que seguir pedaleando. Es un movimiento que ya se justifica por sí mismo y no por su improbable objetivo. Si no se puede hacer la DUI (declaración unilateral), pues nos conformamos con el RUI (referéndum unilateral); y si luego no puede ser el RUI, pues habrá que ir de nuevo a por la DUI. Y vuelta a empezar.

El procesismo es una proyección de la voluntad. El deseo de tanta gente es perentorio y de absoluta necesidad. No cabe en la cabeza de nadie que todo se hay acabado. No puede ser que tantos estén equivocados y durante tanto tiempo. Nadie puede imaginar que sea una mera ideología capaz de instalarse y de aceptar que por el momento no hay quien mueva la piedra de la realidad.

El determinismo es una de las características del procesismo. Está escrito que eso debe terminar pronto y bien. El largo plazo es pecado para el procesismo. No vale dudar al respecto y quien lo haga se hace reo de falta de voluntad… procesista, claro está. La voluntad política tal como la entiende el procesismo es una traslación a la historia de Cataluña de la fe religiosa. Hay quien la tiene y hay quien no la tiene, qué le vamos a hacer.

El procesismo confía en su largo aliento pero vive del sentido de inminencia. Va para largo, para muy largo, pero hay que vivirlo como si fuera a ocurrir ahora mismo. Solo se pueden dedicar tantos recursos y tantas energías, que se sustraen a muchas otras cosas y llegan a ocupar todo el espacio psicológico y político, cuando se vive con una febril sensación de inminencia.

El procesismo suma procesos, actuales y remotos. La idea de que hay uno solo, que se proyecta retrospectivamente en la historia hasta 1714, es su obra más sofisticada. No es lo mismo el proceso que dirigía Artur Mas, con su fuerza central convergente como base, que el proceso coliderado por Mas y Junqueras, con el conglomerado de Junts pel Sí resultante de la suma de dos partidos y el añadido de los independientes de las asociaciones soberanistas. Ni el proceso que ahora dirige aparentemente Puigdemont, bajo vigilancia y hegemonía de la CUP.

El procesismo es una culminación, una especie de momento hegeliano en el que se colma definitivamente el devenir nacional de Cataluña, como una fruta ya madura a la que solo le queda soltarse del árbol. Todo está a punto y al punto. Para acelerar la caída, el procesismo se denomina a sí mismo primero post autonomía, luego pre-independencia, estadios políticos insuperables en todos los sentidos, porque difícilmente se superarán y porque son la perfección misma del proceso: lo hemos hecho todo, todo está ganado, pero queda solo el momento mágico, el instante que nunca llega, eternamente aplazado.

El proceso ha generado también sus intereses, creado puestos de trabajo, producido ingresos e inspirado e inducido múltiples negocios. Es parte del paisaje cotidiano. Algunos han calificado a las asociaciones surgidas al calor del proceso como auténticas start-up de la tecnología política. Hay mucha gente a la que le interesa que esto siga y siga como la pila de duracel aunque haya dejado de tener orientación e incluso sentido. Son el lobby del proceso que seguirá procurando por el negocio mientras dure.

Es como el proceso de paz en Palestina, me sopla una buena amiga que ha ejercido como corresponsal en Israel. Todos, partidarios y adversarios, sospechan que está muerto, pero a todos interesa que siga así con la apariencia de que está vivo, aunque solo sea para defenderlo o para rechazarlo. Desde fuera —de Cataluña y sobre todo de España— todo esto es de muy difícil comprensión, y se entiende muy bien por qué nadie lo entiende: el procesismo es la fase superior y más kafkiana e insuperable del proceso.