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Dios perdone a los culpables

Agustí Carreras, alcalde de Sant Martí de Provençals, se suicidó con 40 años en 1891 descerrajándose un tiro en la cabeza en medio de rumores de corrupción y dinero público desaparecido

El nº 62 de la calle Taulat, hoy una farmacia, donde vivió Agustí Carreras.
El nº 62 de la calle Taulat, hoy una farmacia, donde vivió Agustí Carreras.

Esta es una historia de esperanzas rotas, amores complicados, secretos políticos y muerte que bien podría comenzar en esta misma acera, en una farmacia todavía abierta al público de la calle Taulat. Pero aquí apenas se conserva nada de su primer propietario, para conocer su identidad deberemos acercarnos hasta la vecina Rambla de Poblenou. Allí, en el suelo son visibles diez placas que recuerdan a otros tantos personajes populares de este barrio. Una de esas inscripciones en bronce está dedicada a Joan Agustí Carreras, el que fuera alcalde de Sant Martí de Provençals a finales del siglo XIX, que se suicidó a los 40 años sin explicar el porqué.

Carreras encabezó en 1870 un movimiento que pretendía segregar el barrio de Poblenou del pueblo de Sant Martí

El político de la placa nació en 1850 en la calle de la Cera, hijo de un modesto albañil. Aún era un niño cuando su familia se trasladó a Sant Martí, donde comenzó sus estudios. En sus años de bachiller vio caer a la reina Isabel II, el Gobierno del general Serrano, el reinado de Amadeo I, la Primera República y la Restauración borbónica. Fue en este momento tan cargado de tensiones y turbulencias cuando entró a militar en el Partido Republicano Federal. Y en 1870 encabezó un movimiento que pretendía segregar el barrio de Poblenou del pueblo de Sant Martí, para convertirlo en un municipio independiente. El principal argumento de su petición era el aislamiento que sufría ese territorio. Reclamaban que el tren a Mataró cruzaba su término y en cambio no tenían ninguna estación, y que la industria estaba convirtiendo Poblenou en una sobrepoblada barriada obrera. El ayuntamiento de Sant Martí votó a favor de la propuesta, que fue revocada por el Gobierno Civil y la Diputación.

El joven Agustí Carreras fue nombrado regidor en 1873, y desde entonces desempeñó diversos cargos en el consistorio. Cuatro años más tarde abría botica en la calle Taulat, casi esquina con la calle del Ferrocarril. Su establecimiento era conocido por el famoso “Jarabe Anticatarral de Agustí Carreras”, que se vendía incluso en Barcelona. También fue uno de los fundadores —y presidente durante unos años—, de la Alianza del Poble Nou. Nunca se casó ni tuvo hijos, pero mantuvo una relación nada disimulada con la viuda Caterina Messeguer (relación no muy bien vista por la sociedad de la época).

Las principales críticas fueron por beneficiarse de las obras públicas gracias a la empresa de albañilería que poseía  con su padre

Comenzó a desempeñar su cargo de alcalde en 1885, cuando fue nombrado por el gobierno. Al frente del ayuntamiento gozó de gran popularidad, amado y odiado a partes iguales. Las principales críticas fueron por beneficiarse de las obras públicas, gracias a la empresa de albañilería que poseía en asociación con su padre y uno de sus primos. En aquellos años, Agustí Carreras y su homólogo barcelonés Rius i Taulet estaban enfrentados por la pretensión capitalina de incorporar los municipios limítrofes a Barcelona. En febrero de 1889, en una sesión del ayuntamiento Agustí hizo un incendiario discurso contra la agregación. Ese mismo año se sustituyeron los viejos faroles de petróleo por unos nuevos de gas, y el siguiente se comenzó a debatir la construcción de una red de alcantarillado propia. A pesar de tanta actividad, en esas fechas al alcalde comenzó a pesarle el cargo, circulaban rumores sobre corrupción y dinero público desaparecido. A principios de 1891 abandonó la alcaldía, se sabe que se entrevistó con el gobernador civil (con quien habló de un supuesto desfalco). Y a la mañana siguiente se descerrajó un tiro en la cabeza, en su dormitorio. El cadáver lo encontró poco después la criada, junto a la pistola. Sobre la mesita encontraron una nota que ponía: “Dios perdone a los culpables”.

Mucho se especuló sobre aquella muerte. Se habló de corruptelas en su propio partido, problemas económicos, desengaños amorosos, una profunda depresión o una enfermedad incurable. El entierro fue multitudinario, y las esquelas que publicó la prensa no dijeron nada sobre las circunstancias del suceso. Pero el rumor se extendió, y el entierro católico de un suicida se convirtió en un escándalo. Difícilmente sabremos qué pasó aquel día, quizás los políticos de entonces asumían sus errores de una forma más drástica, quizás se trató de una muerte por amor, o por uno de esos males que no tenían ni nombre. El caso es que su figura se sigue recordando en bronce, en parte por su gestión como alcalde, y en parte también por el ruido de aquel disparo que dejó a todo el mundo con la duda.