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Muere Francisco Cacharro, un poder en la sombra durante 24 años

La Diputación de Lugo rinde honores a uno de los históricos barones del PP.

El BNG arremete contra Besteiro por instalar la capilla ardiente en la sede de la institución

Fraga y Cacharro, en las fiestas del San Froilán de Lugo, en 1996
Fraga y Cacharro, en las fiestas del San Froilán de Lugo, en 1996

De aquel triunvirato invencible sin el que el fraguismo no sería nunca lo que fue en Galicia, el que formaban Xosé Cuiña, Francisco Cacharro Pardo y José Luis Baltar, ya solo queda este último, jubilado e inhabilitado por los tribunales. Cacharro, que se había situado lejos del PP desde su paso al ostracismo, en 2007, falleció este domingo en Lugo a los 78 años víctima del cáncer que consumió en los últimos meses a quien había sido uno de los personajes esenciales de la derecha gallega durante las décadas de los ochenta y los noventa. La Diputación Provincial que gobernó durante 24 años, ahora en manos de socialistas y nacionalistas, acordó despedirlo con todos los honores: cediendo el palacio provincial para su capilla ardiente y decretando tres días de luto oficial. La decisión la tomó el presidente, el también secretario general del PSdeG, José Ramón Gómez Besteiro, para irritación de sus socios del BNG, que hicieron pública una nota criticando el homenaje oficial a un político sin ninguna simpatía en la izquierda.

 La alianza entre Besteiro y el BNG fue precisamente la que acabó en 2007 con el casi legendario poder de Cacharro, que se había hecho fuerte en la presidencia de la Diputación desde 1983 tras una etapa como conselleiro de Educación de la Xunta. Perdido el poder, Cacharro se sintió también abandonado por su partido, a cuya dirección criticó con dureza en varias ocasiones durante los últimos años. El PP gallego no había emitido a última hora de la tarde de este domingo ninguna declaración oficial por la muerte de su antiguo dirigente. Las condolencias y las muestras de reconocimiento quedaron a cargo de los populares de Lugo y de su presidente, el también portavoz del PP en el Senado, José Manuel Barreiro, que empezó en la política como colaborador de Cacharro, pero acabó también muy distanciado de él. “Llevó al partido a las más altas cuotas de representatividad en la política lucense y gallega”, señaló Barreiro, quien destacó además como uno de sus mayores logros la creación de un campus universitario en Lugo.

En los últimos meses de su vida, ya tocado por la enfermedad, Cacharro tuvo la satisfacción de ver cómo quedaba en nada una investigación judicial prolongada durante años, la Operación Muralla sobre adjudicaciones de obras de la Diputación. El viejo barón, a quien sus adversarios retrataban como un cacique y un déspota, logró irse sin ser alcanzado por las manchas de la corrupción.

“Sé que se me ve como alguien que maneja los hilos en la sombra, entre bastidores”, confesó en una ocasión a los periodistas Santiago Romero y Xosé Manuel Pereiro. No parecía que fuese una imagen que le disgustara del todo. Era un hombre más bien reservado, sin mucha elocuencia — aunque en los mítines se desatase con ataques a sus rivales— y un tanto taciturno, lo que alimentó su leyenda de personaje astuto y sinuoso. Como Cuiña y como Baltar —y a diferencia de muchos de los notables de la derecha gallega tras la muerte de Franco— Cacharro no tenía detrás un linaje familiar que impulsase sus ambiciones políticas. Más bien debió ganárselo a pulso. Su padre era un maestro republicano que durante la Guerra Civil fue confinado en Guarromán, un pueblo de Jaén donde Francisco Cacharro nació a los cuatro meses de estallar la contienda, el 16 de noviembre de 1936. Concluida la guerra, la familia retornó pronto a Lugo, y allí el joven Cacharro, lejos de las inclinaciones políticas familiares, optó también por la enseñanza y acabó como inspector de aulas. Fue una experiencia decisiva para él, no solo porque le lanzase a su primer cargo político de relevancia, la Consellería de Educación en la Xunta de Xerardo Fernández Albor, sino porque le permitió conocer hasta el último rincón y el último habitante de la provincia.

Instalado en la Diputación, Cacharro doblegó el poder de las familias de más raigambre en la derecha lucense, como los Rosón. Su enfrentamiento con estos últimos le llevó a protagonizar un episodio de vodevil en vísperas de las segundas elecciones autonómicas gallegas, en 1985. A Cacharro no le gustaba la lista para Lugo bendecida por la dirección gallega. Como él era el encargado de entregarla en la Junta Electoral, esperó al último minuto para darle el cambiazo y suprimir algunos nombres no deseados. Lo sucedido tuvo eco en toda España, pero Manuel Fraga, entonces líder nacional de Alianza Popular, tuvo que tragárselo sin rechistar. Cuatro años después, Fraga desembarcó en Galicia dispuesto a reconquistar la Xunta. Cacharro le marcó el territorio desde el primer minuto, al negar al patrón el deseo de encabezar las listas de Lugo, su provincia natal. Fraga captó el mensaje, Cacharro siguió ordenando el feudo lucense a su antojo y ambos pudieron disfrutar del poder durante 15 años, cada uno en su parcela correspondiente y refrendados por aplastantes mayorías absolutas. Pero también las urnas los derrotaron: a Fraga en 2005 y a Cacharro, dos años después.