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Los Alegres del Barranco
Análisis
Exposición didáctica de ideas, conjeturas o hipótesis, a partir de unos hechos de actualidad comprobados —no necesariamente del día— que se reflejan en el propio texto. Excluye los juicios de valor y se aproxima más al género de opinión, pero se diferencia de él en que no juzga ni pronostica, sino que sólo formula hipótesis, ofrece explicaciones argumentadas y pone en relación datos dispersos

El espectáculo del Mencho

Un concierto con apología del crimen celebrado en Guadalajara obliga a pensar en la complacencia social de la que gozan los carteles mexicanos

La banda sinaloense 'Los Alegres del Barranco'
Carmen Morán Breña

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El escándalo de Teuchitlán escoció en las filas del Cartel Jalisco Nueva Generación. Así lo creen quienes dan por auténtico el video emitido en el que los encapuchados se desmarcan de las prácticas de tortura y asesinatos en el reclutamiento de jóvenes ocurridos en el rancho Izaguirre, porque ellos son del crimen, oiga, pero tienen códigos, se atreven a decir en ese esperpento grabado. Ni pizca de gracia les hizo que las madres buscadoras metieran la nariz en uno de los grandes pozos de basura del cartel y sacaran a la luz la deshumanización a la que ha llegado el crimen en México. El enfado, dicen los expertos en seguridad, tendrá consecuencias. Ven probable que castiguen a quienes dejaron la casa sin limpiar y sin pensar en las visitas inesperadas. La otra acción inmediata esperable es poner bálsamo entre quienes puedan haber sentido por primera vez un asco profundo ante tanta violencia. Y en ese contexto cabe leer el concierto ofrecido por Los Alegres del Barranco el sábado en Guadalajara, en el que el cartel patrocinó una campaña mediática digna del mejor gobernador. Las imágenes del Mencho se proyectaron en las grandes pantallas del escenario acompañando un corrido para el señor de los gallos, el del cartel jalisciense. O sea, vivan los criminales, arriba Jalisco y aquí no ha pasado nada.

La Universidad de Guadalajara, dueña del recinto, asegura no tener responsabilidad alguna sobre los espectáculos que se programan ahí. El Gobierno ha solicitado una investigación y los asistentes corearon con gusto las bravatas de quienes han convertido a México en un sangriento cementerio. No es la primera vez que pasa algo así, ni será la última. Ante una nutrida concurrencia es imposible pensar que todos aprueban la existencia del crimen y sus códigos. Pero el país entero debería preguntarse cómo es posible que la violencia que obliga a cerrar los ojos tantas veces sirva también para pasar una alegre noche de sábado. Hay mucho que pensar.

La última encuesta de opinión ciudadana publicada por este periódico muestra, de nuevo, que los mexicanos saben el enorme problema de inseguridad y crimen que atraviesa el país. Conocen el diagnóstico, pero cabe preguntarse cuánto les importa. No es, desde luego, lo que mueve su voto, ni ahora ni antes. El crimen ha extendido sus tentáculos por cientos de negocios y la gente lo sabe. Conoce la pequeña tienda que se maneja con oscuras mercancías, el halconeo de decenas de muchachos al caer la tarde, las mansiones donde viven los capos y la paga extra que recibe la policía de los carteles. No es generalizado, diría la presidenta. Afortunadamente, pero sí lo suficientemente extendido para que el pueblo se haya acostumbrado a vivir con ello, con miedo, con displicencia e incluso con entusiasmo en la noche del sábado.

Los carteles, y el de Jalisco es ahora el más poderoso de México, son una empresa sin llenadera. Necesitan jóvenes a su servicio para atender la gigantesca compañía criminal en que se han convertido y los encuentran y los roban de esos barrios donde la vida no ofrece muchas más posibilidades. La pobreza, sin embargo, no lo explica todo. La parafernalia que adorna al crimen en México resulta atrayente para muchos jóvenes, como la simbología nazi hizo lo propio en su momento. Es la misma seducción que generan las series sobre narcotraficantes o cierta literatura apologeta de las excentricidades y el terror que caracterizan a estos señores que, dicho sea de paso, tienen la cabeza aún más vacía que el código ético del que presumen.

La presidenta Claudia Sheinbaum viene anunciando un acuerdo con el sector musical para que las letras de ciertas canciones salgan del imaginario juvenil. Se trata de que nadie tararee las andanzas de criminales que trajeron la muerte de su vecina, por ejemplo. Ni de que se sonrían con las pistolas con las que se fotografían algunos cantantes de moda, como si México no tuviera ya sobrada experiencia sobre las consecuencias de las balas. En definitiva, que no encuentren gusto en lo que repugna a cualquiera que distinga el bien del mal. El alcance de esta medida gubernamental está por verse, pero intentar que un día, ojalá pronto, no se den espectáculos como el de Guadalajara siempre es bienvenido.

Los cárteles tienen dos caras, también es sabido por todos. Lo mismo torturan a un muchacho que prestan dinero a una madre para que lleve a su hijo al médico; en la mañana asesinan a un taxista y en la tarde liberan a una comunidad del ladrón que desvalija sus vehículos; hoy condenan a una niña a ofrecer servicios sexuales y mañana financian una matrícula universitaria. Con esa doble moral vienen funcionando, extendiendo el discurso de que solo quienes se portan mal reciben castigo. Y esa misma moral cunde entre miles de poblaciones, barrios y periferias urbanas, que han mirado para otro lado cuando la televisión atronaba con brutales asesinatos, desmembramientos, decapitaciones, secuestros y extorsiones. Eso le sucede al que anda en malos pasos, a sus hijos no, se dicen. Sin preguntarse por qué miles de muchachos están en malos pasos ni cuándo sus hijos podrían deslizarse por la misma resbaladera. La enfermedad se ha convertido en pandemia. Sería razonable pensar que todo el mundo debe ser inmunizado, pero no para tolerar tanto dolor, sino para condenarlo a voz en grito, con la misma furia que empleamos en los conciertos.

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Sobre la firma

Carmen Morán Breña
Trabaja en EL PAÍS desde 1997 donde ha sido jefa de sección en Sociedad, Nacional y Cultura. Ha tratado a fondo temas de educación, asuntos sociales e igualdad. Ahora se desempeña como reportera en México.
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