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OPINIÓN

La ciudad de las alegrías

Hemos llegado a un punto en el que hasta da pena tener que comentar las desgracias económicas de la Generalitat

Hace unos días saltaba el enésimo escándalo: la Ciudad de la Luz, uno de los proyectos estrella del gobierno Camps, también se hundía estrepitosamente al reclamar la UE nada menos que los 265 millones de euros procedentes de fondos europeos que se gastaron en esa fantasía inútil. Y menos mal que esta vez no se los ha embolsado nadie: es simplemente un caso de derroche, como el de los tres millones y medio que le dieron al Instituto Nóos, solo que mucho más oneroso. Me imagino los sudores de Buch y Moragues al enterarse de la que les caía encima sin comerlo ni beberlo. Hemos llegado a un punto en el que hasta da pena tener que comentar las desgracias económicas de la Generalitat. Es como esas familias que están en las últimas y tiemblan cada vez que suena el timbre y una mirada furtiva por la mirilla de la puerta les devuelve la imagen de un tipo sospechoso con un fajo de recibos en la mano. Lo malo es que en la entrada hay una foto de Camps abrazando a Depardieu, el evasor fiscal que iba a poner la Ciudad de la Luz en el mapa. Con trofeos como estos es difícil que el cobrador del frac, al que nuestros empresarios van a visitar en Madrid, se crea que estamos sin blanca. ¿A quién se le ocurriría toda aquella sarta de ciudades esperpénticas? La de la luz, la de mundo ilusión, la de las ciencias… Debe de ser un asesor con muy buenos padrinos porque, no contentos con el desastre conocido, acaban de proponer un nuevo disparate: la ciudad del motor de Cheste. ¡Pero, hombre de Dios, si eso ya lo tienen en Alcañiz, en la provincia de Teruel, y solo ha servido para tirar el dinero público a manos llenas! Qué quieren que les diga, a mí todas estas ciudades me recuerdan demasiado a La ciudad de la alegría, aquella lacrimógena novela de Dominique Lapierre ambientada en Calcuta. Solo que en la CV, alegría, lo que se dice alegría, hemos tenido poca, aunque alegrías presupuestarias hay como por un tubo.

Curiosamente lo que no ha tenido casi ninguna trascendencia mediática es el abandono hace un mes del proyecto de la Ciudad de las Lenguas de Castellón. Se ve que hasta sus promotores se dieron cuenta de que convertir la capital de la Plana en una especie de Salamanca oriental, llena de estudiantes de español, era un sueño irrealizable. Y sin embargo… Se ha criticado duramente a Alberto Fabra por su intento de vincular la menesterosa financiación que recibimos del gobierno central con un rebrote del independentismo. Difícilmente puede rebrotar lo que nunca ha brotado entre nosotros. Aun así, pasaré por alto la evidente motivación electoralista del presidente para destacar que tiene razón en una cosa: las comunidades infrafinanciadas son las mediterráneas y es en ellas donde se está desarrollando un creciente sentimiento de agravio comparativo. En Cataluña les ha dado por el separatismo; sospecho que en Valencia acabará manifestándose como una virulenta rebelión antisistema. En cualquier caso, si tan preocupados están en el PPCV por la unidad de España, yo les sugeriría que convirtiesen su abortada ciudad de las lenguas en un foro estival de enseñanza del valenciano a los universitarios de la España monolingüe. A lo mejor así hacían más por dicha unidad que los cursos de FAES y hasta acababa siendo un buen negocio. Yo que ustedes me lo pensaría. Y si, de paso, dejan de cerrar unidades de valenciano en las escuelas, mejor. De res.