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Pepeta dio calabazas a Gaudí

Aparece una biografía de la mujer que rechazó al arquitecto, dejando

el camino expedito a la realización de la Sagrada Familia

Pepeta Moreu y Antoni Gaudí, en sendas fotos tomadas en la década de 1880, cuando se conocieron.
Pepeta Moreu y Antoni Gaudí, en sendas fotos tomadas en la década de 1880, cuando se conocieron.

Vaya dos fueron a cruzarse. El diseño del estandarte para la Cooperativa Obrera Mataronense estaba tan cargado de detalles y “arabescos” que la bordadora, ni corta ni perezosa, le escribió una carta al autor quejándose de lo difícil que era coser el diseño. El artista era el arquitecto Antoni Gaudí y la encargada de coser, la mataronina Pepeta Moreu, que poco después pasó a la historia por ser la única mujer que recibió una propuesta firme de matrimonio por parte del arquitecto... que rechazó. Y así quizá por ello existe hoy la Sagrada Familia. “El mazazo que recibió le desmontó la vida, se la giró 180 grados y lo convirtió casi en un anacoreta, un hombre místico que se centró desde entonces en el templo”, sostiene Agustí Soler, historiador y autor ahora del casi opúsculo sobre su tía bisabuela, Pepeta Moreu. El gran amor impossible de Gaudí (Duxelm).

 Soler aporta algunos detalles más a una figura ya conocida —la estudiosa Ana Maria Ferrín le dedicó ya en 2001 un capítulo en su biografía Gaudí. De piedra y fuego y aparece en la reciente novela La piedra de fuego, de Glenn Cooper (Grijalbo) — pero de vida de película por accidentada—. Cruzó los destinos de Pepeta y Gaudí Salvador Pagès, amigo de infancia del arquitecto, enriquecido en EEUU con la industria textil pero con ideas de socialismo utópico, que quería encargarle la construcción de una cooperativa y una urbanización para trabajadores en Mataró (solo hizo la nave, hoy sede de la Fundación Bassat). Pagès, amigo de la familia Moreu, había propuesto a Pepeta y a otra de sus hermanas pequeñas, Agustina, que hicieran de maestras en la escuela de la cooperativa. Allí, pues, debieron conocerse, en 1885.

O quizá fue en casa de los mismos Moreu, con el padre Antoni (propietario de un velero que compró al tocarle en la lotería la friolera de 25.000 pesetas de la época y con el que comerciaba —y traficaba— con Cuba) presidiendo más de una sobremesa y tertulias con ideas progresistas, donde corrían por las butacas cabeceras de corte republicano como La Campana de Gràcia y El Diluvio, la anarquizante La Tramontana y los versos cáusticos de Pitarra. El atrezzo también captó la atención del detallista Gaudí: buena mesa (como mobiliario y en lo gastronómico), muebles de caoba, reloj de péndulo, arrimaderos de mosaico valenciano en las paredes (que de algún modo él exportará a sus proyectos de la Casa Calvet y la Casa Vicens) y hasta un piano que tocaba Pepeta, la mayor de tres hermanas y un hermano, alta, “rubia, de cabellos de color oro viejo, casi caoba, de un extraño atractivo que se hacía mirar”, según la describió años después el pequeño de los cuatro, Josep Maria; una chica que en los años setenta del siglo XIX se ponía ya un traje de baño y, sin pudoroso albornoz, se iba a nadar a la playa de buena mañana.

Él acabó no casándose nunca; ella lo hizo

al final tres veces

Huelga decir que Gaudí se quedó prendado. Haciéndose acompañar de su sobrinita Rosita Egea, el arquitecto se presentaba casi todos los domingos a comer y a pasar la tarde con la familia Moreu. “Tocábamos el piano y cantábamos y él asistía complacido a todas las expansiones de la familia”, recordaría años después Pepeta.

Gaudí, paciente y tenaz, les visitó cuatro años seguidos. Lo que esperaba llegó en abril de 1889: tras ocho años de pleitos, el Tribunal Eclesiástico del Arzobispado de Barcelona anulaba el matrimonio que una tozuda, jovencísima y alocada Pepeta había contraído en agosto de 1875 con un exsoldado carlista, Joan Palau Ferrer, que con su dote se compró un falucho y en uno de sus viajes comerciales a Orán la abandonó dejándola embarazada. Por más que ella intentó resistir tocando el piano en un bar de Orán (“malas lenguas dicen que también alquilando su piel, pero no es cierto; era muy estricta moralmente”, afirma Soler), la familia acudió a su rescate.

El arquitecto no tardó en mover ficha. “Un día el señor Pagès me habló del arquitecto, demostrándome el interés que sentía por mí, contestándole que yo no podía tener interés alguno hacia él, ya que hacía tiempo que yo tenía relaciones con Josep Caballol”, explicó Pepeta después el episodio.

A pesar de esos indicios, Gaudí le habría propuesto en matrimonio. Pepeta, mostrando ya un anillo de prometida, lo zanjó. “Admiraba al genial artista pero no le gustaba el hombre, poco cuidadoso de su persona, desaliñado; ‘Lleva el bigote lleno de mocos’, decía mi hermana, para explicar su rechazo”, recordó Josep Maria. Ella, años después, elogiaba su figura.

La reacción del arquitecto fue inmediata; no volvió a pisar esa casa ni Mataró nunca más, evitándola incluso cuando ella visitaba en el Park Güell a la familia amiga del doctor Trias Maxencs, propietarios de una de las tres únicas casas del complejo junto a la de los Güell y la del propio Gaudí. Otros cronistas dicen que la espiaba por los patios del Eixample cuando coincidieron viviendo un tiempo en la calle Diputació.

“Gaudí llevaba hasta entonces un vida un poco de dandy, era un arquitecto caro y se codeaba con buenas familias; esa negativa le desmontó la vida: estaba en buena situación económica y social y quería una mujer de impacto; y Pepeta lo era, por físico y carácter”, defiende Soler, que pone otro ejemplo de la desorientación de Gaudí tras el episodio: “Se comprometió con una barcelonesa que rompería la relación para hacerse religiosa de Jesús y María”. No hubo más mujeres, al parecer.

El impacto de Pepeta (que se casó una tercera vez, tuvo cuatro hijos —uno arquitecto y otro ingeniero industrial— que fallecieron sin descendencia y se libró de morir en el atentado del Liceo por desavenencias con la modista en el último momento sobre el vestido que iba a llevar) condujo a Gaudí a “refugiarse en el misticismo y la religión como no había hecho hasta entonces”, cree Soler. Y a concentrarse en la Sagrada Familia, encargo que recibió en 1884. Quizá unas calabazas nunca fueron tan artísticamente productivas.