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Reservándose para el final

A medida que avanzaba 'Anna Bolena' y se calentaba la voz, las cosas mejoraron

Es una vieja táctica, en los cantantes de ópera, la de reservarse para los números más lucidores o más famosos, especialmente cuando estos se encuentran al final: se aseguran así un aplauso fervoroso y, además, llegan a puerto sin riesgo de naufragar en la travesía. La contrapartida lógica de todo ello es la disminución de resultados en los primeros actos, al menos en lo que a partes vocales se refiere.

Algo de eso sucedió en Anna Bolena, montada en versión de concierto el pasado domingo. Las tres voces femeninas, que encarnan a la protagonista, a su rival y amiga Giovanna Seymour, y al paje Smeton, mostraron en un principio instrumentos poco seguros. Marta Torbidoni por una fluidez bastante moderada en las agilidades. Laura Polverelli por un vibrato acusado y un timbre ácido, y Marina De Liso por la desigualdad de registros.

Anna Bolena (versión de concierto)

De Gaetano Donizetti. Solistas vocales: M. Torbidoni, M. De Liso, L. Polverelli, M. Marín Gacía, U. Guagliardo, F. Fernández-Rueda, D. Tsantinis. Coral catedralicia de Valencia. Europa Galante. Director: Fabio Biondi. Palau de la Música. Valencia, 9 de marzo de 2014.

Sin embargo, a medida que avanzaba la representación, que se calentaba la voz y –suponemos- se disminuía la reserva, las cosas mejoraron gradualmente. Torbidoni fue redondeando sus intervenciones y, al final, en la escena de la locura –toda una prefiguración de su homónima en Lucia di Lammermoor, incluso por la presencia relevante de la flauta- desgranó un buen repertorio de recursos belcantistas, ausentes al principio de la representación: eliminación de cualquier aspereza, registros igualados, sabia combinación de la ensoñación con el dramatismo, etc. También la voz de Marina de Liso gustó más en ese punto, culminando un proceso que venía desarrollándose a lo largo de la partitura. Laura Polverelli (Giovanna Seymour), que no aparece en la escena final, fue asimismo fortaleciendo su voz a lo largo de la representación: disminuyó el vibrato y mejoró la calidad tímbrica (durante el dúo de Anna y Seymour en el segundo acto, por ejemplo).

Las voces masculinas variaron menos de principio a fin. Ugo Guagliardo fue un Enrico VIII creíble, con algún problema en las notas agudas. Moisés Marín (Percy) lució una voz luminosa, con dificultades de afinación en los saltos, pero muy expresivo en ambos actos. Dionisos Tsantinis hizo un Lord Rochefort seguro, y Fernández-Rueda y el coro cumplieron bien. Fabio Biondi presentó una versión con instrumentos originales, para recuperar el colorido de la época, y una orquesta de plantilla reducida que buscaba recrear las sonoridades de algunos pequeños teatros del siglo XIX. Con ello pretendía aliviar las necesidades de volumen de los cantantes y dirigir su atención a la expresión del drama, según manifestaba en el programa de mano.

Sin embargo, el primor que tuvo en subrayar el colorido de cada instrumento, y la tensión que supo mantener en todas las escenas, no encontró su equivalente en el cuidado de la dinámica, de forma que no siempre los cantantes pudieron despreocuparse del tema. Tampoco estos parecieron hacer de las sutilezas en el campo dinámico el principal de sus objetivos -salvo en honrosas excepciones-, quedándose así en el tintero un importante elemento del belcantismo decimonónico.