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‘Atxagakoak’ toma Madrid

‘El hijo del acordeonista’ abre dos semanas de actos volcados en el universo de Atxaga

La novela saldó las cuentas literarias del escritor con la violencia del País Vasco

El director Fernando Bernués y Bernardo Atxaga, el pasado miércoles. Ampliar foto
El director Fernando Bernués y Bernardo Atxaga, el pasado miércoles.

En los primeros días de junio de 1968 el joven Bernardo Atxaga perdió la inocencia en dos tiempos. Entre dos muertos. A cuatro kilómetros de su casa, Txabi Etxebarrieta mató al guardia José Ángel Pardines en el que está considerado el primer crimen de ETA. El mismo Etxebarrieta murió poco después, asesinado según sus compañeros y fallecido en el hospital según las autoridades. Un ejército de guardias tomó los pequeños pueblos donde vivían Atxaga, sus amigos y gentes que hasta entonces creían en la regularidad del calendario y la estabilidad de la religión. “El eco de la violencia es tremendo, impacta de tal manera que nada permanece como antes. Nadie, decía Goethe, atraviesa por una situación de violencia como si fuera un paseo bajo las palmeras”, reflexionaba el miércoles el escritor en el Teatro Valle-Inclán, donde desde hoy se representa El hijo del acordeonista, la adaptación teatral de la novela con la que Atxaga cerró su ciclo sobre la violencia en el País Vasco.

Aquel día se disipó la inocencia de una generación que apenas tenía pasado. “Lo determinante en mi generación fue el paso abrupto que dio una sociedad ideológicamente inocente, católica o tradicional sin más complicaciones, cuando de repente apareció la violencia”. Atxaga habla cómodo de un tema que no siempre fue cómodo. “Cuando uno entra en lo inmediato, en lo real, hay que mantener el tipo como se puede. Mal o bien me he mantenido en mi línea mental e ideológica”, cuenta arropado por el equipo de Tanttaka Teatroa, que se atrevió con el montaje, producido por tres teatros de localidades vascas gobernadas por distintos partidos, una colaboración insólita que fue destacada por el director de la obra, Fernando Bernués.

Con El hijo del acordeonista, a Atxaga le reprocharon exaltar traidores de ETA y humanizar a etarras

Tras la publicación de El hijo del acordeonista en 2004, Atxaga sufrió embates de unos y otros. Ya había ocurrido con El hombre solo y Esos cielos. “Los tres libros tuvieron mucha reacción. Hubieran dado positivo si hubieran sido una vacuna”, bromea. Le reprochaban por exaltar traidores de ETA, unos, y por humanizar a etarras, otros. Todo estaba tan mal que incluso la literatura escocía. Casi una década después algo ha cambiado. Los espectadores han llorado en las funciones en el País Vasco. “Ni que decir tiene”, sostienen Fernando Bernués y Patxo Telleria, “que esta historia es oportuna en el tiempo que estamos viviendo ahora, tan deprimente en lo económico, pero tan esperanzador para la sociedad vasca en términos de reconciliación”.

En la adaptación teatral, en ese proceso que Bernués gráficamente sintetizó como la transformación de “un tren en una bicicleta”, se han perdido numerosos personajes y todos los escenarios. Sobrevive el núcleo de la novela. David (el actor Joseba Apaolaza) y Joseba (Patxo Telleria), amigos de la infancia que dieron juntos el paso hacia ETA hasta que el primero se desencanta y abandona la banda, se encuentran en el hospital donde el traidor agoniza y donde Joseba ajustará cuentas con el pasado.

Los espectadores han llorado en las funciones en el País Vasco

El director del Centro Dramático Nacional, Ernesto Caballero, defendió la programación de la obra —hasta el 7 de abril, con dos funciones en euskera los días 30 y 31 con sobretítulos, que se suman a una exposición, proyecciones, un concierto y otras actividades alrededor del Universo Atxaga— como parte de la misión exorcizante de la escena: “Tenemos que mirarnos en el espejo de cara, aunque no nos guste. Esa es la función del teatro”.

Porque no es solo una obra. El hijo del acordeonista es una aproximación literaria (y ahora escénica) a la que fue la principal preocupación de los españoles hasta que llegaron la tregua y la crisis. “Poner encima de la mesa nuestro pasado a todos nos sienta bien”, sostiene Bernués. “Adaptarla era algo que solo podía asustar por lo que significaba la novela”, confesó Patxo Telleria, que adaptó el texto literario “haciendo un ejercicio de renuncias”. “Como decía Agustín García Calvo”, señaló Atxaga, “ya se sabe que las traducciones son imposibles, pero lo importante es cómo es imposible. Este ha sido un buen cómo”.

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