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crítica | clásica

Seis propinas, seis

El pianista Grigori Sokolov regala al público de Madrid su técnica indomable y un sinfín de bises

Decíamos ayer… El regreso de Sokolov a Madrid vuelve a poner de manifiesto que hay valores que permanecen por muchas crisis, musicales y de las otras, que revoloteen amenazadoras en los alrededores. El mismo ritual, los mismos gestos, la misma sobriedad, la misma manera de andar y de enfrentarse al piano. Cambia, claro, el programa básico, pero manteniendo las exigencias interpretativas. Bach y Schumann, los compositores elegidos hace un par de años, cedieron su sitio esta vez a Schubert y Beethoven. El primero, con cuatro impromptus y tres piezas para piano de su etapa final. Con versiones más cercanas al dolor que a la contemplación, a la fuerza rebelde que al ensimismamiento melódico. Beethoven, con su sonata más desmesurada, la 29, temible para casi todos los pianistas, un paseo para Sokolov. Escalofriante adagio, imponente fuga.

Con el pianista ruso el espectador se enfrenta también a un ejercicio de resistencia. En el programa oficial, desde luego, pero también en lo que viene después. Seis propinas, o bises, como prefieran, regaló el lunes entre aclamaciones, en un ejercicio de realimentación entre escenario y sala que sorprende y arrebata a la vez. Seis, sí, el mismo número de piezas extras que en el recital anterior en este auditorio. Sin una sonrisa, sin un guiño para la galería. Lo que importa es el piano, la interiorización de las obras, la comunicación al desnudo. Sokolov lleva bien memorizado lo que interpreta. Ni una partitura a la vista. El público se somete a su musicoterapia o sale despavorido por el agotamiento. En una carrera sin ningún tipo de concesiones, Sokolov ha hecho en cada momento de su vida lo que le ha dado la gana. Lo sigue haciendo y es parte de su grandeza. Viéndole, escuchándole, como en un oasis, la vida sigue igual. En su próximo recital volveremos a recordar a Fray Luis de León. Ustedes me entienden.

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