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Y la ciudad fue un bosque

Ante 5.000 personas extasiadas, Bon Iver recreó una foresta imaginaria en el Poble Espanyol

Justin Vernon, de Bon Iver, en el Poble Espanyol.
Justin Vernon, de Bon Iver, en el Poble Espanyol.

No parecía una plaza kistch como la central del Poble Espanyol, sino más bien un confesionario donde el silencio se veía pespunteado por los susurros. Nadie, y había 5.000 personas, lleno total, primero y probablemente único en la temporada estival del recinto, era capaz de romper el silencio impuesto por el falsete electrónico de la voz de Justin Vernon. Solo los más arrojados, imposibilitada la contención de su pasión, se lanzaban a aplaudir antes de tiempo, dando con sus inoportunas palmas el toque expansivo a una música nacida para la introspección. Sí, era así, fue así; una celebración casi mística construida con una arquitectura sonora plena de sugerencias, sonidos, silencios y detalles dispuestos con el primor con el que se eleva un Taj Mahal de mondadientes.

Bon Iver es un nombre que cotiza al alza, y la sensación de armonía y placer que provocó en la multitud era perceptible con la simple contemplación de sus caras. Cantaba Skynny love y todo el Poble Espanyol era una sonrisa; sonaba Holocene y la masa en pleno se sentía transportada a un bosque canadiense, arropada por arces y humedad; sus canciones trepaban en crescendo y el movimiento de la multitud se propagaba como un temblor de hojas. Comunión completa entre intérprete, músicos y público en una noche pautada por la calma, por ese calmo folk de cámara con deje sinfónico que ha personalizado Bon Iver en unos discos que como podría decir Manfred Eicher, “son lo más bello tras el silencio”.

Comunión completa entre músicos y público en una noche pautada por la calma

El inicio del concierto fue junto con la pieza más desnuda lo más impresionante de la actuación. Comprobar, tras la introducción vocal de Lost in the World, la fidelidad con la que construyó la sensacional Perth, con su sonido de guitarra punteada, sus redobles de tambor, su celebrada irrupción de instrumentación y esa voz en falsete que hace las veces de hilo de sutura entre tanto plano sonoro, fue simplemente hermoso. A partir de este punto, la música de Bon Iver fluyó con ese paso calmado que evoca imágenes espectrales en buena medida impulsadas por el uso de la voz, a la sazón en los antípodas del masculino y grave tono de Justin al natural, sin la microfonía, efectos, capas de sonido y falsete. Es cierto que en ocasiones el oropel, el arreglo, visten un cuerpo pequeño, líneas melódicas sencillas que sin el lujoso vestuario del arreglo se verían próximas al vacío; cierto que la fórmula puede quemarse en pocos discos, acabando en un brindis barroco próximo a un hipotético sinfonismo campestre, una vuelta de tuerca con duendecillos y hongos al vacío absoluto y bonitista de Sigur Ros, un empacho de trascendencia propio del peor Peter Gabriel, pero eso entra en la especulación. Y, además, hubo un argumento que ancló el concierto al presente, apartando futuribles.

Fue, a pesar de que la música de Bon Iver se destaca por su lujuria instrumental, una canción desnuda la que marcó el hito del concierto: la fascinante re:Stacks. Dedicada en directo a una pareja de amigos, interpretada en solitario en un escenario despoblado, acunada solo por acordes acústicos, la enormidad de esta sencilla canción brilló hasta deslumbrar con la ternura extraña y fantasmal propia de la música de Vernon. Solo por ese instante ya mereció la pena todo el concierto. Porque se ha de creer que quien puede componer así no debería dejarse enredar en la rúbrica que camufle una caligrafía mediocre.