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OPINIÓN

El quinto jinete

Un día ya lejano, la lectura de la novela de Blasco Ibáñez constituyó para algunos adolescentes toda una delicia. En los cuatro jinetes del Apocalipsis encontrábamos a los buenos y a los malos, a los invasores imperialistas germanos y a los defensores de la libertad galos, y eso cuando, como quien dice, todavía paseaban por nuestra mente las imágenes de los capitanes truenos o los guerreros del antifaz. Pero es una gran novela a pesar del maniqueísmo explícito de Blasco; se convirtió en la narración más leída en Estados Unidos hace casi cien años, y base de dos grandes guiones cinematográficos, que disfrutamos cuando ya habíamos dejado la bisoñez muy atrás. Aunque cuanto perdura, y hay que agradecerle al Don Vicente por antonomasia, es que nos enseñara a detestar los horrores de la guerra, que en su relato tiene un mucho de guerra civil; y también que nos familiarizase con la cultura apocalíptica de los sellos que se abren y aparecen a los jinetes de la peste y el hambre, la guerra y la muerte. Un tema bíblico en el ámbito pictórico desde los grabados de Durero y también un triste tema cotidiano que nos lleva desde la sangre que se derrama en Siria a la hambruna subsahariana, desde los sidas todavía incurables a matanzas sin sentido en Noruega o Denver.

Con todo y aquí en estos aciagos tiempos de crisis, echamos a faltar a un quinto jinete sobre caballo pardo, como el color indefinido de la mentira; un jinete que simbolizase la falsedad en la vida pública en aldeas, pueblos y ciudades, porque las medias verdades, la tergiversación y la mentira han invadido gran parte de espacio informativo de la patria chica de Blasco Ibáñez; una invasión que, como antaño la peste, llega a casi todos los rincones. Dejemos a un lado la incalificable, en democracia, política informativa de Canal 9. Fijémonos en cuanto afirman una serie de orates como Francisco Martínez, lado oscuro del conservadurismo valenciano y prototipo del político despilfarrador en la llamada política de gasto en escaparate —plaza de toros, paseo marítimo en el secano, piscina climatizada, ermita con murales en honor de sus promotores, centros asistenciales sin utilizar y un largo etcétera— con dinero público, inversiones cuya utilidad no se estudió, deuda pública para todos y tristeza en demasiados hogares. Pues bien, para el ilustre alcalde de la Vall d’Alba y vicepresidente de la Diputación, donde los sueldos de los prebostes fueron superiores a los del presidente del gobierno de España —ese despilfarro es muy anterior al estallido de la crisis— la única responsable del desastre es la herencia de Zapatero. Y si los señores diputados provinciales del PP se han reducido los sueldos un 25% o 19% en vez de a la mitad o a su expresión mínima hasta que se supere lo de la deuda, entonces el diputado Martínez se autocalifica de ejemplar. Ejemplar, desde luego, aunque como otros lo sea de una política informativa apocalíptica, la de Joseph Göbbels: repetir mil veces las mentiras hasta que resulten realidades.