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OPINIÓN

La gracia del indulto

Cuatro ‘mossos’ tratan de emular a Jesús Gil y a Juan Hormaechea, y lograr ser indultados por segunda vez

Obtener por dos veces un indulto es una gracia que en la historia de España solo han recibido personajes que han acreditado un comportamiento con plus de testosterona. Y a pesar de ello, se hacen merecedores de la compasión de ese macizo de la raza que, según rescate sociológico de Dionisio Ridruejo, conforman todos aquellos que confían ciegamente en la autoridad y en el orden público, y son capaces de tragarse por su propio bien los enormes sapos. En democracia, uno de los mayores animales que digerir es el indulto con el que el poder ejecutivo modifica y burla las sentencias de los tribunales.

El primer puesto en el cuadro de honor de los beneficiados por medidas de gracia es para Jesús Gil, que logró dos indultos: uno de Franco y otro de un Gobierno socialista. El dictador era poco dado al ejercicio del indulto, pero le debió de parecer un desaguisado que un constructor con iniciativa tuviera que cumplir cinco años de cárcel por haber tenido la mala suerte de que se hundiera el complejo residencial de Los Ángeles de San Rafael y murieran 58 personas. Era el 15 de junio de 1969. Tras su condena en 1971 a unos modestísimos cinco años, hizo un stage de cuatro meses en la cárcel hasta que la medida de gracia le restituyó la libertad. Años más tarde, en 1994, un Gobierno socialista vino a indultar al hombre que patentó el modelo de crecimiento marbellí. La medida de gracia por un delito de estafa le llegó en esta ocasión por una pena de privación de libertad, suspensión de cargo público y ejecución de profesión relacionada con la gestión de sociedades mercantiles “a condición de que no vuelva a cometer delito durante el tiempo de normal cumplimiento de la condena”.

En segundo lugar y bastante rezagado, aparece en la lista de ciudadanos distinguidos con la gracia del doble indulto Juan Hormaechea, que fue presidente de Cantabria. Su caso fue un enrevesado asunto judicial. Sea como fuere, la repetición del juicio hizo que el indulto concedido en 1995 resultara nulo. Así que el definitivo llegó en 2011. Hormaechea, cuando fue presidente, entre 1987 y 1990, adjudicó contratos directamente y sin publicidad, y malversó dinero público al pagar anuncios en prensa escrita y radio en los que insultaba a sus rivales políticos. En la actualidad participa en actos políticos del ultraderechista Frente Nacional.

Además de los indultos, Jesús Gil y Juan Hormaechea tienen en común que su vida ha estado vinculada a un animal metáfora. En el caso del exalcalde de Marbella se trata de Imperioso, un pura raza español comprado a la familia Coca, que en 1996 encabezó el desfile colchonero que lució por las calles de Madrid la copa y la liga ganadas aquel año. El expresidente de Cantabria, por su parte, fue el comprador del toro Sultán, del que se obtuvieron, desde 1988 a 1990, 64.327 dosis seminales para las vacas de la región. Más plus de testosterona para las grandes leyendas de los dobles indultos.

La Audiencia considera que los agentes deben cumplir la condena entre rejas, aduciendo razones “de peligrosidad criminal, de repulsa y de alarma social”

Ahora hay cuatro candidatos al doblete. Un mismo Gobierno —esta vez del PP—, de cumplirse los deseos de los solicitantes, puede volver a indultar a cuatro mossos d’esquadra, condenados por apalear a un ciudadano. Fue una equivocación. Lo confundieron con un delincuente, aseguran. Mal argumento, pues de ello se infiere el calibre del trato habitual dispensado. El calvario de malos tratos que en 2006 vivió Lucian Paduraru fue uno de los detonantes que hicieron que la policía catalana siguiera los pasos de la vasca e instalara cámaras en las dependencias policiales, una práctica recomendada por la civilizada Europa y que el Cuerpo Nacional de Policía Nacional y la Guardia Civil aún no siguen.

Esta misma semana la Audiencia de Barcelona ha decidido que los mossos en cuestión deben ingresar en prisión, a pesar de que el indulto concedido por el Gobierno central dejó a los agentes con penas de dos años precisamente para evitarles la cárcel, porque dos años es el techo para entrar en el establecimiento penitenciario. La Audiencia, sin embargo, considera que los agentes deben cumplir la condena entre rejas, aduciendo razones “de peligrosidad criminal, de repulsa y de alarma social”.

Desde el Departamento de Interior se insiste en que “cuando se sepa todo” se verá que los policías son inocentes. Buena suerte en esa noble tarea, porque no vaya a ser que les suceda como a Ahmed Tommouhi, quien pasó 15 años en la cárcel por una serie de violaciones cometidas en Barcelona y Tarragona a principios de los noventa. Cuatro años después de su detención, el ADN demostró que el culpable de una de ellas había sido un español al que Tommouhi, marroquí, se parecía físicamente. No pudo probar su inocencia en las demás agresiones sexuales porque no quedaban restos biológicos para analizar. El Tribunal Supremo recomendó su indulto en 2000 por las dudas “muy fundadas” sobre su culpabilidad. El Gobierno se negó a concederlo y cumplió toda su condena. Quizás las medidas de gracia solo estén pensadas para que las disfruten destinatarios preferentes.