CRÍTICA TEATRAL | LA CASA DE LOS ESPÍRITUS

Una adaptación admirable de ‘La casa de los espíritus’

Carme Portaceli firma una exquisita versión teatral de la novela de Isabel Allende

Frances Garrido, Carmen Conesa y Miranda Gas, en 'La casa de los espíritus', dirigida por Carme Portaceli. En vídeo, tráiler de la obra.Jesús Ugalde

Una de las cosas más difíciles de conseguir en un espectáculo teatral es el equilibrio. Que la escenificación no destaque por encima del texto, y viceversa. Esa es posiblemente la mayor virtud de la adaptación de La casa de los espíritus que acaba de estrenarse en Madrid con dirección de Carme Portaceli, teniendo en cuenta además que el texto original no es una obra dramática, sino la famosa novela río de Isabel Allende, que recorre casi un siglo de historia en Chile a través de cuatro generaciones de una familia. Portaceli ha logrado ensamblar todas las piezas de ese largo puzle con una puesta en escena opulenta pero a la vez muy sutil, que no invade el texto, sino que lo realza. El resultado es un espectáculo donde todo encaja. Nítido a pesar de sus continuos saltos temporales.

La adaptación del texto realizada por la propia Portaceli junto con Anna Maria Ricart es exquisita. La versión extrae los acontecimientos principales sin que la trama resulte esquemática y, sobre todo, sin perder la sustancia de la escritura de Allende: ese realismo mágico que no reside solo en el hecho de que sus protagonistas hablen con espíritus o sean clarividentes, sino en el aliento poético de la prosa. Cierto es que algunas escenas pueden resultar muy narrativas, pero Ricart y Portaceli las imbrican con tal fluidez en la acción que la obra nunca pierde el ritmo.

Decíamos que la puesta en escena es opulenta. Lo es no tanto en recursos técnicos espectaculares como en la cantidad de detalles que la directora esparce para señalar los saltos temporales o subrayar la personalidad de los personajes o el contexto histórico. Tan pronto estamos en una sala de torturas de Pinochet como asistimos un instante después al momento del nacimiento de la joven que está siendo torturada, sin que para ello haya sido necesario más que un cambio de luz. Con apenas un cambio de postura o de gesto, los personajes pasan de la juventud a la vejez o al contrario, de manera que la historia avanza pero a la vez los acontecimientos parecen suceder de manera simultánea, igual que en la novela el pasado se funde con el presente y los vivos con los muertos. Basta también un sencillo decorado de sillas, una mesa, tres pantallas de fondo con sugerentes imágenes y un leitmotiv musical recurrente para trasladarnos a los distintos escenarios y tiempos de la función.

Y no puede olvidarse el sobresaliente trabajo de los actores. Sus interpretaciones son también sutiles, pero cargadas de emoción. Todos se desdoblan en distintos papeles excepto tres: Francesc Garrido, que saca todos los matices al patriarca Esteban Trueba; Carmen Conesa, que otorga una presencia luminosa y omnipresente a la clarividente Clara del Valle, y Miranda Gas en el papel de la joven Alba, que interpreta con aplomo y sin estridencias duras escenas de tortura. Después de tres horas y media de función, el público les aplaude exhausto, pero conmovido.

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