Supermercados que diseñan ciudades

Carolyn Steel sostiene que la comida es la mercancía más devaluada porque se ha perdido el contacto con su proceso de producción. Y controlar los alimentos es poder

Story Garden, un jardín urbano creado en 2009 en King's Cross, Londres.
Story Garden, un jardín urbano creado en 2009 en King's Cross, Londres.Michael Heath (Alamy Stock Photo)

Compañero refiere a quien comparte el pan, pero alimentar a la población es una necesidad más política que social. Hasta el siglo XIX la comida, y la geografía de la que provenía, determinó dónde se construyeron las ciudades. Hoy se levantan en el desierto, y aunque nunca en la historia la comida fue tan barata —el 10% de nuestro salario frente al 23% de 1980—, vivimos ajenos al esfuerzo que representa alimentarnos. Adam Smith lo advirtió: “El trigo es un artículo necesario, la plata, algo superfluo”. También Franklin D. Roosevelt: “La nación que destruye su suelo se destruye a sí misma”, pero la pérdida de contacto con la naturaleza hace que anhelemos las praderas mientras compramos carne de ovejas que las pisan. En 1965, la revista Elle explicaba, como paso en una receta, cómo despellejar un conejo. Hoy —en la esquizofrenia entre la comida basura y la gourmet— en las urbes se dispara la venta de platos precocinados. No queremos saber lo que comemos.

Para alimentar una metrópolis se necesitan tierras de cultivo que multipliquen por 100 su extensión. Por eso el miedo a morir de hambre ha acechado a las ciudades hasta hoy, que la mitad del planeta teme más a la obesidad. La arquitecta Carolyn Steel explica en el fascinante, documentado y aterrador Ciudades hambrientas que nunca tantas bocas fueron alimentadas por tan pocas manos: Nestlé, Philip Morris (Kraft) y ConAgra Foods. Antigua directora del programa Ciudades de la London School of Economics, Steel esgrime que controlar el alimento es poder, por eso la concentración empresarial debería asustarnos. “Las comunidades rurales podrían haber ejercido sobre las ciudades un poder que ahora ejercen los supermercados”.

Steel sostiene que la comida es la mercancía más devaluada en Occidente porque hemos perdido el contacto con su proceso de producción. La naturaleza siempre refleja a la sociedad y nosotros creemos que tenemos variedad cuando nunca ha habido menos tipos de manzanas o de fresas: solo se cultivan las que mayores beneficios reportan. La FAO advierte que esta práctica es el equivalente genético a colocar todos los huevos en una cesta. “Si hubiera una enfermedad, podría haber un escenario de holocausto”. Afrontémoslo: la biodiversidad desaparece porque es cara de mantener. En época romana, un viaje de 160 kilómetros en carro hubiera duplicado el coste de un alimento. Hoy viajes en avión lo abaratan. ¿Quién está pagando ese coste? Quienes trabajan las tierras, claro, pero también quienes comemos fruta “protegida” con pesticidas. Los mismos que elegimos Gobiernos que deciden que el combustible de los aviones siga sin pagar impuestos.

Steel cuenta que, tras la Edad Media, en Inglaterra un agricultor podía cercar la tierra que trabajaba siempre que lo hiciera sin codicia. Pero en la Declaración de Independencia, Thomas Jefferson (1776) escribió que los indígenas norteamericanos perdían su derecho a la tierra porque vivían en ella y no de ella. La II Guerra Mundial llevó a sembrar hasta los jardines de Kensignton y nadie reclamó la propiedad de la tierra. Pero se pasó tanta hambre que la ley de la agricultura de 1947 autorizó el uso del DDT —que el suizo Paul H. Müller, ganador del Premio Nobel de Medicina, utilizó para controlar enfermedades transmitidas por los insectos—. Cuando 15 años después Rachel Carson contó que el veneno pasaba de las plantas a las personas, los Gobiernos europeos y el estadounidense prohibieron su uso. Otros no. Según la OMS, cada año hay cinco millones de envenenamientos por pesticidas. En 2005 el Reino Unido desvincu­ló las ayudas a la agricultura de la producción alimentaria. Igual que los pisos han dejado de ser viviendas y se han convertido en bienes de inversión, también el campo debe maximizar los beneficios, no importa si produce o no comida. El resultado es que los agricultores ya no salvaguardan las semillas. Hoy Monsanto posee 11.000 patentes de semillas modificadas genéticamente: el 95% del mercado global. El geólogo John Muir —que consiguió que el parque de Yosemite fuese protegido— lo advirtió: “La naturaleza salvaje es lo que preserva el mundo”.

¿Cuándo empezamos a consumir vorazmente sin preguntarnos por el coste? Steel cree que cuando llegó el azúcar (1655) y el té, el café y el cacao desdibujaron la frontera entre el lujo y la necesidad. Opina que todo mejoraría si volviéramos a valorar el alimento. Por eso su libro es un tratado de logística —eran las heladas del Sena y no las malas cosechas lo que causaba las hambrunas de París—, de ingeniería —hasta el siglo XIX en Londres no se igualó el sistema de cloacas romano—, de historia —el primer supermercado se construyó en Memphis, y los primeros restaurantes, en el París posrevolucionario—. Y es también una crónica de la barbarie —hasta 1980 los detritus franceses abonaban los campos que rodeaban y alimentaban la ciudad. Luego se vendieron—. Al final, hace propuestas para intentar cambiar: si pagáramos un poco más por huevos de gallinas no enjauladas, nuestra vida y nuestras ciudades mejorarían. Defiende las cooperativas, la confianza en la venta directa, el recuerdo de que el ágora fue antes mercado que foro político, o casos como el de los ciudadanos de Saxmundham, que se manifestaron hasta evitar la construcción de un hipermercado Tesco que amenazaba el pequeño comercio local y dejaba los artículos de primera necesidad en manos de un solo proveedor. Es cierto, los supermercados encajan con nuestro ritmo de vida, pero ¿de verdad queremos que diseñen dónde vivimos?

Portada de 'Ciudades hambrientas', de Carolyn Steel.

CIUDADES HAMBRIENTAS

Autora: Carolyn Steel.


Traducción: Ricardo García Pérez.


Editorial: Capitán Swing, 2020.


Formato: tapa blanda (477 páginas, 25 euros).



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