La nueva era del ‘pulp’ catalán

Del ‘bolsilibro’ a la vanguardia, autores y editoriales convierten este género popular en objeto de culto a través de formas rupturistas que, desde los márgenes, disparan contra la “aburrida y domesticada” literatura canónica

De izquierda a derecha, el escritor Marc Pastor, el editor Sergio Perez, la escritora Tamara Romero, el autor Manuela Buriel, el rditor Ricard Planas-editor y el autor Max Besora, fotografiados en el Mercat de Sant Antoni de Barcelona a finales de septiembre.
De izquierda a derecha, el escritor Marc Pastor, el editor Sergio Perez, la escritora Tamara Romero, el autor Manuela Buriel, el rditor Ricard Planas-editor y el autor Max Besora, fotografiados en el Mercat de Sant Antoni de Barcelona a finales de septiembre.Consuelo Bautista

El año 2011, Robert Juan-Cantavella publicó Asesino cósmico (Literatura Random House), novela que podría considerarse lo más cercano a una huella física de la imparable y fructífera metamorfosis que el pulp sufriría en la década que entonces empezaba. Aquella ambiciosa novela ambientada en un lugar imposible, que contenía a la vez todos los lugares que la ficción popular haya inventado jamás, recogía un relato escrito para la ocasión por Curtis Garland, el legendario Juan Gallardo, autor de cientos de los llamados bolsilibros, un proletario de la letra escrita, eminencia a la sombra del pulp patrio.

La intención de Juan-Cantavella era la de rendir homenaje a uno de sus maestros, ninguneado por un sistema que exprimía a los autores que hacían soñar con otros mundos convirtiéndolos en austera metralla de quiosco. Tal gesto ha alcanzado hoy, con el pulp convertido en laboratorio de ideas y generador de formas rupturistas, una condición de símbolo, como demuestran las novelas de Colectivo Juan de Madre o Max Besora, convertidos en vanguardia de la ficción en España. Una especie de relevo autoinvocado que, para un sello fundamental en esa renovación como Aristas Martínez, fue posible gracias al 11-S.

Apuntan Cisco Bellabestia y Sara Herculano, responsables de Aristas Martínez y editores de casi cualquier autor español que ha tenido algo que ver con el llamado new weird, —una vanguardista y madura variante de la vieja pulp fiction—, que el atentado de las Torres Gemelas marcó un punto de inflexión. “Leímos un artículo de Jordi Costa en 2010 titulado ¡Apocalipsis en las librerías! en el que decía que la sensación era esa, que después del 11-S todo valía, y que la literatura española había iniciado una ruptura con la tradición que empezaba a dar sus frutos. Así decidimos montar la editorial”, relatan.

Hoy, diez años después, no están solos. Proliferan, especialmente en Cataluña, sellos dedicados por completo a una narrativa fantástica que tiene más que ver con la retorcida new wave británica de los setenta o el posmodernismo norteamericano de finales de los sesenta que con aquellos bolsilibros —novelas del oeste, bélicas, espías, ciencia ficción, aventuras— que Bruguera fabricaba en serie. Se llaman Mai Més, Males Herbes u Orciny Press. Todas comparten un peculiar ADN extensible a sus autores. “Éramos conscientes del tirón. Es una cuestión generacional”, opina Ricard Planas, editor de Males Herbes.

Ese grupo de autores y autoras, en el que también figuran nombres como Tamara Romero —que tiende a autopublicarse, pero aceptó hace poco una propuesta de Mai Més y acaba de editar Dits de bruixa—, había crecido leyendo “sin prejuicios”, en opinión de Sergi Pérez, editor de Mai Més. Y estaban listos para disparar libérrimas obras, que, como indica Max Besora, autor de La musa fingida (Orciny Press/Males Herbes), lo mismo le deben al género que a lecturas sesudísimas. “Los posmodernos ya se encargaron de unir baja y alta cultura, y demostraron que no existía tal separación, jugando con géneros y lenguajes”, asegura el escritor.

No es casual que todos ellos tengan relación con Barcelona, dicen los propios interesados. Ya sea porque han nacido en la ciudad o porque han vivido en ella durante una buena temporada, lo que incluye a los editores extremeños de Aristas Martínez. En ese paisaje, la librería Gigamesh, especializada en género, es “un centro neurálgico que cuida, y eso es importantísimo, su fondo de catálogo”, como indica Romero. También lo es el Mercat de Sant Antoni, el clásico mercado de libros de segunda mano, un pulmón equiparable al peso de una tradición, en la que hay grandes nombres como Pere Calders o Joan Perucho, que intentó legitimar lo fantástico en la literatura catalana.

Margen de libertad

Pese a todo, los autores mencionados se resisten a considerarse parte de ningún tipo de generación. Marc Pastor, autor de una obra mutante e interconectada —y que en su última novela, L’horror de Rèquiem (Mai Més), rinde un claro homenaje a H. P. Lovecraft y a Doctor Who— considera que “no hay ningún tipo de corriente". "Yo nos veo a todos como francotiradores apuntando a la plaza del pueblo, cada uno desde un campanario distinto”, afirma Pastor. “Creo que la clave es que la pulp fiction no se toma en serio a sí misma y eso da muchísimo margen de libertad y de acción”, sentencia, por su parte, Tamara Romero.

Coincide en lo mismo Manuela Buriel, exintegrante de Colectivo Juan de Madre y responsable de la reciente Animales feroces, una fábula proletaria que propone “una posible nueva narrativa para las futuras identidades transespecies y anticapitalistas” (esto es, chicos y chicas “que no se reconocen en su cuerpo humano”). “El pulp que más gozo —y, por tanto, lo que define para mí el género— se caracteriza por su iconoclastia, su ausencia de solemnidad y su desvergüenza contra lo canónico”, dice Buriel. Algo que Besora opone al actual retorno a "la novela realista-costumbrista mezclada con una autoficción aburrida y domesticada”. Su exploración formal y lingüística, que resulta evidente en La musa fingida, es también fundamental. “Para mí la lengua literaria crea la trama y el mundo que narra, independientemente del género que decida investigar”, afirma Besora, que se acerca al pulp con la intención de “deconstruirlo, o reescribirlo, hacer un reboot”.

Romero, que define lo que hace ahora mismo –y esta es otra: cada uno prácticamente crea su propia etiqueta– como “terror tranquilo”, está convencida de que, si hubo un tiempo, hace una década, en que era complicado encontrar editor, hoy es cada vez más fácil. “Hasta hace unos años yo no veía esas historias encajando en ningún sello de por aquí. Hoy sí hay más opciones. Los géneros especulativos se están colando, poco a poco, en los catálogos de las grandes editoriales”, dice. Tal vez porque, como indica Hugo Camacho, al frente de Orciny Press, “el realismo, e incluso la distopía más normie [para todos los públicos], se ha mostrado del todo incapaz para relatar el presente".

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