La Redacción de EL PAÍS, desde dentro
Crónica de los mecanismos de este periódico para informar las 24 horas del día. Un recorrido por las secciones y los procesos que dan forma a noticias, reportajes y análisis para entender nuestro tiempo


Empecemos por ustedes, los lectores. Tienen, desde 1985, alguien que les defienda de nosotros, los periodistas. El asunto es bien curioso. Y el cargo, complejo. “A veces cruzo la redacción y siento cómo se me mira de reojo por si me dirijo a alguien. O, si me paro para preguntar cualquier cosa, cómo esa persona se tensa, pensando que vengo con alguna queja”, cuenta al teléfono, entre divertida y resignada.
La Defensora del Lector es Soledad Alcaide. En su despacho, para que no se le “vaya la pinza”, tiene un recorte del primer artículo del primero en el cargo, Ismael López Muñoz: “Recibo llamadas porque al terminar de leer EL PAÍS las manos quedan manchadas de tinta y hay que lavárselas para comer el bocadillo de media mañana. Los responsables técnicos del periódico han sido advertidos de quejas”. Dice hoy Alcaide: “La gente, cuando piensa en la defensora, cree que es la guardián del código deontológico y que el lector te llama indignado porque se ha incumplido el libro de estilo. Y en realidad te llaman, sobre todo, para protestar porque el crucigrama no les va o porque el periódico les mancha las manos”. Erratas o incorrecciones gramaticales, cuestiones de estilo, llenan más su tiempo que asuntos de fondo periodístico que son los que suelen, por interesantes, ocupar sus columnas. Si pasea por la redacción es precisamente porque su lugar está allí: “Noto que, cuando hablo por teléfono con los redactores, la gente se pone enseguida a la defensiva”. Cuando dirigía el periódico Pepa Bueno, la defensora la convenció para consultar su presencia en las reuniones de los jefes. Pero los subdirectores se negaron: “Lo veían como si yo fuera una especie de auditora. Pero yo creo que, si tengo que explicar a la gente lo que hacemos, necesito entender por qué se hacen las cosas. Lo he solucionado preguntando mucho a los redactores: ‘Oye, ¿por qué hicisteis este reportaje así?’. Me lo explican y así doy respuestas más ajustadas al lector”.
—¿No es ahora la reunión de primera?
—A las 17 te he dicho, aún no son –responde Nacho Touza, uno de los responsables de la sección de España.
Son las 16.57 y parece ser que falta un mundo para la llamada reunión de primera. No va a ser este un artículo fácil. Hay que salir a no encajar goles. Pero al menos ahora entiendo por qué cuando Javier Rivas de Opinión me apremia para entregar la columna, o lo hace Nadia Tronchoni de Deportes, y digo “va enseguida, en media hora”, me parece oír un bufido de desesperación. El tiempo es fundamental. ¿Cómo se hace un diario? Con tiempo. Pero un tiempo diferente al conocido. En los tres minutos que van de las 16.57 a las 17 puede producirse un apagón, un terremoto o una guerra.
Puede incluso tumbarse un periódico y hacer otro. Como pasó hace unos días.
Amaya Iribar, una de las responsables del fin de semana bajo el mando de la subdirectora de Domingo Maribel Marín, recuerda el susto que tuvo al despertarse el domingo 27 de abril. Se dejó el sábado el periódico digital hecho y listo para ser publicado de madrugada, como es habitual, y el periódico de papel, a las 00.30 (últimas ediciones, Madrid y Barcelona). Apertura grande con Venezuela y varias piezas sobre ese país y sus circunstancias. Cuando Amaya cogió el móvil y entró en la web, se encontró con que casi toda ella estaba ocupada, con enormes titulares, con el intento de atentado a Donald Trump en Washington. “Lo primero que piensas es: ¿esto nos lo comimos?”. Se refiere Amaya al papel: ¿pudo haber entrado la noticia en la edición de papel, la más importante de la semana, el domingo? No, no habría podido: fue entre las dos y media y las tres de la mañana. Unas horas en las que EL PAÍS está a pleno rendimiento, pero no en España. En América.

EL PAÍS América apuró todos los motores de los corresponsales en Estados Unidos para ofrecer la cobertura que exigía la noticia. Y ese domingo, como tantos otros días, hubo dos periódicos: uno en los quioscos y otro en los móviles.
En Madrid, la redacción amanece a las seis de la mañana. Mai, Guillermo y Alberto, editores de la portada digital, se reparten el turno. Le tocó el domingo a Alberto encontrarse con que toda la web planeada horas antes estaba ya enterrada por el atentado. Entre las 6 y las 8, cuentan, son una suerte de capitanes en funciones. Si pasa algo, tienen que mover la portada, hacerle hueco, jerarquizar noticias o análisis. Aunque muchas veces, este miércoles por ejemplo en que hablo con ellos, escribe o llama el director, Jan. “Me escribió a las 6.20 para cambiar algo”, dice Guillermo. ¿Qué pasa aquí mientras estás tú solo? “Una rara mezcla de sueño y tensión”, dice. “Es como llevar un trasatlántico. Este puesto es el último de la cadena, pero muchas veces eres quien lo dirige”. Pregunto dónde se encienden las luces, y qué impresión causa eso. Pero no: se encienden solas al detectar movimiento. “Venimos en taxi y vas revisando lo que han dejado los compañeros del turno de la una: qué ha pasado, qué han preparado. Tenemos un chat interno donde el último que se va deja indicaciones, tanto técnicas como editoriales. Por ejemplo, si alguien se va a la una y sabe que habrá una rueda de prensa, lo deja avisado para quien entra a las seis”.
Detrás de ellos, Katy Lema y sus compañeras revisan el tráfico. Es SEO (Search Engine Optimization, es decir, optimización para motores de búsqueda). Un SEO busca que, cuando alguien escriba algo como “mejor periódico digital España”, tu contenido salga entre los primeros resultados. Para eso se trabajan cosas como palabras clave (usar los términos que la gente realmente busca), contenido de calidad (útil, claro y bien estructurado), velocidad y técnica de la web (que cargue rápido y funcione bien) o enlaces (que otras páginas apunten a la tuya: eso da autoridad). Katy lleva desde 2014 en EL PAÍS. Doce años después, prácticamente no hay una información que no pase por su canal. Cuando alguien hace una pieza, la envía a SEO, salvo que sea algo muy urgente.

Prosigue Katy: “Las palabras clave siguen siendo importantes, pero cada vez lo es más la intención de búsqueda. Es decir, no solo poner la palabra clave en el titular, sino responder a lo que quiere saber la gente. Por ejemplo, si alguien quiere saber quién era el autor de un atentado o qué va a pasar con una ley concreta, hay que explicarlo claramente”. Para eso, cuenta, analizan tendencias con herramientas como Google Trends, que les permite ver preguntas relacionadas o enfoques distintos. Por eso se titula mucho en forma de pregunta: funciona bien tanto en Google como en Discover. “También se usa mucho la fórmula de ‘tema: explicación’. Tiene que ver con Discover, donde solo tienes una oportunidad: una foto y un titular. Si no queda claro qué ofreces, pierdes al lector. Ser descriptivo ayuda mucho más que generar misterio”.
—¿Hay resistencia en la Redacción a cambiar titulares?
—Al principio sí, ahora mucho menos. Ya forma parte del proceso. El 90% de los titulares están bastante bien optimizados. Todo el mundo quiere lectores.
Son ya las 16.58. Víctor de Aldama, que está declarando en el Supremo, dice algo que hace que Pierre Lomba, redactor de España, tenga que actualizar el directo en la web. Inma Carretero, redactora jefa de España, prepara un tema con José Manuel Abad Liñán. Al fondo, las secciones de Economía e Internacional teclean y llaman sin parar, hay algo de orquesta en esas mesas que trabajan pegadas. Guillermo Altares tiene una buena historia: como jefe de Internacional, su cometido lo compara a aquello que decía Michael Herr, autor del libro Despachos de Guerra, a raíz de su relación con el cineasta Stanley Kubrick, con quien escribió el guion de La chaqueta metálica: “Fue una larga conversación telefónica de cinco años”. Aparte del canal de Teams en Internacional —para la comunicación interna— sobre todo hay mucha llamada y WhatsApp desde todas partes del mundo. “Me levanto leyendo todo lo que puedo de lo que pasa afuera, agencias, BBC, New York Times”, dice Altares, que primero se entera, eso sí, de lo que ha pasado en EL PAÍS América a lo largo de la noche española. “Y luego”, sonríe con amargura, “hay que tener en cuenta que existen dos amaneceres informativos: cuando nos despertamos nosotros, y cuando se despierta Trump”.

A las 17, subdirectores y demás cargos del diario están sentados en la gran sala de reuniones. Mónica Ceberio repasa notas, repasa el móvil, lo repasa todo. Ya sólo falta el director, Jan Martínez Ahrens. Aquí se va a contar cómo está la actualidad al día y qué asuntos importantes de cada sección pelearán por un hueco en la portada de mañana, tanto en web como en papel. Impresiona un poco: un grupo de gente —muy grande para el tamaño de la sala, ínfimo para el tamaño de planeta— escanea, criba y cuenta las 25 o 30 noticias más relevantes que ofrece a estas horas el mundo. Desde las redes de corresponsales encargadas de contar la última hora de la guerra en Irán o Ucrania hasta una urbanización de Torrevieja donde se ha cometido un asesinato machista. Llega Jan, se hace el silencio, se sienta y dice: “Inés”. Ni “buenos días”, ni “cómo están ustedes”. “Inés”. Por un momento —nunca he asistido a esta reunión— pienso en si Inés es una palabra clave y todos debemos repetirla para que se inicie la reunión. Pero entonces empieza a hablar Inés Santaeulalia, que después de varios cargos de responsabilidad en América e Internacional, es la redactora jefa de la web.
Inés, salvo asuntos de gravedad que necesitan de la aprobación del director, mueve la portada web. Asciende reportajes a la parte de arriba, la más visitada, desciende otros, mueve las piezas según muchos factores, el primero de ellos la prioridad informativa. También decide qué sale y qué no, qué se queda fuera y qué no. Es decir: a quién se va a leer más, y a quién no. El trabajo de Inés Santaeulalia consiste, buena parte de las horas, en gestionar lo más difícil de un trabajo que se firma con nombre y cara: los egos. Le llaman, dice, columnistas para quejarse de por qué su columna no está en la portada, o a qué hora sale, o qué bien le vendría al diario su firma debajo de tal noticia. Los redactores la intentan convencer de que sus piezas son más relevantes de lo que indica su posición en portada. Esgrimen argumentos, horas de trabajo. Inés lidia con algo incómodo: tienen razón, pero no caben todos. No, el trabajo de Inés Santaeulalia no se lo deseo a nadie, aunque lo padeceré pronto, cuando publique esto y alguien pueda decir: “¿Dónde está, en tu reportaje, las respuestas a tus pesadísimas preguntas? Ni me nombras”. Esto va a pasar. El diario es finito, incluso en el infinito de la web. Lo que lleva directamente a otro asunto sobre el que se mueve la confección del periódico: el espacio. Tiempo y espacio, con eso está hecho un diario: la paciencia para contrastar noticias, la premura por publicarlas y el lugar que van a ocupar, si lo ocupan. Juan Cruz me cuenta otro ingrediente que tiene que tener un periódico: “Corazón”.
Cuando Inés Santaeulalia acaba de desgranar lo que está pasando ahora mismo en todas partes, toma la palabra Altares: han detenido a un importante narco en México; Milei comparece en el Parlamento argentino; Carlos III está en Washington escuchando cómo Trump cuenta que su madre estaba enamorada de él cuando Carlos era jovencito (la señora Trump le sacaba 36 años, el universo Donald es inabarcable). El director se ha ido animando según los temas iban ocupando el periódico (un periódico en blanco supongo que pone nervioso a cualquiera). Mueve los papeles, se pone las gafas para leerlos, echa un vistazo alrededor con el móvil boca abajo. Antes, en la reunión del fin de semana, alguien irrumpió en la sala con una caja de bombones, “comedlos, que se van a estropear”. “Igual no es la mejor manera de venderlos”, dice Amanda Mars, sentada junto a Antonio Jiménez Barca. La caja se ha quedado en un lado, medio sola. “¿Cómo vas a titular?”, pregunta Jan a Nuño Rodrigo, de Economía. “Con cuidado”, responde.
A media mañana hay una reunión fundamental: la conexión de la Redacción de Madrid con el resto de delegaciones en España, la tarea de contarle al país lo que pasa en el país, por más ruido e instituciones centrales que aglutine Madrid. La dirige Luis Gómez, y esa bisagra es fundamental, cuentan sus reporteros en Santiago, Valladolid o Sevilla, para que EL PAÍS no pierda la perspectiva de diario nacional con vocación internacional.
En la planta de abajo, minutos después, le comento a Pablo Guimón, responsable de Cultura, que con este reportaje tengo un marrón delicado, casi absurdo. Él abre el periódico con las cejas muy levantadas y enseña la entrevista que sale ese día a Juan Luis Cebrián, primer director de EL PAÍS: “¿Más que esto?”. Una entrevista complicada (la ruptura entre el histórico periodista y la cabecera no fue cariñosa) a propósito del aniversario que, sin embargo, ha salido bien por ambas partes, entrevistadores y entrevistados. Está en Madrid Jordi Amat, jefe del suplemento cultural Babelia, que firma con Pablo la entrevista. Pablo y Jordi hacen uno de los cribados más sensibles del periódico: el que atañe a la cultura, lo que tiene que salir y lo que no puede, lo que merece espacio si sale y lo que no. Distribuidoras de cine, productoras, editoriales, galerías de arte… En los últimos tiempos, levanta mucha polvareda algo que ha tenido éxito e influencias inmediatas en Babelia: listas de libros. “Las quejas, aquí”, sonríe Amat, delante de una silla vacía, la del periodista Federico Simón. Simón recibe todas las votaciones de mejores libros y las vuelca en un docmento de Excel. “No hay más truco que ese: sumar los votos que recibe cada libro de lectores muy dispares y de distintas profesiones y procedencias”. Teclea (escribe mucho, también libros) Sergio C. Fanjul y, en la misma mesa, trabaja Raquel Vidales, jefa de sección, segunda en Cultura, que durante años tuvo turno de noche y una Nochevieja, en soledad ambos en Miguel Yuste, brindaron y comieron las uvas ella y el vigilante de seguridad. Otra noche, en 2011, Estados Unidos mató a Osama Bin Laden: “Tuve que llamar a media redacción para que se viniese al periódico”.

En la sección de Fotografía trabaja, en estos momentos, Carlos Rosillo frente a un panel que indica las audiencias de las noticias en tiempo real, dos con las portadas de EL PAÍS (España y América) y una con The New York Times. El día aquí empieza alrededor de las 07.30. A esa hora está en mesa Gema García. Con ella, Moeh Atitar, jefe de la sección, repasa las previsiones y también si hay alguna foto que haya que cambiar. “Gracias a América la mesa de fotografía está operativa 24 horas”, recuerda.
Hay alguien dibujando según escucha en la reunión de primera. Es Teresa Fuente. Dibuja páginas, las desecha, vuelve a dibujar otras según la actualidad se vaya moviendo de un lado a otro. Está dibujando el diario y su trabajo es hipnótico. Horas más tarde hará lo mismo Diego Areso, director de Arte, con este número que tiene en las manos.
En esa reunión de primera hora de la tarde, el director comenta el acto de reencuentro de pioneros del periódico. La emoción al recordar la bomba de un grupo de extrema derecha que en 1978 explotó en el periódico causando un muerto, Andrés Fraguas, y dos heridos de gravedad, Juan Antonio Sampedro y Carlos Barranco. Tantos años después, dice Jan, el recuerdo es algo vivo, presente.
En todas esas reuniones —acudí a varias con la curiosidad de quien no había pisado una— los periodistas se esfuerzan por meter el periódico entero en la cabeza, no solo el día sino también lo que viene después, la agenda de la semana, la agenda incluso del mes. Asuntos que van a marcar tendencia en el futuro, como los avances de la IA, se debaten y se discuten para luego actuar sobre ellos y decidir cómo: en qué sección o revista, con qué reporteros, bajo qué enfoque y qué fuentes.
Secciones como Sociedad, donde está Ciencia o la corresponsalía de Género, generan temas que suelen poner a remolque la agenda política. Otras, como Deportes, dependen además del punto de ebullición de las competiciones. Este año hay Mundial, en apenas dos meses, así que hay que organizar el desembarco en Estados Unidos y la cobertura, según confirman fuentes cercanas a la sección (había que usar esta expresión en un reportaje sobre el periódico, era una tentación demasiado fuerte).
Belinda Saile, de El País Semanal, trabaja con esa pausa. “A veces se encarga un tema sin saber si será portada y se decide más adelante, cuando el trabajo está avanzado. Otras, se tiene claro desde el principio. Un factor clave es el relato gráfico: en EPS es tan importante como el texto. Un gran reportaje difícil de ilustrar tiene complicado convertirse en portada. También hay una intención clara de diferenciarse del diario: no repetir la actualidad tal cual, sino abordarla desde un enfoque más amplio y profundo. Ante un tema económico como la subida del oro, en lugar de cubrirlo como noticia, se hace un reportaje más ambicioso: viajar a minas, fábricas, hablar con expertos”. Y Sofía Ruiz de Velasco, directora de SModa, la revista con una mirada de género y que busca personajes con algo especial, no sujetos a agenda. “Queremos algo inexplicable, arriesgado, que nos guste a nosotros y con una mirada muy particular, reivindicativa y con humor”. Como Metrika, por ejemplo.

En la planta tercera hay un silencio parecido al de la sección de Cultura. Recuerdo cuando en 2015 Juan Cruz me enseñó el periódico y me dijo, al llegar aquí: “Aquí se genera la opinión, los editoriales”, y vi a mujeres y hombres concentrados en una tarea bárbara desde 1976: contarle a los lectores la opinión de su periódico en asuntos en los que le iba la vida, sobre todo en los primeros años de democracia. Hay responsable nuevo, Marc Bassets, veterano corresponsal internacional. Alicia González trabaja frente a una gran portada de Babelia de 1994 que anuncia entrevista a W. S. Burroughs: “Una larga conversación con el último de los grandes malditos”. Thiago Ferrer escribe en una pizarra las colaboraciones en las tribunas de la semana y asuntos editoriales que abordar.
Si todo esto termina de funcionar y el periódico llega todo lo perfecto que puede llegar al lector, no es por generación espontánea sino por el trabajo de la mesa de edición, la última frontera ante la barbarie: la gente que se lee todo de arriba abajo y corrige, edita, atiende a las contradicciones de las piezas o a las noticias débilmente contrastadas, a las fuentes sospechosas o al estilo y al fondo argumentativo de las informaciones. Bajo la coordinación de Ana Lorite, debe de ser la única sección que un redactor agradece que lo llamen a última hora: es para impedir que ese redactor, y su artículo, naufraguen al día siguiente.
Las Redacciones de revistas, que coordina Borja Echevarría, son vecinas entre ellas y están en la primera planta. Es hora de comer y las mesas se vacían despacio, pasan por delante de Juan Carlos Galindo y Eneko Ruiz, de Televisión: “En veinte años ha cambiado el consumo de la tele y por tanto la forma de contarlo”, dicen, y se dirigen a la cantina del periódico, donde cocina Aurora y atiende, entre otras, Yanelis. “Nos llega un menú semanal de plantilla de nuestra empresa que nosotras cambiamos porque se repite mucho. Igual te dicen el lunes pisto con huevo y el martes guarnición de pisto. Pero vamos a ver…”, dice Aurora.
Por el pasillo de la entrada pasa Susana, del servicio de limpieza. Llegó al periódico en 1998 con 21 años. “Media vida”, cuenta. Lo que ha tenido que ver, le digo. “Ver y limpiar”, dice. Sonríe y se mete dentro del ascensor. Pero la frase me gusta y la busco para que me deje un número. La llamo unos días después. Son casi 30 años trabajando en un periódico: sé que los periodistas son los menos indicados para hablar de su oficio. Sé que para limpiar fuera ensucian dentro, y es pertinente hablar por tanto con los que limpian dentro. “Salva, de recepción, nos contaba muchas historias del periódico. Una era que en una de las peceras de la redacción había fantasmas, y que nunca subiese nadie solo”. Pero había que subir igual para seguir limpiando todo.


























































