Memoria sin contraseña
La literatura sigue siendo el lugar seguro de nuestros recuerdos y el territorio donde se resguardará con mejor blindaje la memoria de la humanidad

Hace pocos días volví a ver el primer episodio de la séptima temporada de la serie Black Mirror. El capítulo llama Common People y nos pone al frente de una posible distopía: la de que nuestra memoria y nuestro lenguaje dependan de una suscripción a una nube cibernética. Un poco se trata de la fábula de terror de que nuestra memoria natural, como ocurre con la de nuestros correos electrónicos y computadores personales, amplíen su cupo y capacidad de almacenamiento gracias a un servicio premium.
El episodio nos narra la historia de amor de Mike y Amanda, una pareja cualquiera que se ama desde una honestidad humana y los pequeños asuntos cotidianos. Cuando Amanda enferma y cae en coma aparece una empresa, Rivermind, que ofrece una suscripción mensual y la adquisición de un chip para recuperar las esenciales funciones vitales. Se trata de un milagro científico en el que se realiza una copia de seguridad del cerebro y la memoria es transferida a una nube. El chip controla las palabras, los sueños y la conciencia. A partir de ese momento todo lo demás se va convirtiendo, poco a poco, en una pesadilla apocalíptica. Y es ahí, en esa verosimilitud, donde nos sentimos como espectadores involucrados como si se tratara de un espejo de nuestra propia existencia. No es el futuro lo que nos aterra sino este presente donde lo distópico, que tantos escritores y directores de cine imaginaron, pareciera ser realismo y cuadros costumbristas. Por ejemplo, la dignidad del dolor, los procesos de duelo y el manejo de la pérdida ahora han sido suplantados por los videos y audios recreados por la inteligencia artificial. Revivimos a nuestros muertos con hologramas semejantes a los consejos de los jedis de la saga Star Wars y prolongamos indefinidamente el adiós. A raíz de la muerte del Papa Francisco vimos las redes sociales inundadas de videos creados por inteligencias artificiales en los que se ve a Bergoglio entrando al cielo y encontrándose con Maradona, Evita, Gardel y, por supuesto el mismo Jesús. Todos sonrientes como una nueva forma del consuelo a tantos deudos que dejó en la Tierra.
Todo eso me resulta perturbador y siento que nos modifica en nuestra esencia elemental de sabernos y sentirnos humanos con sus límites, fragilidades y errores. La promesa de eternidad dependerá entonces de adquirir un “plan premium” a través del espejismo de la virtualidad. Dos escenas que inquietan bastante del episodio son, en primer lugar, cuando Mike y Amanda viajan en carretera a cumplir un ritual de su amor y al salir de la zona de cobertura de la suscripción ella vuelve a perder la conciencia y, en segundo lugar, cuando ella en medio de una clase comienza a hablar en comerciales como si se tratara del plan básico de Spotify donde cada canción se interrumpe con un mensaje comercial. Amanda habla a sus alumnos en comerciales y solamente si se adquiere un plan plus desaparecen esos intrusos avisos publicitarios. Entonces, ¿la gente corriente que no tenga cómo pagar un plan superior estará condenada a no tener lenguaje, ni memoria? ¿Pasará igual cuando toque pagar por el aire después del ecocidio?
El miedo a olvidar y a ser olvidados será un tema universal del arte y la literatura desde la peste del insomnio de Cien años de soledad hasta el último recuerdo de la película Coco siempre tendremos la necesidad de aferrarnos a los recuerdos. Es nuestra manera más genuina de la identidad y de definir lo que somos así se trate de un rompecabezas lleno de piezas faltantes. Sin embargo, la distopía está en nuestro presente. Los servidores archivan fotografías, conversaciones, duelos y deseos. Allí está todo lo que somos al alcance de una contraseña y de responder a una máquina que no somos robots. De igual forma Common People también toca otro asunto: la obsesión por recuperar lo perdido porque el dolor de olvidar a quien amamos es, al final, el dolor de perdernos a nosotros mismos. Y por eso estamos dispuestos a todo: a firmar términos y condiciones infinitas, a entregar privacidad y autonomía, a hipotecar nuestra fragilidad para sentir que seguimos completos. Eso es lo que hace Mike, al endeudarse, vender pertenencias y duplicar su trabajo para conservar el plan premium que permite que Amanda sea la misma persona de siempre, la que él ama.
Me preocupa mucho el tema de la memoria y quizás por eso escribí un libro sobre el alzhéimer y mis abuelas. También me afana la memoria histórica y el nuevo auge de los negacionistas de genocidios y grandes crímenes. La memoria es la esencia de la literatura y por eso, gracias, a la poesía, tenemos noticias de otro tiempo como si hubieran sido escritas ayer. También por eso me inquietó esta nueva distopía audiovisual porque soy consciente de vivir en una época donde se ofrecen copias digitales de quienes fuimos y donde la memoria se guarda en la nube como si fuera un depósito en el más allá. Seguimos siendo los relatos y poemas que leímos, las canciones que aprendimos y los mitos que nos definieron y que siguen siendo nuestra brújula en el mundo. Antes de todo ya estaba la poesía, ese temblor y esa respiración que nos nombra y nos da una voz. La literatura sigue siendo el lugar seguro de nuestros recuerdos y el territorio donde se resguardará con mejor blindaje la memoria de la humanidad. De lo que escribamos hoy dependerá que las futuras generaciones sepan de primera mano de los horrores de este tiempo y que nuestras voces den cuenta de lo que las nubes digitales no podrán borrar ni reescribir porque la verdadera memoria no se descarga de una nube, sino que se sigue escribiendo, leyendo y cantando como lo hacían nuestros antepasados, como lo harán en el último día en esa última frontera de los recuerdos.
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