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¿Debe publicitarse el Ministerio de Defensa usando la inmigración?

Un tuit enviado hace unos días levantó una polémica interesante

Buque de la Guardia Civil destinado al operativo de rescate de inmigrantes. EFEElvira Urquijo A.
Buque de la Guardia Civil destinado al operativo de rescate de inmigrantes. EFE/Elvira Urquijo A.

Hace un par de días publiqué este tuit:

Unas cuantas personas me respondieron sugiriendo que confundía el sentido de la segunda imagen: donde yo veo un grupo de “inmigrantes vulnerables” cruzando a pie una frontera, ellos perciben con claridad a soldados haciendo maniobras (o “gente dando un tranquilo paseo por la montaña”, aunque esto me desconcertó un poco). Mi analfabetismo militar fue mencionado de forma educada (y, ay, acertada).

Con franqueza, no me atrevería a afirmar que se equivocan. Es posible que, para ilustrar la contribución de las Fuerzas Armadas al blindaje de nuestras fronteras, el Ministerio de Defensa haya decidido utilizar la imagen de unos soldados “dando un tranquilo paseo por la montaña” y no la de unos inmigrantes tratando de entrar en suelo patrio. Fijándose mucho, y distinguiendo la presencia del “RPG” que creía identificar uno de los comentaristas (el tipo de lanzagranadas con el que cualquiera de nosotros pasearíamos por la montaña), tal vez incluso sea posible establecer la diferencia entre esa foto y esta menos confusa que nos remitió otra tuitera:

¿Debe publicitarse el Ministerio de Defensa usando la inmigración?

La buena noticia es que da igual. La cuestión principal es si una interpretación como la que yo hice encajaría en fondo y forma con los mensajes que los responsables de las fuerzas y cuerpos de seguridad de España (o, para ser justos, de cualquier otro país desarrollado) trasladan a cada rato. Y la respuesta simple es que sí.

Uno de los mayores esfuerzos de los gobiernos de Europa desde el comienzo de la crisis de refugiados ha sido presentar los movimientos migratorios como una amenaza para la seguridad: los refugiados e inmigrantes como víctimas inanes de los malvados traficantes; las mafias aupándose en el tráfico de personas para desarrollar otros negocios ilegales; y el ISIS aprovechando el caos para cuajar las pateras de terroristas. La propaganda de la amenaza ha contado con el combustible de la floreciente industria del control de fronteras, que en la pasada Feria de Seguridad y Defensa Homsec 2017 tenía parque temático propio. La imagen que les adjunto, por ejemplo, proviene de uno de los folletos que recogió el equipo de porCausa.

La paradoja de este discurso es que el mérito del negocio fabuloso en el que se ha convertido el tráfico de personas (la primera fuente de ingresos ilegales, según algunos observadores) deriva menos de las habilidades organizativas de las mafias que de la monumental incapacidad de los gobiernos de la UE para responder a sus obligaciones éticas y legales, una omisión que ha disparado la clientela de los delincuentes. A estas alturas, que Orbán, May, Rajoy y sus colegas no tengan un busto en varias villas de Palermo, Kiev y Trípoli me parecería una ingratitud intolerable.

Y del dicho, al hecho. Algunos dirigentes políticos con la distancia más corta entre el ano y la boca llegaron a justificar los ahogamientos disuasorios como la medida más eficaz contra las mafias, pero la inmensa mayoría eligió un camino menos estridente: hacer lo mismo, diciendo lo contrario. Un ejemplo sonado es la sustitución en 2014 de la Operación Mare Nostrum del Gobierno italiano por la Operación Tritón de FRONTEX, trasladando el foco de las operaciones de rescate a las de control y defensa, lo que multiplicó el número de muertes en el Mediterráneo. De ahí a las inversiones millonarias en tecnologías de vigilancia y control como el SIVE o a la proliferación de programas de apoyo a ejércitos y policías en democracias tan consolidadas como las del Sahel hay solo un pequeño paso. (No se pierdan, por cierto, la estupenda serie de Desalambre La ayuda desviada, sobre este asunto).

Pero si la eficacia del enfoque es cuestionable, el papel que los dirigentes políticos reservan para nuestros militares y policías lo es tanto o más. Profesionales que fueron formados para defender la ley y proteger a las víctimas se ven en ocasiones obligados por sus jefes a realizar actos ilegales (como las devoluciones en caliente en nuestra frontera Sur) o descuidar groseramente sus obligaciones humanitarias.

Por razones personales y profesionales yo he tenido oportunidad de comprobar que la mayor parte de ellos tiene una interpretación digna y responsable de su papel en este asunto. Solo hace unos días compartía jornadas en Ferrol con representantes de la Armada Española que se están dejando la piel en operaciones de rescate en el Mediterráneo. Y no faltan las voces anónimas de guardias civiles y policías que se preguntan si su función es acosar en el metro o en la valla a un padre de familia que no ha hecho nada diferente de lo que ellos harían en sus circunstancias. Esta actitud contrasta con la de responsables políticos que primero dan una orden, después se sitúan en tercera fila y más tarde reparten condecoraciones. Y siempre, siempre, se embolsan el rédito electoral. Lo primero es cobarde; lo segundo es peligroso.

La sociedad española mantiene una acitud respetuosa pero tibia con respecto a sus ejércitos. Vincularlos con una política obscena que la mayor parte de la opinión pública rechaza no parece el modo más inteligente de apuntalar su imagen. Recordémoslo mañana, Día de las Fuerzas Armadas.