Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra

Feynman y las encuestas

Los sondeos no siempre aciertan, pero se aproximan más al resultado que cualquier otra alternativa

Marine Le Pen llega junto a Louis Aliot a la sede de su partido este martes.
Marine Le Pen llega junto a Louis Aliot a la sede de su partido este martes. AFP

Se dice que el físico teórico Richard Feynman repetía una broma. Paraba a la gente por los pasillos diciéndoles: “¡No te vas a creer lo que me ha pasado hoy!”, y luego añadía: “¡Absolutamente nada!”. Lo mismo podemos decir de los sondeos en Francia.

Las encuestas siguen desprestigiadas por las victorias del Brexit y Donald Trump. Pero lo cierto es que desde el verano se han sucedido los “aciertos”. En Francia las encuestas acertaron dos veces. Vieron la ventaja de Macron sobre Le Pen y antes, en la primera vuelta, acertaron el orden de los cuatro primeros. Los favoritos de los sondeos también se impusieron en las elecciones de Galicia y el País Vasco, en el referéndum italiano, en las presidenciales de Austria y en los Países Bajos. Esos aciertos no dieron mucho que hablar, en parte por su menor trascendencia, pero también porque faltó Feynman avisando.

¿Por qué ignoramos las encuestas cuando “aciertan”? Hay por lo menos dos motivos, los dos biológicos. El primero es que las personas prestamos más atención a lo excepcional. Eso dice mucho sobre qué cosas nos dan miedo (los terroristas y los aviones más que los coches), qué nos hace reír (las paradojas) y qué nos hace felices (la variedad). El otro motivo es el sesgo pesimista: las emociones negativas nos influyen más que las positivas. Perder dinero o recibir una crítica nos afecta más que ganar dinero o recibir un elogio. Los científicos también han observado que cuando se nos pide que recordemos algo emotivo la mayoría mencionamos una desgracia. Por eso nos parece que las tostadas (y las encuestas) caen siempre del lado de la mantequilla; porque si caen del lado afortunado, seguimos con lo nuestro.

Que ignoremos los aciertos de las encuestas es un asunto menor. Pero es un síntoma de un mal general, que no atañe solo a los sondeos, y que es cada vez más relevante en una sociedad más compleja: juzgamos mal las predicciones bajo incertidumbre.

¿Otro síntoma? Ni siquiera juzgamos bien lo que son aciertos y fallos de las encuestas. Las evaluamos en binario, mirando solo si aciertan o fallan con el ganador. Así se dan paradojas como esta: decimos que los sondeos “acertaron” en Francia, aunque cometieron un error de cinco puntos, mayor que con el Brexit o con Trump. Lo que llamamos “aciertos” y “fallos” depende muchísimo de lo ajustado que esté el resultado (que es arbitrario e indiferente a la habilidad de los encuestadores). No tiene sentido. Mientras sigamos haciendo eso, viviremos en un tobogán en el que encuestas ahora “aciertan” y ahora “fallan”.

Otro problema son las prisas por encontrar métodos infalibles. Con cada sorpresa electoral surgen gurús diciendo “yo ya lo avisé”, pero muchos serán relojes parados dando la hora. Con la victoria de Trump corrió la fantasía de que el big data era más predictivo que las encuestas, pero en Francia apostaron por François Fillon. Hubo quien apostó por Marine Le Pen atendiendo al ruido en las redes sociales… y hasta un sociofísico diciendo que la abstención le podía dar alas. Le Pen perdió y estos profetas caerán en el olvido, pero ¿y si hubiese ganado? El problema está en querer sacar conclusiones de un único acierto, eso no sirve.

Las encuestas son el mejor instrumento para predecir elecciones, pero no porque acierten siempre, sino porque se aproximan más que cualquier alternativa. Por eso es útil expresar sus pronósticos con probabilidades. En las elecciones francesas hicimos dos predicciones desde EL PAÍS, ambas basadas en las encuestas y su precisión histórica. Los dos pronósticos se cumplieron, pero solo un error del segundo hubiese sido una sorpresa. Para la segunda vuelta dijimos que Macron tenía un 98% de probabilidades de ganar. Pero fuimos más cautos en la primera votación porque los sondeos no permitían más confianza: Macron tenía un 72% de opciones de pasar a la segunda vuelta y Le Pen un 65%. Ese pronóstico se cumplió, pero es un acierto solo a medias: de no haberse cumplido hoy señalaríamos —con razón— que los sucesos con probabilidad 28% o 35% ocurren sin parar.

Comunicar bien esas predicciones es un reto. A las personas nos resulta antinatural pensar en probabilidades, aceptar resultados inciertos y hacer valoraciones provisionales del éxito y el fracaso. Pero es inevitable. Las encuestas son un instrumento de la ciencia, que, como también dijo Richard Feynman, es la cultura de la duda. Es un engorro, pero es lo que hay.

Puedes seguir EL PAÍS Opinión en Facebook, Twitter o suscribirte aquí a la Newsletter.