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Con nosotros, los europeos

No hay similitud alguna entre Macron y Le Pen, sino el abismo que separa a la democracia del fascismo

Elecciones Francia
La candidata al Elíseo por el Frente Nacional, Marine Le Pen. AFP

La abstención electoral es un instrumento político tan valioso como el voto y quienes niegan voluntad política democrática a los abstencionistas se equivocan. Existe una voluntad política determinada en la abstención cuando lo que se plantea es elegir entre dos fuerzas tan similares que prácticamente representan la misma opción. Pero no existía similitud entre Hillary Clinton y Donald Trump (y si no, que se lo pregunten a los 24 millones de estadounidenses a los que el Congreso republicano suprimió esta semana la asistencia sanitaria) y no hay similitud alguna entre Marine Le Pen y Emmanuel Macron, sino el abismo que separa la democracia liberal del fascismo.

Así que la abstención como instrumento político no puede confundirse con la indiferencia frente a la maldad. Como escribió Todorov, “para que la maldad prospere no bastan los actos de unos pocos; la gran mayoría tiene también que permanecer indiferente y eso es algo de lo que todos somos muy capaces”; por estupidez y por la espantosa soberbia de quienes se creen en posesión de claves secretas. No hay ninguna clave secreta que impida distinguir entre Macron y Le Pen, por mucho que Jean-Luc Mélenchon las insinúe.

Es posible que Emmanuel Macron, economista y banquero, proceda del ámbito político que hizo posible la resurrección del Frente Nacional. Es una paradoja, pero esa contradicción ha sido muy frecuente en política y no exime a nadie de la responsabilidad de frenar a Le Pen. Tampoco le exime al mismo Macron de la responsabilidad de poner en pie los mecanismos democráticos para atajar inmediatamente la expansión del Frente Nacional, aunque eso suponga traicionar su propia biografía.

Macron ha tenido el valor de oponerse a Marine Le Pen y al programa nacionalista del FN advirtiendo a los ciudadanos que es falso que un Gobierno concreto pueda hacer frente a la globalización. Pero aceptar que ese fenómeno es imparable no significa aceptar que todas las reglas con las que se lleva a cabo son las apropiadas o razonables. No se trata de oponerse a otros países, a otros pueblos, contra la globalización, sino de aliarse con esos otros países y esos otros pueblos para establecer unas reglas comunes que hagan que ese proceso no se lleve por delante capas enteras de la población ni condene a los más jóvenes a una sociedad en la que se ahonden los niveles de desigualdad.

Prácticamente no hay ningún sondeo o encuesta que no dé a Macron como vencedor en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales que se celebran hoy en Francia, y hay que felicitar a los franceses de que así sea. Pero si Macron es presidente, no lo será a dos vueltas, sino a cuatro, como recuerdan algunos analistas, porque, caso de ser elegido, inmediatamente después deberá intentar conseguir los instrumentos necesarios para gobernar, es decir una mayoría parlamentaria suficiente para desarrollar su programa. Es una tarea enorme, teniendo en cuenta que no dispone de un partido propio.

El resultado de la votación de este domingo es también esencial para toda la UE. No solo porque es imprescindible cortar el paso a Le Pen en Francia, sino porque Macron y su declarada vocación europeísta suponen también una nueva oportunidad para parar el declive de la Unión. De su respuesta a tres grandes problemas de la UE (cómo encarar el Brexit, cómo recuperar el procedimiento tradicional de conformar una voluntad europea mediante la negociación, hecho pedazos por Alemania durante la crisis, y cómo revitalizar una voluntad constitucional europea) dependerá el futuro de todos nosotros. Si Macron es presidente asumirá una enorme responsabilidad. Con nosotros, los europeos.

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