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Políticos sin rumbo

Iglesias y Mélenchon hacen de la irresponsabilidad política su divisa

El líder de Podemos, Pablo Iglesias, en el Congreso.
El líder de Podemos, Pablo Iglesias, en el Congreso. EFE

Resulta desolador que en un contexto político tan crítico como el que vivimos en Europa, cuando derechos y libertades fundamentales están en cuestión, nada menos que dos tercios de los 243.000 militantes del movimiento Francia Insumisa de Jean-Luc Mélenchon, que se define de izquierdas, hayan optado por abstenerse o votar en blanco en la segunda vuelta de la elección presidencial francesa que se celebra este domingo, rechazando así respaldar a Emmanuel Macron en su pugna con Marine Le Pen.

Es legítimo discrepar de Macron y de sus propuestas; faltaría más. Pero lo que está en juego en Francia es cerrar el paso al nacionalismo xenófobo y antieuropeísta que representa Marine Le Pen. Promover la abstención o el voto en blanco, a sabiendas de que favorece a Le Pen y debilita a Macron, es un acto de grave irresponsabilidad política que pone en riesgo la democracia y los derechos de muchos ciudadanos.

No es el de Mélenchon el único ejemplo de una izquierda que parece preferir la llegada al poder de la extrema derecha, aunque ponga en peligro la democracia, que endosar con sus votos a opciones de centro reformistas y progresistas. En la reciente elección estadounidense, la tibieza de muchos votantes del demócrata Bernie Sanders, que se quedaron en casa para no apoyar a Hillary Clinton, ayudó decisivamente a la victoria de Donald Trump. El resultado catastrófico de aquella elección no parece haber servido de nada. Al contrario, parece que hay fuerzas políticas que piensan que con alguien como Trump en la Casa Blanca o como Le Pen en el Elíseo tienen más posibilidades electorales.

España no es un caso distinto de esta extendida tendencia en la extrema izquierda a preferir reforzarse a costa de las fuerzas progresistas, aunque eso deje a la derecha en el poder. Javier Fernández, presidente de la gestora socialista, ha recordado a Iglesias que la eventual adhesión de Podemos a la candidatura de Pedro Sánchez hubiera malogrado la investidura de Mariano Rajoy, un “pecado original” del que Iglesias pretende redimirse con la presentación de una moción de censura.

Al lanzar dicha moción de censura sin contar con ningún aval ni posibilidad de éxito, Podemos se sitúa en la misma tesitura sensacionalista y oportunista de Mélenchon. Porque resulta evidente que, con su iniciativa, Pablo Iglesias no pretende tanto descabezar a Mariano Rajoy como sorprender al Partido Socialista en su situación de interinidad. Y trasladar a los votantes de Podemos la idea de que “el PSOE sostiene al partido corrupto”.

La misma razón, inmiscuirse en el proceso de primarias socialistas, explica la convocatoria por Podemos de una movilización para el 20 de mayo, 24 horas antes de la celebración de esas primarias. Lo que debería llevar a Pedro Sánchez, que parece haber olvidado el maltrato político sufrido de parte de Iglesias, a rechazarla con rotundidad y no con confusas y preocupantes alusiones a sus propios planes de presentar una moción de censura.

En tiempos convulsos, la política debe aportar claridad en los fines y firmeza en la defensa de los principios democráticos. Los liderazgos basados en el oportunismo y el continuo espectáculo mediático degradan la política y alejan a la ciudadanía de ella.

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