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OPINIÓN

Hálitos de esperanza en Marconi

Más de 2.000 migrantes subsaharianos en situación de vulnerabilidad reciben servicios formativos y laborales en un centro del distrito madrileño de Villaverde

Dos mujeres descargan artículos de primera necesidad donados para migrantes en situación de vulnerabilidad.
Dos mujeres descargan artículos de primera necesidad donados para migrantes en situación de vulnerabilidad.

“Lo único que quiero es olvidar los asesinatos y los abusos sexuales que sucedieron en mi familia hace cinco años. Solo pido que las autoridades españolas me protejan, superar el pasado, rehacer mi vida con alegría, en paz, y con todo el amor de Dios”, susurra en francés, con la mirada perdida, Natacha Souna, una marfileña que llegó a España en patera hace siete meses. Nada que no desee cualquier mortal: mantener la esperanza en el futuro.

Natacha tendrá sin embargo muchas complicaciones para cumplir la ilusión de estar entre el 30% de inmigrantes subsaharianos a los que España concede asilo y muchas más para alcanzar la condición de refugiado político. Otra cosa muy distinta es cuando se trata de obtener beneficio de su imagen, algo que conoce bien la ecuatoguineana y española, Catalina Mikue: “Fui concejal en el Ayuntamiento de Getafe por Izquierda Unida [2003- 2007] y siempre tuve la sensación de que me pusieron en la lista para poner una cara negra con la que ganar votos”.

Para Catalina, estas situaciones son un claro ejemplo de racismo, como también lo es que las asociaciones creadas por los propios inmigrantes no reciben las mismas ayudas en comparación con otras. “España todavía no ha entendido el fenómeno de la inmigración, tal es así que los propios partidos y la Administración utilizan a los negros como simples mecanismos de maquillaje que son mera propaganda, de cara a la galería y, en muchas ocasiones, humillantes para los propios migrantes”.

Aunque no todas las personas procedentes de estas zonas geográficas cumplen los requisitos legales de refugiado, sí deberían ser acogidos y amparados, como denunciamos desde la Fundación Somosara Arraigo, desde donde trabajamos para facilitar la integración social y laboral del colectivo de inmigrantes subsaharianos en la Comunidad de Madrid y en otras autonomías. Nos ayuda en esta labor la ONG Asociación Cultural de Defensa de los Valores Africanos (ACUDEVA), con la que hemos creado un centro socio-cultural en el Polígono Marconi de Villaverde para desarrollar proyectos que faciliten medios profesionales y laborales a estos colectivos.

La invisibilidad, discriminación y vulnerabilidad caracteriza a este colectivo de migrantes en comparación con los procedentes de otras zonas geográficas. Es un colectivo que se asocia al negocio del top manta, a los saltos a las vallas de Ceuta y Melilla o a las recurrentes explosiones sociales de los Centros de Internamiento de Extranjeros (CIE), sin tener en cuenta que, como Natacha Souna, solo pretenden mantener la fe y un hálito de esperanza.

Es la misma situación que Esohe Patience Ehidiaduwa —nigeriana, 52 años, 25 años de residencia en España y cuatro hijos, uno de ellos preparando la oposición a Policía Nacional— constata con rotundidad. "Me he adaptado a España porque mi mentalidad es que, si quieres integrarte en un país, tienes que ajustarte a sus normas”, asegura, pero reconoce que los negros son "más invisibles" y sufren más discriminación que otros colectivos vulnerables. "Un abismo del que solo se puede salir con ayuda, y esa es mi intención, apoyar con toda mi experiencia y conocimiento a las personas que hayan pasado por similares vicisitudes a las mías”.

Una discriminación que sufren incluso inmigrantes con un elevado nivel de formación. La promotora de Acudeva, Augustine Abila, llegó becada hace 30 años a España para cursar un doctorado en Literatura Española. Desde entonces no ha podido convalidar sus títulos, lo que le ha impedido acceder a diferentes trabajos. “Lo que nos da pena es ver cómo se desperdicia el talento. Hay migrantes formados, pero unas veces por pura discriminación y otras por burocracia, lo cierto es que no disfrutamos de las mismas oportunidades”, asegura Augustine.

Aunque no todos cumplen los requisitos legales de refugiado, sí deberían ser acogidos y amparados

En los últimos 30 años, esta doctora camerunesa y española solo ha podido disfrutar de un trabajo serio que duró cuatro años. La convalidación de títulos le ha sido imposible y para todos los puestos: “Nos piden títulos españoles o convalidados, algo que otros colectivos, como los de procedencia latina o europea, lo tienen más fácil”.

Si a nivel personal la situación se hace muchas veces insostenible, el intento de apoyar a los migrantes desde dentro también es complicado. “En Acudeva nos sentimos desplazados. Hay ONG con grandes proyectos y con excelentes intenciones, pero que no se adaptan a las necesidades reales de los migrantes. Somos nosotros quienes mejor conocemos la problemática y las claves culturales de estas personas, pero si no tienes padrino y una cuenta corriente saneada no inspiras confianza y no te tienen en cuenta”, enfatiza Abila.

Y no hay necesidad más perentoria que la laboral. El nuevo centro pretende convertirse en un nicho de fomento del empleo, con la involucración de las empresas ubicadas en el polígono industrial. El proyecto se enfoca a encontrar trabajo, invitando a estas compañías a participar en encuentros o celebrar reuniones de trabajo en las instalaciones. Además, se generará una bolsa de trabajo ajustada a la demanda de las compañías instaladas en este polígono del sur de Madrid.

La promoción y apoyo al emprendimiento será otra de sus actividades principales. Mediante programas de microcréditos, se pretende apoyar la creación de proyectos empresariales y de autoempleo tanto en España, como en sus países de procedencia. Se trata de que los inmigrantes que quieran volver a su país, lo hagan con la cabeza alta y sin sentirse unos fracasados.

Todo ello sin olvidar que muchas de estas personas también necesitan cubrir sus necesidades más básicas. Una zona lúdica infantil facilitará la vida de muchas mujeres y la de sus hijos, como es el caso de la marfileña, Bomo Albertini Anne, y su hija Rebeca de tres años: “A veces me salen trabajos por las tardes y no puedo aceptarlos porque no tengo dónde dejar a la niña. Tener esta posibilidad en el centro es simplemente fantástico”.