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Limpiar el aire urbano

Reducir la contaminación exige un plan conjunto de las Administraciones

Vista de Madrid con la 'boina' contaminante que con frecuencia cubre la ciudad. rn
Vista de Madrid con la 'boina' contaminante que con frecuencia cubre la ciudad.

Madrid y 39 municipios del área metropolitana de Barcelona, incluida la capital, han anunciado planes para reducir la contaminación urbana y poder cumplir así las directivas comunitarias. Son medidas ambiciosas, que incluyen por ejemplo reducir la velocidad en los accesos a la ciudad a 70 km/hora en el caso de Madrid, o la prohibición de circular a los vehículos de más de 20 años en el caso de Barcelona.

Es loable que estos municipios hayan tomado la iniciativa, pero abordar un problema tan grave y complejo como este exige un enfoque global y concertado desde diferentes Administraciones. No podemos seguir respirando aire emponzoñado ni que muchas personas mueran prematuramente de dolencias cardiovasculares o respiratorias cuando es posible evitarlo. Igual que Londres y otras muchas ciudades industriales lograron limpiar su aire a mediados del siglo pasado trasladando industrias y sustituyendo las calefacciones de carbón, debemos proponernos ahora limpiar el aire de nuestras ciudades, y eso obliga a actuar contra el principal contaminante, que es el tráfico. Si eso va a requerir medidas impopulares, tienen que estar bien justificadas y bien argumentadas.

Asistimos lamentablemente a banalizaciones absurdas como pretender que por el hecho de ampliar una acera ya se lucha contra la contaminación. De poco sirve reducir el tráfico en una calle si se desplaza a otra. O frivolidades como oponerse a las restricciones de circulación alegando que atentan contra la libertad. Hay que ser más rigurosos a la hora de abordar el debate. El objetivo no es penalizar o dificultar la libertad de movimientos, sino conseguir una movilidad saludable. Limpiar el aire requerirá un cambio de mentalidad y hay que pedir a las autoridades un esfuerzo de pedagogía y la justificación de las medidas que se adopten teniendo en cuenta todos sus posibles efectos.

Por ejemplo, promover la sustitución de los vehículos más antiguos y contaminantes del parque móvil parece razonable, pero no podemos olvidar que la mayor concentración de estos vehículos se da en los distritos de renta más baja. Algunos estudios indican que mantener la velocidad en torno a 70/80 kms/hora reduce la contaminación, pero siempre que se circule con fluidez, pues de lo contrario, la medida es contraproducente. Lo que más contamina son los atascos. En cualquier caso, este tipo de medidas deben complementarse con otros incentivos, incluidos los fiscales, que induzcan un cambio de hábitos y faciliten el reparto equitativo de la carga.

Hay que pedir, pues, la implicación de todas las Administraciones, rigor a la hora de decidir y una evaluación de los efectos de las políticas que se apliquen, para corregir el rumbo si es necesario. La lucha contra la contaminación debe ser objeto de un consenso básico que permita a las Administraciones la aplicación flexible de medidas sin miedo a que sean utilizadas en su contra. El hecho de que sea una responsabilidad de Administraciones de distinto color político facilita este pacto básico. Los ciudadanos deberían penalizar en las urnas tanto la inacción como la demagogia y la frivolidad.

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