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La libertad huele a cacao

En Costa de Marfil, una emprendedora ha logrado que las esposas de los cultivadores de las plantaciones lideren un negocio propio: la producción de jabón con los restos del cultivo

Solange N’Guessan, de 44 años, es la líder de un proyecto para empoderar a las mujeres mediante un negocio creado a partir de los desechos de las plantas de cacao. A su lado, un fruto del cacao (cabosse). Ver fotogalería
Solange N’Guessan, de 44 años, es la líder de un proyecto para empoderar a las mujeres mediante un negocio creado a partir de los desechos de las plantas de cacao. A su lado, un fruto del cacao (cabosse).

Durante las noches de insomnio en el silencio húmedo de la selva, Solange N’Guessan alimentaba una idea fija e intentaba rescatarla de la bruma del sueño: dar un vuelco al destino de las esposas de los cultivadores de cacao del suroeste de Costa de Marfil. En la estación de las lluvias, San Pedro —la ciudad más próxima, con su gran puerto—, parecía inalcanzable. Repasaba uno por uno esos rostros femeninos reacios a la sonrisa que la aflicción y la invisibilidad habían hecho envejecer antes de tiempo. Veía a las mujeres barriendo al alba los patios de tierra de las casas, tomando el camino del pozo, preparando la comida y llevándosela a sus maridos a la plantación bajo el sol del mediodía, quedándose con ellos hasta el ocaso y recogiendo las cabosses, los frutos amarillo-violeta del cacao. Las sorprendía los domingos siempre laboriosas, las cabezas gachas adornadas con finas trenzas, entregadas a una artesanía tradicional: quemar las cortezas sobrantes del cacao y mezclar las cenizas con aceite de palma para obtener una suerte de jabón de color marrón de esa materia destinada a descomponerse y desaparecer. “Ese jabón representaba su dignidad”, cuenta Solange. “La limpieza, la feminidad. El no de las mujeres, simbólico pero decidido, a la miseria y la degradación. Entonces comprendí que mi idea siempre había estado allí, ante mis ojos. Solo tenía que encontrar los medios para hacerla realidad”.

Solange N’Guessan tiene 44 años y es una de esas empresarias africanas que habrían podido emigrar para vivir cómodamente en otro sitio y hacer fortuna en tierras menos hostiles. En cambio, tras estudiar agronomía en distintos lugares del mundo gracias a una beca de la Fundación Rockefeller, esta dama alegre y creativa ha vuelto a su pueblo, a pesar de que este, confiesa, le ha endurecido el carácter: "Me ha obligado a demostrar constantemente que, por supuesto, por ser mujer no valgo menos que un hombre”.

Actualmente, dirige la Unión de Cooperativas Agrarias de San Pedro (Afemcoop) en el distrito de Bas-Sassandra. La forman 18 grupos de agricultores del preciado “oro marrón”, cuyo primer filón mundial se encuentra en Costa de Marfil, que suministra el 39,8% de la producción del planeta. La economía del cacao representa el 90% del PIB del país, pero no mejora la vida diaria de los campesinos. Costa de Marfil sigue en el 172º puesto de la clasificación de 188 países del Índice de Desarrollo Humano de Naciones Unidas. El 62,4% de la población rural vive por debajo del umbral de la pobreza, según el Fondo de Naciones Unidas para el Desarrollo del Capital, la esperanza de vida apenas supera los 51 años y el analfabetismo alcanza al 48,5% de los hombres y al 70% de las mujeres, indica la Unesco. Además, todavía siguen abiertas las heridas de una década de guerra civil que concluyó en 2011 con la victoria del presidente Alassane Ouattara, reelegido para su segundo mandato en otoño de 2015.

Solange reconoce que se le ha endurecido el carácter al obligarse a demostrar constantemente que por ser mujer no vale menos que un hombre

Cuando se le habla de política, Solange no logra reprimir una carcajada. “Los agricultores del cacao son los olvidados del Estado. Están abandonados en la selva, y sus mujeres forman el último eslabón de la cadena social. Para un hombre es más importante su familia de origen que su esposa. Por lo tanto, las mujeres trabajan duramente con sus maridos, pero no perciben ninguna retribución”.

El gran periodista Ryszard Kapuscinski decía que, en África, “el individualismo es sinónimo de desgracia y maldición” y, por lo que parece, Solange N’Guessan ha hecho de esta afirmación su lema personal. En 2011 convocó a las artesanas del jabón y las convenció de que invirtiesen su talento en una empresa colectiva que acabó convirtiéndose en un auténtico negocio. “Buscaba una vía para que, por fin, obtuviesen unos ingresos creando un proyecto ecológico de reutilización de los desechos de la planta más valiosa para ellas”.

La idea funciona. Los maridos miran con otros ojos, por primera vez respetuosos y admirados, a las mujeres recién convertidas en empresarias, y empiezan a pedirles su opinión sobre las decisiones que afectan a la comunidad. “No ha sido fácil”, admite Solange. “Al principio muchos hombres no entendían nuestras aspiraciones. Decían que yo —una mujer que debería haber tenido hijos y quedarse en casa— me atrevía a usurparles su sitio. La presión psicológica era tal que llegué a ponerme enferma y tuve que marcharme un tiempo a la ciudad. Volví porque las mujeres me apoyaron con fuerza, cuidándome y repitiéndome que qué iban a hacer ellas si yo me iba. Cuando volví, me encontré con que algunas se habían convertido en líderes de la elaboración de jabón, que habían hecho un gran esfuerzo. Fue el regalo más bonito de mi vida”.

Sin embargo, Solange no se dio por satisfecha. Persiguió el salto cualitativo. Quiso mecanizar el proceso para conseguir dar trabajo a las 5.000 mujeres de sus cooperativas; ampliar el mercado, potencialmente, a toda Costa de Marfil, y triunfar en el negocio del jabón. “Participaba en muchos encuentros internacionales de productores de cacao”, recuerda. “Cuando explicaba mi proyecto a los fabricantes extranjeros, todos exclamaban que era una maravilla y, acto seguido, desaparecían. A todo el mundo le gusta el chocolate, pero poca gente se da cuenta del sufrimiento que se esconde detrás de una tableta”.

Hasta que, hace dos años, en Suiza, se encontró sentada casualmente al lado de un empresario italiano. Logró contagiarle su entusiasmo tenaz, y él decidió ayudarla. “Entregamos a Solange las primeras máquinas”, cuenta hoy Luigi Zaini, que, junto con su hermana Antonella, dirige en Milán, en el norte de Italia, una empresa dedicada al chocolate fundada en 1913. Zaini ha proporcionado a las mujeres de Bas-Sassandra una prensa para producir aceite de palma y una batidora que les ahorrará la carga de remover a mano los ingredientes. “Así más mujeres podrán participar en el proceso industrial”, dice Antonella Zaini. “El objetivo es pasar de la actual producción de 4.000 pastillas de jabón anuales a más de trescientas mil, lo cual proporcionará unos ingresos de 1.000 euros al año a cada trabajadora”. Una cifra interesante en el contexto de estas aldeas rurales, teniendo en cuenta que la renta medida anual marfileña no supera los 2.500 euros. Para Awa, Antoinette, Akissi y las demás nuevas empresarias, esto supone el proyecto de un futuro mejor para sus hijos y para ellas mismas.

Las mujeres trabajan duramente con sus maridos, pero no perciben ninguna retribución

El jabón se llama OlgaZ, en homenaje a Olga Zaini, abuela de Luigi y Antonella, que dirigió una empresa italiana durante la Segunda Guerra Mundial y la reconstruyó en un tiempo récord tras los bombardeos de Milán de 1943. Olga fue una pionera de la iniciativa y la gestión empresariales en femenino que, para Solange, puede servir de inspiración también a sus mujeres.

“Me gustaría que este proyecto se convirtiese en un modelo de desarrollo que se difundiese a toda Costa de Marfil”, reflexiona. “No es caridad ni simple beneficencia, sino más bien una alianza entre la gente del cacao y un productor de chocolate sensible a sus condiciones de vida. Todas las fábricas extranjeras que hacen negocios en este país deberían sentir este deber moral”. Su fábrica, inaugurada hace unos meses en el corazón de la selva marfileña de Bas-Sassandra, se propone conquistar el 20% del mercado nacional de aquí a 2021.

Solange está convencida de que lo conseguirán y, cuando llegue el momento, le dedicará el éxito a su madre: “Mi familia era campesina, y ella sufrió muchas injusticias y humillaciones por ser mujer. Trabajaba el doble para lograr que yo estudiase; decía que yo sería su revancha, y que cuando fuese mayor tenía que esforzarme por defender a las mujeres más vulnerables pensando en ella”. Los jefes del pueblo ya les están pidiendo que inviertan parte de las futuras ganancias en nuevos pozos de agua y, para Solange N’Guessan, el agradecimiento de la comunidad con sus mujeres sellará por fin una época en la que, aquí, lo femenino carecía de valor.

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