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Casi jóvenes para siempre

En 1996, Ted Demme dirigió ‘Beautiful girls’ sin saber que había confeccionado una cinta generacional para una generación que siempre la adoraría porque nunca iba a crecer.

El trayecto que media entre mi casa y la estación de metro a la que acudo cada mañana para trasladarme a mi puesto de trabajo es de unos ocho minutos. Como acostumbro a salir de casa con prisa porque desde 1997 tengo la sensación de llegar siempre tarde a algo, me paso todo el trayecto adelantando a personas de diferentes edades, clases sociales, nacionalidades y orientaciones sexuales. Cuando eres joven, jamás te adelanta nadie por la calle, porque andas rápido aunque no quieras, aunque no tengas prisa, aunque nadie te persiga. Cuando eres joven quieres llegar antes a cualquier sitio, porque no puedes evitarlo y porque no eres demasiado bueno distinguiendo un sitio al que vale la pena llegar de otro al que no. Bien, pues esta semana me han adelantado ya tres personas en mi camino hacia la estación de La Latina. Debo admitirlo, ya no soy la persona que camina más rápido de mi barrio. Pronto me saludarán no sólo los del bar, sino también los de la farmacia.

Cuando eres joven quieres llegar antes a cualquier sitio, porque no puedes evitarlo y porque no eres demasiado bueno distinguiendo un sitio al que vale la pena llegar de otro al que no

De alguna manera, ser adelantado por la calle es un paso más en el descenso hacia los infiernos de la mediana edad que se nos va anunciando en las formas en las que interactuamos con otros seres humanos en ese espacio llamado ciudad. Cuando en la escalera mecánica nos quedamos a la derecha porque nos da palo subirla a toda pastilla por el carril izquierdo. Cuando ya no nos sentamos en el suelo del andén al ver que el metro tarda en llegar. Cuando ni se nos ocurre sentarnos en el suelo del vagón para poder leer ese libro de Hermann Hesse en el que está toda la verdad. Cuando milagrosamente pillamos asiento y al cabo de tres paradas se suben a la vez un ciego, una embarazada, un cojo y una anciana y fingimos habernos quedado dormidos para no cederle el asiento a ninguno de ellos, que tendrán sus cosas, pero seguro que tienen menos sueño que nosotros. Cuando nos molesta que se nos cuelen en la pescadería. Cuando vamos a la pescadería porque el pescado es mejor que en las neveras del Carrefour Express. Cuando estamos en el ascensor y vemos que las puertas del mismo se van a cerrar pero no hacemos ademán de retenerlas al ver a alguien acercarse porque preferimos subir solos. Cuando nos da rabia que se averíe el ascensor. Cuando nos da rabia que se averíe cualquier cosa. Cuando llaman para embarcar en el vuelo y ya no nos quedamos relajados en un asiento para ver a los borregos hacer cola y nos unimos a esa cola porque nos da cosa que nos quedemos sin espacio para guardar la maleta en el compartimento superior. Cuando nos molesta el ruido del vecino mucho más de lo que nos molestaba aquel vecino que se quejaba de nuestro ruido. Cuando queremos pero no podemos, pero nos convencemos de que, en realidad, tampoco lo queríamos tanto.

El otro día fui a una cena organizada por una firma. El espacio era maravilloso. La comida, fabulosa, y entre los invitados había, al menos, media docena de personas que se definían como influencers. Conversando con un periodista de la competencia surgió la película Beautiful girls, un clásico personal de quien esto escribe. Hablando de sus bondades me di cuenta de que hoy, justamente 20 años después de que la viera, me siento igual de identificado con el personaje de Timothy Hutton, un tipo asustado ante la posibilidad de que las cosas salgan bien y capaz incluso de convencerse durante dos escenas de que vale la pena echarlo todo al garete para esperar que una fascinante vecina de 13 años interpretada por Natalie Portman cumpla la mayoría de edad. Es tan triste como cinematográfico de asumir, pero en muchas cosas (los adolescentes me asustan) sigo siendo Timothy Hutton, eso sí, uno que anda más lento.