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Todo por demostrar

Rajoy ofrece diálogo pero pasa de puntillas sobre los temas más graves

Mariano Rajoy en un pasillo del Congreso, el 26 de octubre. Detrás de él, Pablo Iglesias.

Con solo 137 escaños, un partido lastrado por la corrupción, un Gabinete lleno de ministros abrasados y cuatro años avasallando en el Parlamento a los otros grupos políticos, era imposible para Mariano Rajoy plantear su ejercicio de investidura desde otro plano que el del diálogo. Máxime cuando se la debe al sentido de Estado de los socialistas y no a sus propios méritos.

Con ese pesado bagaje a sus espaldas, resulta frustrante que Rajoy no ofreciera en su discurso sombra de autocrítica ni propuesta innovadora alguna respecto al problema político más grave que tiene planteado España, que es el desafío independentista lanzado por las autoridades de Cataluña.

Hasta ahora la interlocución con la Generalitat ha brillado por su ausencia, con el Gobierno parapetándose tras los tribunales, lo cual ha contribuido a agravar el problema. Pero lo que exigiría un giro radical en su tratamiento se convierte, más allá de ofrecer un diálogo sobre asuntos de “solidaridad interterritorial”, en una oferta muy deficiente: sigue reservando el “derecho a decidir” al conjunto de los españoles, pero pasa de puntillas sobre cómo articular ese derecho para resolver el problema catalán.

También es insuficiente el enfoque que hizo sobre la corrupción. Bien está el tardío reconocimiento de la implicación de personas de su partido, pero Rajoy no acierta a entender que la gravedad del asunto causa un problema moral y un trauma a las demás fuerzas a la hora de permitir el gobierno de su partido, especialmente a los socialistas. Rajoy sigue sin asumir que la corrupción en el PP no ha sido cosa de unas pocas “ovejas negras”, sino un problema estructural en el que su reacción, tardía e insuficiente, vacía su credibilidad a la hora de ofrecer cambios de calado.

Más que avanzar un programa de gobierno, Rajoy se ofreció al Congreso como conductor de una serie de pactos sin duda muy convenientes para España: pensiones, diálogo social, pacto educativo, financiación autonómica y limpieza de la vida pública. Se adelantó a advertir cuál es su línea roja: no dar marcha atrás en las reformas realizadas durante su anterior mandato, a las que atribuye la creación de medio millón de empleos al año. Ninguna mención a reforma constitucional alguna, que sería deseable se abordara hoy en respuesta a las intervenciones de los demás grupos parlamentarios.

El escenario político ha cambiado. Profundamente. La anómala situación de bloqueo que hemos vivido ha terminado. Los tics autoritarios de otros tiempos, los desprecios entre contrincantes políticos y el estilo de gobierno de espaldas al Parlamento tienen que dar paso al diálogo que Rajoy se dice dispuesto a practicar a partir de ahora. Todo eso tiene que verificarse en la práctica, y la primera prueba de la sinceridad de sus propósitos será la composición del Gobierno. Ahí se reflejará la primera señal para saber si el candidato a continuar en La Moncloa está escenificando un cambio de actitud sin verdadera voluntad de cambio, o si realmente prepara un equipo capaz de ganarse “cada día”, como él dice, el derecho a la estabilidad parlamentaria.

 

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