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Dejen ya jubilarse al emperador

No sabemos qué habría sido del mundo si Alejandro Magno hubiera cumplido los 82 años de Akihito. Los imperios no cambian a la velocidad de la sociedad

Algunos ciudadanos siguen el discurso del emperador en una plaza de Tokio.
Algunos ciudadanos siguen el discurso del emperador en una plaza de Tokio. REUTERS

No sabemos qué habría sido del mundo si Alejandro Magno hubiera cumplido los 82 años que tiene el actual emperador de Japón, porque murió a los 33 y esos le bastaron para cambiar el mapa, para someter a incontables pueblos del Mediterráneo y de Asia, para conquistar tierras persas y llegar a la India. Claro que tampoco sabemos qué habría sido de Japón si este emperador, Akihito, no hubiera accedido al trono a los 57 años (los que tenía cuando se coronó en 1990) sino a la edad del rey macedonio.

Los reyes y emperadores permanecen, sí, aunque sea como símbolos de una tradición y un poder que intentan perpetuar de alguna forma sus valores, pero las instituciones no cambian a la velocidad en que lo hace la sociedad en el siglo XXI.

El discurso pronunciado ayer por Akihito para sugerir su abdicación (para que sea posible es necesaria una reforma legal que la contemple) se suma a la marcha de Juan Carlos I de España, de Beatriz de Holanda y de Alberto II de Bélgica, que han claudicado en los últimos años tras reinados largos en tiempos procelosos.

Hay una escena en El discurso del Rey, maravillosa película de Tom Hooper sobre la superación de la tartamudez que sufría Jorge VI, en que el soberbio Colin Firth recuerda que su padre, Jorge V, ya decía que esto de ser rey se había complicado un poco. En otros tiempos, venía a decir el sabio padre, casi bastaba andar a caballo con elegancia para ser un buen rey, pero la radio había cambiado las cosas y les obligaba a comunicar bien con la nación.

El entonces duque de York, segundo hijo de Jorge V, luchó titánicamente por superar la tartamudez y se vio obligado a asumir el trono al renunciar el primogénito, Eduardo VIII, deseoso de casarse con Wallis Simpson. Lo definitivo para el nuevo rey no fue que superara la tartamudez, sino que superó el desafío que supuso la radio y sus posibilidades en una nación temerosa de Adolf Hitler.

Hoy no es la radio, ni siquiera la televisión, sino la sociedad casi transparente de las redes la que expone al escrutinio detallado las vidas y los actos. Todos saben en Japón que la esposa de Naruhito, el heredero al trono, ha padecido depresión, en otro contraste evidente entre lo antiquísimo y silencioso de una institución férrea y exigente que acaba de vivir el segundo discurso del emperador (el primero fue tras el tsunami) y la transparencia de hoy.

Naruhito podrá convertirse en emperador a los 56 años en el mejor de los casos, si el actual Gobierno de Shinzo Abe pone en marcha la reforma legal que haga posible la abdicación de su padre. El príncipe Carlos tiene 67 y ha superado la edad habitual de jubilación. Dios salve a la Reina.

La longevidad es un gran avance de esta era y el envejecimiento es envidiable cuando se produce con salud pero, tengan piedad los gobernantes y dejen jubilarse al emperador. ¡También ellos tienen derechos!

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