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Culpables y responsables

Una parte de la ciudadanía ha compadreado, por acción y omisión, con las tropelías políticas

Colegio electoral durante los comicios del 26-J.
Colegio electoral durante los comicios del 26-J.

En política, lavarse las manos supone ensuciárselas. Y eso también alcanza a la ciudadanía, no solo a nuestros representantes. Todos libramos un papel político del que toca responsabilizarse. Esa suma de papeles a veces resulta encomiable, y a veces deriva en papelón. Pero en ambos casos, todos habremos contribuido a perfilar la calidad (mayor, menor, ausente) del paisaje democrático que nos envuelve.

En tanto que haya un mínimo de opción para elegir entre lo que existe, y un mínimo de opción para crear algo nuevo que hasta entonces no existía, los ciudadanos somos corresponsables de lo que ocurre en el escenario político. Y somos corresponsables tanto para lo bueno como para lo malo. Lo que pasa es que a los logros nos apuntamos pronto, y ante los estropicios acostumbramos a escurrir el bulto.

En redes sociales, y en el desenredado día a día, es habitual encontrar un indiscriminado despotrique hacia los políticos. Parecería que éstos son alienígenas golpistas que, de la noche a la mañana, acarrearon este desaguisado del que la sociedad civil es completamente ajena. Aunque le pese al discurso populista de unos lados y otros del espectro ideológico, sería razonable reconocer lo evidente: hay ciudadanía que ha compadreado (por acción y omisión) con las tropelías políticas que nos envuelven.

“¿Qué hemos hecho los españoles para merecernos esto?”, preguntaba un personaje de Máximo en los años noventa. “Nada. Y por eso nos lo merecemos”, respondía su interlocutor. Esa fantástica viñeta, publicada en EL PAÍS, conserva plena vigencia. Sin embargo, ahora y entonces, cabría establecer una lógica puntualización.

Cada vez que fue mermada la independencia de la Justicia; cada vez que fueron okupadas de forma partidista las Cajas de Ahorros; cada vez que se permitió que el voto de las personas no valiese lo mismo; cada vez que se jugueteó con el nacionalismo para forjar privilegios (frente a derechos) y nativos (frente a ciudadanos); cada vez que se menoscabaron los mecanismos de control y contrapeso que requiere todo Estado de derecho; cada vez que se extendieron obscenas redes clientelares; cada vez que se instrumentalizaron instituciones para que mutaran en chiringuito particular; cada vez que se tergiversaron vocablos de forma engañosa y torticera (sean los “hilitos de plastilina” con los que Rajoy nos describió la catástrofe del Prestige, sea la “Champions League” con la que Zapatero quiso darnos cuenta de una ficticia situación económica, sea la consideración de “preso político” con la que Iglesias ha querido presentar a Otegi), etcétera.

Escudarse en que “todos los políticos son iguales” sirve para todo… menos para corregir lo corregible

Cada vez que todo eso ha pasado, ha habido millones de personas que sí han hecho algo: votar a los causantes, o abstenerse de votar, que también es un modo de seguir reafirmando los comportamientos deplorables. De hecho, escudarse en esas prejuiciosas naderías de que “todos los políticos son iguales”, y engañarse con esas demagógicas proclamas de que “el pueblo nunca se equivoca”, sirve para todo… menos para corregir lo corregible.

Por eso, aunque se entiende lo expresado por Máximo, no puede negarse lo obvio: algunos se habrán cruzado de brazos; algunos habrán incurrido en injustas generalizaciones; algunos se habrán rasgado las vestiduras de forma sectaria y maniquea; algunos se habrán hecho cómplices del desfalco económico e institucional; algunos habrán cultivado una labor democrática de mayor madurez y calibre... Cada cual tendrá que responsabilizarse de lo que le corresponda, pero en conjunto, como sociedad, claro que hemos hecho.

Las tragaderas de quita y pon, y la indignación a tiempo parcial son dos caminos en los que lo relevante no es lo acontecido, sino la autoría de lo que acontece. Y esos hábitos no solo se estilan en el seno de tal o cual partido, sino que también se frecuentan entre aquella ciudadanía que decidió ejercer de hooligan (contra el adversario) y de clac (ante los que cataloga como suyos). Llevarse las manos a la cabeza solo ante las siglas ajenas, y mirar para otro lado cuando el desbarre es de los propios, resulta la antítesis de lo cívico.

Por supuesto que es preciso distinguir entre culpables y responsables. No es lo mismo robar, que votar a ladrones, por poner un ejemplo. Y no es lo mismo votar a alguien del que desconocemos su desempeño ilícito, que reincidir en el voto cuando ya se ha constatado su palabrería o su abyección. Siempre hay gradaciones, sí. Pero lo innegable es que a la ciudadanía también le salpica una responsabilidad. Puede resultar muy pinturero eludir nuestras responsabilidades; pero esos escapismos… nunca pintan bien.

Óscar Sánchez-Alonso es doctor en Comunicación Política, autor del libro El servicio postventa de la política, y profesor de la Facultad de Comunicación (UPSA).

@osanchezalonso

 

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