Lo tengo fresco
Ofenden todos, lo que pasa es que no siempre a quien se proponen y, a veces, los ofensores se ofenden ellos solos

Soy una rara de los olores. De niña, odiaba que mi madre me mandara a comprar companaje —esa mortadela rosa, ese chorizo naranja, ese salchichón granate culpable de mis adipocitos marrones— al mercado de Carolinas, mi barrio del corazón de Alicante, solo porque, de paso, tenía que sufrir la peste de los puestos de variantes, es hoy y aún se me levanta el estómago. El caso es que, como siempre he sido una chica bien mandada, hacía de tripas corazón y resolvía el recado a escape, conteniendo el aliento por la nariz y respirando por la boca. A lo que no olía nunca jamás en aquel templo de mercaderes era a pescado. No daba tiempo. A las 12, cuando salíamos los críos del colegio, ya estaba todo el género despachado, los mostradores de granito relucientes y todo lo más que quedaba, con suerte, era la morralla, ese plancton prehistórico con el que mi madre guisaba un caldero de caérsete las lágrimas. Los sábados, sin embargo, me encantaba madrugar y acompañarla a la plaza solo por ver y oír a las pescaderas, unas doñas majestuosas, relimpias y reguapas por feas que fueran, con sus mandiles de tira bordada aún más tiesos que sus cardados Arriba el Mare Nostrum. “Lo tengo fresco. Llévate bacallarets que están que saltan, bonica meua”,zalameaban, y entonces iba mi madre y se los llevaba.
Me he acordado de Carolinas estos días escuchando a un escritor recomendar a una alcaldesa cambiar de oficio y dedicarse a vender pescado, dada su presunta incompetencia para el cargo. Dice el dicho que no ofende quien quiere, sino quien puede. Discrepo. Ofenden todos, lo que pasa es que no siempre a quien se proponen y, a veces, los ofensores se ofenden ellos solos al retratarse. Puede que con estas líneas no esté precisamente haciendo amigos entre el vecindario. Pero a estas alturas de la mañana, y de la vida, algunas vamos teniendo ya casi todo el pescado vendido.
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