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Ciudades: causa y solución de los problemas de la vida

Las urbes son escenarios imprescindibles para lograr eficiencia energética, luchar contra el cambio climático, conseguir igualdad de género y oportunidades, así como el bienestar de la mayoría

Puesta de sol en Yakarta (Indonesia). Banco Mundial

De las ciudades se podría decir algo parecido a lo que proclamaba Homer Simpson del alcohol: son causa y solución de buena parte de los problemas de la vida. Protagonistas de conflictos, inequidades, inseguridad, contaminación, masificaciones, colapsos, miseria… las urbes son escenarios imprescindibles para lograr eficiencia energética, luchar contra el cambio climático, conseguir igualdad de género y oportunidades, y alcanzar el bienestar de la mayoría de los ciudadanos del mundo. Porque más de la mitad de la humanidad ya vive en estos entornos y la proporción seguirá subiendo hasta más de un 65% en 2030. Que crezcan de forma sostenible es uno de los principales retos del planeta, algo que involucra a todos los actores sociales: desde organismos internacionales, hasta pequeños Ayuntamientos; desde empresas punteras hasta comercios de barrio; desde presidentes de gobiernos hasta jubilados, trabajadores, jóvenes y niños.

Hay quien dice que una ciudad, como concepto, no puede ser sostenible, que la máxima aspiración es que no sean demasiado insostenibles, dado el estrés al que someten al entorno donde se encuentran. El debate semántico es lo de menos, porque siendo realistas no existe otra opción distinta del desarrollo urbano. Son decenas de factores los que intervienen en que sea respetuoso —o lo más posible— con el medio ambiente. Teniendo en cuenta que ellas producen el 80% de los gases de efecto invernadero, que algunas se han convertido en lugares irrespirables por la polución, solucionar el abastecimiento de energía y hacerlo de la forma más limpia posible se antoja como una de las prioridades. Pero no es ni mucho menos un asunto aislado: involucra de forma directa a los sistemas de movilidad, que a su vez dependen del diseño de las ciudades, que se configura en función de la disposición de sus viviendas, algo supeditado a las leyes urbanísticas, que están influidas por las empresas y dictadas por los gobiernos, que para ser legítimos tienen que apoyarse en una sociedad justa y participativa. La urbe es un tremendo poliedro cuya construcción y crecimiento hay que abordar de forma global.

Y en el fondo de todo, aunque pueda no parecerlo de forma evidente, están las tremendas inequidades que sufren los seres urbanos. Sin solucionar este problema no habrá crecimiento sostenible, según explican los expertos consultados. Así lo piensa, por ejemplo, Carlos Moreno, especialista en inteligencia urbana: “El entorno sustentable comienza con la capacidad de ciudadanía para cerrar sus brechas ofreciendo vivienda digna, educación y cultura accesible al máximo número de personas. Cuando tienes ciudades de millones de habitantes donde la mitad sobrevive con menos de dos dólares al día, necesariamente encuentras comportamientos en contra de un desarrollo sustentable”.

Más de la mitad de la humanidad ya vive en estos entornos y la proporción seguirá subiendo hasta más de un 65% en 2030

El más claro ejemplo de este crecimiento urbano insostenible por culpa de la desigualdad y la pobreza es el de los poblados chabolistas o slums que se extienden alrededor de prácticamente cualquier gran urbe de un país en desarrollo. Según los últimos datos de ONU-Hábitat, el programa de las Naciones Unidas para los asentamientos humanos, en 2013, más de 860 millones de personas vivían en este tipo de suburbios, en comparación con 725 millones en 2000. Esto quiere decir que en lugar de hacer ciudades cada vez más sostenible, caminamos en el sentido contrario.

El mayor número de personas viviendo en asentamientos precarios se concentran en África subsahariana (199,5 millones), seguida por Asia meridional (190,7 millones), Asia oriental (189,6 millones), Latinoamérica y el Caribe (110,7 millones), Asia suroriental (88,9 millones), Asia occidental (35 millones) y, finalmente, el norte de África (11,8 millones). Son lugares adonde van llegando las clases más bajas de las ciudades, los emigrados de las zonas rurales que llegan sin nada y los inmigrantes de otros países que buscan formas de ganarse la vida en entornos supuestamente más halagüeños. Son barrios infectos que generan problemas de salud entre sus habitantes, que usan aguas sucias y contribuyen a contaminar la que está a su alrededor por la carencia de sistemas de saneamiento adecuados, que nacen y crecen alimentados por la economía informal, al margen de leyes urbanísticas y de seguridad ciudadana.

“Hablar de sostenibilidad en estos contextos son palabras mayores, hay que comenzar por la inclusión, porque antes de eso es muy difícil hacer comprender a nadie que no debe desperdiciar agua o las bolsas de plástico. En estas ciudades comprendes que todo va unido: sostenibilidad social, cultural y urbana”, reflexiona Moreno.

Ocurre que la inclusión, derribar las tremendas desigualdades que favorecen estas miserias, no tiene una receta sencilla. La palabra en boca de muchos planificadores urbanos para lograrla es gobernanza. En opinión de Antoni Gutiérrez-Rubí, asesor político e impulsor de la iniciativa Apps4citizens, “una ciudad sostenible es una ciudad gobernable”. “Si se piensa en el interés común, general, solo es posible con una cogestión público-privada que incluya a personas e instituciones. Cuando no hay instrumentos de gobierno y lo público es incapaz de controlar el desarrollo, no hay sosteniblilidad”, añade. Gutiérrez-Rubí pone el acento en la responsabilidad de los mandatarios, pero también de los vecinos: “En un espacio urbano en el que actúan tantos actores, todo lo que haces va más allá de tu propia acción: caminar, fabricar, conducir, tiene una consecuencia adicional en el conjunto. Los actos individuales influyen en el devenir colectivo. Si no introduces esa variable, de que todo tiene consecuencias en el entorno, y por lo tanto tiene que ser responsable, es imposible que sea sostenible”.

De cómo crezcan las ciudades dependerá en buena medida la sostenibilidad del planeta. Para el año 2030, cerca de 3.000 millones de personas necesitarán tener acceso a viviendas

Convertir el caos en gobernanza no es sencillo, pero sí posible. El ejemplo al que todo el mundo mira es Medellín, que pasó de estar hace no muchos años regida por la ley de los narcos, caracterizada como uno de los lugares más peligrosos del mundo, a poner en marcha toda una serie de buenas prácticas que la hicieron merecedora del premio a la ciudad más innovadora del mundo en el año 2013. Y el galardón no se debe a la implementación de complejos sistemas tecnológicos, sino a la capacidad de recuperar el entorno urbano para sus vecinos.

Jorge Pérez Jaramillo, el urbanista que asesoró al Gobierno de Medellín en ese cambio, abunda en la idea de que más allá de las medidas concretas que se tomaron, como la mejora del transporte público o las famosas escaleras mecánicas que conectaron la Comuna de San Javier —una de las tradicionalmente más humildes— con el resto de la ciudad, la clave es la corresponsabilidad de todos. Después de una época de violencia extrema, las ganas de cambio eran también extraordinarias. La municipalidad supo aprovechar este estado de ánimo y creó grupos de discusión en cada barrio para debatir e implementar las mejoras. “Sin la involucración vecinal, la transformación habría sido imposible”, reflexiona Jaramillo, quien cree que sin corresponsabilidad de todos no puede haber un desarrollo urbano sostenible y con equidad. Desde un punto de vista más técnico, el uso y atributo del suelo es, en su opinión, otra pieza fundamental: “Bienvenido sea el desarrollo inmobiliario, pero con conciencia de que el asunto de la sostenibilidad no es opcional ni de segundo orden. Dilapidar el atributo del territorio es mal negocio económico incluso. Si capitalizas ríos, montañas, recursos naturales también tienes recursos naturales más competitivos”.

De cómo crezcan las urbes dependerá en buena medida el futuro del planeta. Según ONU-Hábitat, para el año 2030, cerca de 3.000 millones de personas —o el 40% de la población del mundo— necesitarán tener acceso a viviendas, infraestructura básica y a otros servicios tales como sistemas de acueducto y saneamiento. “Estas cifras pueden traducirse en la necesidad de construir 96.150 viviendas diarias en suelos con servicios y licencias pertinentes a partir de este momento y hasta el 2030”, reza un documento del programa de Naciones Unidas. La apuesta del organismo es el crecimiento vertical y concentrado, todo lo contrario de lo que sucede en los asentamientos informales: “Las ciudades que crecen en sentido horizontal no son sostenibles a largo plazo debido a externalidades negativas, como congestión, problemas de infraestructura, contaminación y desagregación social, y en ellas es cada vez más difícil administrar el constante aumento de la población urbana”. Este tipo de asentamientos favorece la presión sobre los recursos naturales y pone palos en las ruedas al desarrollo de una movilidad eficiente. ONU-Hábitat fomenta la rehabilitación de áreas, el diseño de nuevas zonas con densidades más altas, la reconstrucción de suelo que fue utilizado antes para fines industriales, la conversión de edificios y el desarrollo orientado a maximizar el uso del transporte. “Un espacio público bien diseñado no solo contribuye a mejorar el aspecto en general, sino que además revitaliza las actividades económicas y favorece la funcionalidad de una ciudad. Los barrios con densidades altas con espacios públicos, infraestructura y servicios de transporte adecuados motivan pasear, desplazarse en bicicleta y otras formas de movilidad no motorizadas y respetuosas con el medio ambiente”, prosigue el documento.

En 2013, más de 860 millones de personas vivían en este tipo de suburbios, en comparación con 725 millones en 2000

El camino para llegar a este objetivo no es único. Jaramillo siempre repite que no hay una “fórmula Medellín”, sino que cada lugar, en función de sus necesidades, debe articular sus propias medidas. Pone como ejemplo a Bilbao, con unas características de partida muy diferentes, pero con patrones comunes: una profunda crisis económica y social, conflictos y tensiones con el terrorismo. “Cuando uno mira el declive y después ve su resurgir encuentra claves similares: acuerdos colectivos, planeación estratégica, aprovechamiento de infraestructuras, desarrollo urbano, una plataforma para nueva economía y servicios”.

Carlos Moreno coincide con esta visión de que no hay modelos, sino iniciativas. “No existe ni la ciudad milagro ni la revolución urbana al estilo de la bolchevique. Lo que necesitamos hoy en día son apuestas urbanas ejemplares”, apostilla. En su opinión, hay algunos grandes aspectos que siempre hay que abordar. El primero sería el de las medidas de hábitat social, es decir, viviendas dignas a bajo precio para personas desfavorecidas. “El alojamiento debe ser un elemento de inclusión social dentro de la ciudad, conllevar en sí mismo una serie de medidas que aseguren a los vecinos una presencia social en el entorno urbano”, expone. En segundo lugar, la restitución del mundo peatonal: restringir al máximo los vehículos, recrear espacios de vida, de cultura. Otra apuesta importante es la propiciar la agricultura urbana. Una de las soluciones puede ser usar las azoteas como huertos. Se estima que con este fin se podría aprovechar un 30% de los espacios urbanos. Moreno también cree crucial la potenciación de una democracia participativa: proyectos financiados por el Ayuntamiento por voto popular a través de una parte del presupuesto que involucre a los habitantes. Potenciar la integración de los extranjeros, habilitar espacios de coworking, reconstituir el ecosistema acuático, construir una identidad cultural a través de concursos, de fotografía, de música, con lugares de expresión ciudadana, arte callejero, serían otras de las iniciativas clave para este experto.

Todo ello sin olvidar la introducción de las energías renovables en las ciudades, que aunque solo ocupan un 2% de la superficie del planeta consumen el 75% de la energía global primaria. Son, a la vez, importantes contribuyentes y afectadas por el cambio climático. Y aquí se introduce otro concepto en boca de todos los urbanistas preocupados por el desarrollo: la resiliencia. Se trata de que el crecimiento conjugue la capacidad para hacer frente a los fenómenos adversos. Por poner un ejemplo, el 80% de las urbes más grandes del mundo son vulnerables a los fuertes efectos de los terremotos y el 60% corren riesgo de padecer tsunamis. La cantidad de personas afectadas por catástrofes desde 1992 llega a 4.400 millones de personas (equivalente a 64% de la población mundial), y el daño económico es de unos dos billones de dólares, según la ONU.

Todas estas magnitudes dan una idea de lo que el mundo se juega en la construcción y mantenimiento de sus ciudades, que pueden darnos, pero también ahorrarnos, muchísimos problemas en el futuro.