Alarma Trump

Los republicanos se movilizan para frenar al magnate. Puede ser tarde

El aspirante republicano Donald Trump. REUTERS

Parece que, finalmente, las alarmas han saltado de verdad. La dirección del Partido Republicano está aterrorizada con la posibilidad de que el multimillonario Donald Trump logre la candidatura a la Casa Blanca. El razonamiento convencional —los excesos iniciales se van frenando a medida que avanzan las primarias— está chocando con la dura realidad: no cede la fascinación que una buena parte del electorado republicano siente hacia Trump.

Que la alternativa al showman populista Trump pueda ser —como indicó el Supermartes y las primarias del sábado— el intransigente evangélico Ted Cruz hace que la situación adquiera aire de pesadilla para el establishment republicano. Los dos aspirantes relativamente moderados que resisten tienen perspectivas sombrías; y el hecho de que Cruz se afiance como número dos en las preferencias está haciendo pedazos las esperanzas de que se impongan planteamientos más realistas.

Pero el problema más urgente es Trump. Que haya cruzado ya decenas de líneas rojas no es obstáculo para que siga haciendo exhibición de su manera de ser y de pensar. Quizá lo de menos es la parte grosera del espectáculo (en el debate celebrado el jueves en Detroit presumió del tamaño de sus genitales). El peligro está en otras afirmaciones, como defender los interrogatorios mediante tortura por asfixia y asegurar que, si fuera presidente, los militares obedecerían sus órdenes de aplicar esta práctica conocida como waterboarding.

Tarde, pero ya hay voces de peso escandalizadas por el descontrol de Trump, como la del exdirector de la CIA, Michael Hayden, que en declaraciones a este periódico acaba de expresar su “miedo” y “preocupación”; también han entrado en liza contra Trump los dos últimos candidatos republicanos a la presidencia, John McCain y Mitt Romney. Desde el exterior, la canciller alemana, Angela Merkel, se ha deshecho en elogios sobre Hillary Clinton, mientras que el vicecanciller Sigmar Gabriel ha calificado sin contemplaciones a Trump de “peligro para la paz”.

El aparato republicano ha comenzado a movilizar recursos para que se vea —hasta ahora ha sido imposible— la otra cara de Donald Trump, el reverso de la imagen intachable de un empresario de éxito que denuncia un sistema corrupto del que él mismo forma parte, utilizando los resortes del poder para beneficiar sus negocios; de un hombre que declara la guerra a los inmigrantes, pero que ha dado empleo a trabajadores sin papeles como los que pretende expulsar; y que tiene en su historial la estafa, ya denunciada, de la Universidad Trump, un centro educativo online sin licencia alguna que emitía títulos sin valor.

Es posible que las voces respetables y la visión de la otra cara de Trump tengan efecto. Pero la oleada que le respalda —en buena medida la que alienta también a Bernie Sanders frente a Hillary Clinton— no va a desaparecer de la noche a la mañana, porque capitaliza un enfado real de la gente excluida de la recuperación y asustada por la globalización, que sufre la desigualdad y que está harta de la política de Washington. Es el combustible que, unido a la crisis de gobernabilidad, alimenta en todas partes —con los matices que sean necesarios— las fórmulas populistas.