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El panafricanismo es real en las redes sociales

El Este es el 'hardware' y el Oeste es el 'software', pero se avanza siguiendo el rumbo que marcan los usuarios africanos

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Un niño de la aldea nigerina de Takalafiya-Lapai utiliza un teléfono móvil. World Bank

“No miramos ni hacia el este, ni hacia el oeste, miramos hacia delante”. Estas son las famosas palabras del presidente ghanés y padre del panafricanismo, Kwame Nkrumah, que suscitan una importante reflexión cuando se observa en su conjunto el continente más de medio siglo después. En esa frase se esconde un momento de pausa. Fijémonos en las redes sociales, tal y como las conocemos: están en todas partes. La experiencia cambia según el idioma, una de las formas de dividir el mundo, y también África. Y, sin embargo, las redes sociales a través de las que nos conectamos son un denominador común en España, en Sudáfrica, en México o en Madagascar.

Las redes sociales significan, en África, que estamos mirando hacia el “oeste”. Consideremos todos los sitios web más visitados en el continente: Google, Facebook, YouTube y Yahoo. Todos tienen su sede en la soleada California, EE UU, y forman parte de la lista de gigantes de Silicon Valley que cada vez crecen más. En 2015, la directora de operaciones de Facebook, Sheryl Sandberg, comentaba que la “mitad de los usuarios de Internet africanos —120 millones de personas— ya están en Facebook”.

Si observamos cómo se conecta el continente a estos sitios web, comprobamos que los teléfonos móviles están impulsando el proceso de conexión. En el “continente en el que solo se utiliza el móvil”, como afrima el escritor Toby Shapshak, el teléfono permite acceder a diversos productos y servicios públicos, así como al ocio y a la comunicación.

La GSM Association, la asociación mundial de redes de operadores de telefonía móvil, ha señalado que la aportación de las redes de telefonía móvil a las economías del África subsahariana era de cerca de 100.000 millones de euros, o el 5,7% del PIB. Ahora que los servicios de telefonía móvil de banda ancha de tercera generación (3G) aumentan y que la LTE (4G o cuarta generación) se capta en las ciudades, las empresas de telecomunicaciones se convierten progresivamente en la opción más popular y se vuelven necesarias para Internet.

En lo que se refiere a estas empresas de telecomunicaciones y a sus infraestructuras, se observa que dos gigantes de las telecomunicaciones chinos —Huawei o ZTE— prestan servicios de comunicaciones en 50 de los 54 países africanos, y para más de 300 millones de africanos. Parece que el Este se ocupa de las infraestructuras básicas, mientras que el Oeste presta los servicios colectivos e interactivos de Internet a los africanos.

Los aparatos portátiles, que superan a los ordenadores en una proporción de cuatro a uno, proceden principalmente de China y se fabrican allí. Aunque hoy en día esto es bastante frecuente en cualquier otra parte del mundo, en los últimos cinco años África se ha convertido en un mercado prioritario para empresas como Tecno, que se centra exclusivamente en el mercado africano y que cuenta con una fábrica de montaje en Etiopía. En enero de 2015 envió siete millones de aparatos al continente. Actualmente, un número cada vez mayor de marcas sigue esta estrategia y se centra únicamente en el consumidor africano en lo que se refiere a los aparatos y a los componentes electrónicos.

Por tanto, es probable que un africano actual en una capital, ya sea Maputo, Mombasa, Luanda, Livingstone, Ciudad del Cabo o El Cairo, utilice un teléfono fabricado en China, quizás incluso por una marca china, y se conecte a una red de telefonía móvil que funciona con infraestructuras chinas para pasar su tiempo y utilizar sus paquetes de datos en una red social estadounidense.

Pero, recordando las palabras de Kwame Nkrumah, esto no es un problema, porque los africanos no son meros consumidores inactivos, sea cual sea el contenido que provenga de uno de estos dos lugares. Los africanos crean contenidos para ellos mismos. En Twitter, por ejemplo, hay cinco países en África con trending topics (tendencias) locales, y hay docenas que se difunden ampliamente cada día y que son tendencia.

En el ámbito de las empresas de reciente creación, todas las semanas hay anuncios de aquellas que consiguen financiación para iniciar esta nueva era que capta la atención de los africanos conectados. El Proyecto Isizwe en Sudáfrica trata de impulsar el derecho a la conectividad a través de un Wi-Fi municipal gratuito, apoyado por el Estado y financiado mediante impuestos, en el que cada ciudadano dispondría de una cuota. Sus hábitos y su consumo de música local, de vídeos y de contenidos religiosos son asombrosos.

Los cables de fibra óptica llegaron por primera vez a Kenia en septiembre de 2009. Nada más llegar, el aumento de la conectividad provocó una caída imparable de los precios y, al mismo tiempo, dio pie a la apertura del primer espacio para tecnólogos —el iHub— tan solo seis meses después.

Hoy en día, el continente cuenta con más de 100 centros, laboratorios y aceleradores tecnológicos. En cada uno de ellos, el objetivo es solucionar la necesidad de espacio físico para que la gente tenga asegurados los elementos básicos de la empresa digital, como la electricidad e Internet (y la mayoría de ellos también tienen una fantástica máquina de café). Estos recursos les proporcionan una base desde la que pueden explorar proyectos para resolver problemas o satisfacer las necesidades de sus compatriotas y del continente.

Sin embargo, uno de los problemas que han surgido a lo largo de los cinco últimos años para estos centros, laboratorios y aceleradores es que las necesidades han cambiado y, más concretamente, las necesidades de los creadores, las del mercado y las de los ciudadanos.

Por ejemplo, en 2009, los creadores —desarrolladores, diseñadores e ingenieros de programas informáticos— se reunían fuera del horario laboral en salas de juntas y en Internet, a través de foros y de chats. Los tecnólogos llamaban “cafeterías” a estas oficinas a tiempo parcial, porque intentaban encontrar un equilibrio entre sus trabajos con horario de oficina y las nuevas empresas que estaban creando.

Posteriormente, en Nairobi, se crearon iHub, Nailab, Growth Hub, 88mph (ahora Nairobi Startup Garage), iLab y muchos otros. Y de todos ellos surgieron desarrolladores, diseñadores, emprendedores y miembros con ideas de la clase creativa. La tendencia de crear espacios físicos se extendió más allá de la tecnología, y llegó a las artes creativas y al sector inmobiliario (como se puede apreciar por las adquisiciones de propiedades y los distritos creativos de Maboneng en Johannesburgo, Sudáfrica).

La pregunta, por tanto, es: si tienes una gran cantidad de espacio, quizás hasta el punto de la saturación, ¿cuál es el siguiente paso? ¿Qué haces para seguir siendo relevante? Resulta que uno vuelve a centrarse en los elementos intangibles, como la comunidad y las personas. A lo largo de la última década pudimos observar un cambio, de las personas a los espacios, y ahora volvemos a centrarnos en los creadores y en los emprendedores tecnológicos.

El futuro es la intersección entre los que llevan varios meses o años en Internet y los datos de los que disponen en sus aparatos. Es posible que la persona que tiene un teléfono desde hace tres años y una cuenta de dinero móvil desde hace cinco no tenga que volver a ir nunca más a un banco.

Ahora, gracias a sus datos de las redes sociales, a sus SMS y a sus hábitos a la hora de usar su teléfono, es posible recibir un préstamo instantáneo mediante dinero móvil de hasta 430 euros a través de la aplicación para móviles con sistema Android de Inventure llamada Mkopo Rahisi, que significa “préstamo fácil” en suajili. El sistema bancario formal no ha adoptado esta nueva forma de innovación, ni siquiera con el dinero móvil. La capacidad de ofrecer créditos conlleva un elevado riesgo, pero las empresas tecnológicas basadas en los datos no tienen miedo de correr ese riesgo para conectar a los africanos y usar cualquier dato que esté a su disposición.

Observan a los africanos hacer transacciones y negocios, y llegan a la conclusión de que si al sector bancario tradicional no le interesa arriesgarse y prestarles dinero, entonces lo harán las organizaciones como Inventure, enfrentándose a un gran riesgo, pero también con la posibilidad de obtener grandes beneficios. Y no es solo una cuestión de prestar dinero. También están los datos y, en el caso de Mkopo Rahisi, los 10.000 datos que recoge de cada usuario son muy valiosos. Los datos de los africanos conectados son la moneda del futuro.

En esta era de la conexión, se desarrollan y comparten nuevas voces y nuevos relatos. Una de las voces más fascinantes es la de Siyanda Mohutsiwa, una escritora de Botsuana de 22 años. El pasado mes de julio creó un hashtag (etiqueta) que desató la imaginación del continente, #IfAfricaWasABar. Aportaba una visión cómica e introspectiva sobre las percepciones que muchos africanos tienen de su país, principalmente chistes geopolíticos sobre su economía, sus líderes, sus estereotipos y su comportamiento cómico.

Su propagación viral dio lugar a miles de tuits ese día, y a muchos miles más a medida que corría la voz. Pero Mohutsiwa no se quedó ahí y pasó a describir posteriormente lo que definía como ADN del movimiento y una parte de lo que había visto en su propia vida en Internet.

La postura de Mohutsiwa difería de la que adoptaron Kwame Nkrumah y otros como él, los padres de lo que conocemos como panafricanismo político. La joven abogaba por un panafricanismo basado en los vínculos que crean las redes sociales en nuestro mundo, cada vez más conectado. “El panafricanismo social”, afirmaba, era “(lo que) teníamos ante nosotros, entre nosotros, al alcance de nuestras manos: una plataforma que solo necesitaba una pequeña chispa para encenderse en nosotros, un ansia de comunicarnos con los demás”.

Cambio de paradigma

En esta nueva era interconectada se está produciendo un importante cambio de paradigma. Tradicionalmente, las noticias se han difundido en el continente a través de redes de periodistas de agencias internacionales, lo cual ha tenido como consecuencia que hubiera menos medios panafricanos que informaran específicamente sobre África y más publicaciones y canales de radio y televisión mundiales que emitían las noticias a todo el continente.

El reto que nos plantea el panafricanismo social es explorar lo que sucede cuando los africanos se conectan entre ellos y hacen caso omiso de las empresas de radio y televisión y las editoriales tradicionales.

Cuando alguien se entera en Lagos de la última subida de las tasas universitarias en Sudáfrica, sintoniza la BBC. Pero los bulliciosos estudiantes de la Universidad Wits y de toda Sudáfrica recibieron apoyo de todo el continente cuando se unieron para cantar, manifestarse y movilizarse en todas las redes sociales usando el hashtag #FeesMustFall.

En las revueltas del norte de África solo se vio un atisbo de esta clase de solidaridad. Ahora, una nueva generación de africanos conectados participa en los acontecimientos en tiempo real y no depende de las grandes organizaciones de medios de comunicación mundiales.

En Lagos se tienen noticias de Johannesburgo sin pasar por Londres, y comprobamos que en Accra se tienen noticas de Kampala directamente, no a través de Washington o de Pekín. Las empresas de medios de comunicación mundiales mantienen corresponsalías y sedes en África, y estas tienen una función importante que desempeñar. Pero los africanos conectados encuentran formas de llegar a las noticias interesantes y descubren lo que constituye tendencia en el ciberespacio africano.

Esta conexión directa lleva la narración un paso más allá y crea la atmósfera idónea para que el panafricanismo social coseche nuevos frutos y también, posiblemente, nuevas identidades. El Este es el hardware y el Oeste es el software, pero siempre tenemos presente que avanzamos siguiendo el rumbo que marcan los usuarios africanos.