Sale Otegi

El líder de Sortu tiene la oportunidad de reconocer que callar fue un crimen

Afirmar que nada ha cambiado en el País Vasco porque el partido de ETA está en las instituciones es una simplificación que ha vuelto a ser invocada ante la proximidad de la salida de prisión, hoy mismo, de su principal dirigente, Arnaldo Otegi, que incluso tendría posibilidades de ser candidato a lehendakari en las autonómicas de este año. Una simplificación, porque no puede considerarse un detalle secundario que ETA mate o deje de hacerlo. En ese sentido las afirmaciones de que “estamos peor que nunca” casi resultan ofensivas para quienes han vivido durante años bajo su amenaza.

Pero es comprensible que esas mismas personas se sientan defraudadas al ver a los que les amenazaban ocupando puestos públicos sin que, en general, hayan dado muestras de arrepentimiento y reconocimiento ante las víctimas del dolor causado. Eso no significa que los etarras tengan que seguir en la cárcel indefinidamente o que los dirigentes de la izquierda abertzale no puedan ser concejales, alcaldes o lehendakaris, si consiguen los votos necesarios.

El caso Otegi representa las contradicciones de la situación. Fue detenido en octubre de 2009 y juzgado en junio de 2011 bajo la acusación de pertenencia a banda armada en grado de dirigente, por lo que fue condenado inicialmente a 10 años, que serían luego rebajados a seis y medio tras un recurso. La acusación derivaba de su participación con otros en un intento de refundar la ilegalizada Batasuna “siguiendo las ordenes de ETA”. Pero para cuando se vió ese recurso, en mayo de 2012, hacía siete meses que ETA había cesado y su brazo político creado un partido (Sortu) cuyos estatutos recogían entre sus fines la “definitiva desaparición de la violencia de ETA”; y que eligió a Otegi como secretario general.

La banda fue capaz de muchas locuras, pero no es creíble que una de ellas fuera ordenar a su brazo político que iniciase un proceso conducente a su propia liquidación como organización terrorista. Es cierto que entonces podía haber dudas sobre la consistencia de ese cese y ese compromiso, pero sería absurdo mantenerlas hoy, tras casi seis años sin atentados y cuando se sabe por testimonios diversos que el plan de recrear un partido independentista legal implicaba forzar la retirada de ETA.

Otegi sale hoy tras haber cumplido íntegra su condena, lo que ha reforzado su imagen como dirigente y potencial cabeza de lista en las elecciones de otoño. La autoridad que eso le da ante los suyos es una ocasión para que, en nombre de tantos que le siguieron por el camino del fanatismo, hiciera lo que varias veces ha insinuado pero no ha acabado de hacer: condenar no solo la violencia que pudiera resurgir, sino la realmente practicada con su complicidad o su silencio durante decenios.

Si ha cambiado en prisión, también lo ha hecho la sociedad vasca, que no tiene hoy las mismas preocupaciones que en 2009. Acabar con el terrorismo no es ya la principal, pero sí queda pendiente la disolución de la banda y la recuperación de la convivencia que ETA rompió. Por ello, sería de desear que el Otegi que hoy abandona la cárcel a la que quizás no debió ser condenado condene con claridad tantos asesinatos que no merecieron la piedad de ETA y su brazo político.