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Cargarse la Filosofía a martillazos

La última reforma educativa, la LOMCE, aparta un poco más a Platón, Kant, Nietzsche y compañía de los planes de estudio

Friedrich Nietzsche.
Friedrich Nietzsche.

Para muchos habrá sido una excelente noticia. “Por fin han arrinconado de una vez al muermo de la Filosofía”, se habrán dicho con esa íntima satisfacción que se produce cuando los que deciden han subsanado un antiguo disparate. Hay dos argumentos que utilizan quienes celebran marginar a Platón, Kant, Nietzsche y compañía de las aulas —la LOMCE ha reducido sus contenidos sustancialmente: ya solo es obligatoria la Filosofía en 1º de Bachillerato—. Uno es visceral: no hay quien soporte tanta cháchara conceptual, son aburridos. El otro es pragmático, y viene a decir que cuanto pensaron y escribieron no sirve para nada, es absolutamente inútil.

Ni uno solo de los políticos y pedagogos que ha participado en esta aberración reconocerá jamás que ha colaborado en mandar a la Filosofía al purgatorio porque la consideran tediosa. Pero serán muchos los que estén encantados de haber defendido la otra razón.

Las cosas están muy mal, sentencian en ese caso: los chavales no encuentran trabajo ni locos, y eso que cada vez estudian más y tienen más deberes, lo que ocurre es que este país se anda por las ramas, los masacran con las humanidades que no tienen futuro y no les dan herramientas para que sean de verdad competitivos en el mercado, no saben inglés, van dando traspiés con las nuevas tecnologías, viven de espaldas a los cambios de las costumbres, etcétera. Conclusión: acabemos con la Filosofía.

No hace falta ser un lince para llegar a la conclusión de que no tiene ningún sentido fabricar filósofos si lo que el mercado reclama son informáticos, médicos, ingenieros, electricistas, panaderos o, pongamos por caso, trapecistas. Todo el mundo sabe, además, que con el cogito ergo sum de Descartes no se arregla una cañería. Pero no es esa la cuestión. Lo que importa es que haya un plan. Y con siete leyes de educación no universitaria en los últimos 35 años una única conclusión se impone: los políticos de este país no saben lo que quieren.

O lo saben demasiado bien: servirse de la educación para la greña ideológica, para favorecer intereses gremiales, para ganar votos o para hacer patria. Lo que se olvida con demasiada frecuencia es que, durante esos años decisivos, los estudiantes no solo aprenden unas materias sino que se forman como personas. Y en esa formación hay dos cuestiones que los educadores deberían cuidar con especial esmero: que construyan sus propios criterios y que aprendan a disfrutar. Vaya, que cultiven el espíritu crítico y que sean creativos. Que lean y que piensen, que discutan, que le encuentren la gracia a un cuadro o a una sinfonía. Si no lo han hecho antes, y no lo hacen entonces, están perdidos. Ningunear la Filosofía es un mensaje contundente. Viene a decir que a esta ley le importa poco ocuparse del lado inútil de la formación: el que nos permite tener criterio, ideas, afán crítico, curiosidad. Cierto que pueden servir otras asignaturas. Pero la eficacia de la Filosofía en estos menesteres viene acreditada de lejos. ¿Por qué despreciarla ahora? Ahora, cuando tanta falta hace.

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