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Espejismo egipcio

EE UU y Europa deben condicionar su apoyo al dictador Al Sisi a la liberalización del país árabe

Estados Unidos y Europa parecen haber concluido que apoyar al régimen del presidente Abdelfatá Al Sisi en Egipto es un mal necesario en una parte del mundo convulsa. La aceptación del exmariscal no ha dejado de crecer en los últimos meses, pese a su represión brutal de la disidencia y a los excesos de sus tribunales, que acaban de sentenciar a 20 años de prisión al derrocado expresidente islamista Mohamed Morsi, en uno de los varios procesos en los que afronta la pena de muerte.

El espaldarazo definitivo ha llegado de Barack Obama, que este mes ha sellado su reconciliación con el dictador egipcio. Washington no solo reanuda la venta de armamento a El Cairo (aviones, tanques, misiles), suspendida desde que los militares de Al Sisi derrocaran a Morsi hace dos años; mantiene también los 1.300 millones de dólares anuales en ayuda militar, ya sin que Egipto deba corresponder con una apariencia de respeto por los derechos fundamentales y las instituciones democráticas.

La rehabilitación de Al Sisi marca el regreso a la doctrina que iguala dictadura con estabilidad, en una ecuación que deliberadamente ignora cómo los despotismos han acabado nutriendo las filas del yihadismo, no solo en el mundo árabe. El presidente egipcio se ofrece como ancla en una región donde Irak, Siria o Libia se desintegran. Y Occidente se repliega a una zona de buena conciencia en la que ya alborea la aceptación del criminal de guerra sirio Bachar el Asad como mal menor.

Esa política no solo es cínica. Es también peligrosa. Egipto es indispensable como aliado contra el fundamentalismo islámico, pero Al Sisi ha demostrado no tener la menor intención de liberalizar su país. La sociedad civil languidece o desaparece, la información está férreamente controlada y la judicatura es una mera prolongación del poder castrense. La represión que golpea especialmente a los criminalizados islamistas alcanza también a los liberales y se manifiesta en cárceles repletas y condenas a muerte en serie, dictadas por tribunales arbitrarios con poderes exorbitantes.

En este regreso a los más oscuros tiempos de Mubarak, la estabilidad que El Cairo vende al mundo es un espejismo. El Egipto de Al Sisi será tanto más firme y confiable si establece el imperio de la ley. Y si promueve políticas que movilicen la energía y los anhelos de su enorme población joven, en vez de reforzar el poderío económico de sus generales y la impunidad de las fuerzas armadas y de seguridad.

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