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Los hijos 'presos' y la señora Claire

Los niños de prisioneros pobres en Camerún tienen dificultades para seguir en contacto con sus padres. Esta es la historia del proyecto de una mujer para mantenerlos unidos

Claire Mimboe (centro) visita a una de las presas junto a su bebé de 16 meses en la cárcel Principal de Yaoundé (Camerún) bajo la atenta mirada de otra reclusa perteneciente presuntamente al grupo radical islamista Boko Haram. Ampliar foto
Claire Mimboe (centro) visita a una de las presas junto a su bebé de 16 meses en la cárcel Principal de Yaoundé (Camerún) bajo la atenta mirada de otra reclusa perteneciente presuntamente al grupo radical islamista Boko Haram.

M. J. tiene solo 16 meses. Su mirada, sin embargo, es la de una persona vieja y cansada de la vida que le ha tocado. Todo lo que conoce, su mundo, es la Prisión Principal de Yaoundé, capital de Camerún, donde su madre, Aautt Rosalie, entró embarazada de siete meses y le trajo al mundo mientras cumplía una condena de un año y dos meses, acusada de provocar un incendio intencionadamente junto a otra mujer. Así, lo único que los ojos tristes de M. J. han visto son cuatro paredes; tan altas que apenas dejan ver el cielo y, como el suelo, tienen un color gris cemento pintado de suciedad. Los muros delimitan unos pocos metros cuadrados repletos hasta el agobio de ropa tendida e impregnados por un intenso olor a madera quemada. Viene de la cocina instalada en la zona común que comparten la docena de reclusas confinadas y cuyo mobiliario a la vista es una mesa de madera roída y una pila de cuencos de plástico y ollas de metal, protegidos de la intemperie por unas telas atadas a modo de techo.

La mujer que cambió una vida de lujo por la cárcel

Claire ayuda a los hijos de las presas, a los que están dentro y los que quedan fuera.
Claire ayuda a los hijos de las presas, a los que están dentro y los que quedan fuera.

A. AGUDO

Renunció a una vida de lujo. Aunque ella asegura que no tenía opción, que era inevitable que su vocación por ayudar a los más vulnerables, especialmente a los niños, acabase por imponerse a su clase social. “No puedo soportar ver a personas en problemas o angustiados”. Ella es Claire Neuma Ndi-Samba, nacida en una familia pudiente el 10 de junio de 1972 en la capital de Camerún, Yaoundé. Hija de un vicesenador y el fundador de una de las principales universidades y un colegio de Camerún, dejó su trabajo, perdió a su familia y a la mayoría de sus amigos por dedicarse exclusivamente a una ONG que asiste a los hijos de los presos más pobres de las cárceles de su país.

“Dirigí el colegio de mi padre durante 11 años, pero en 2011 decidí entregarme por entero a la asociación”. Habla de la organización que coordina desde su fundación en 2006, Le Repcam (Le Relais Enfants - Parents du Cameroun), especializada en facilitar que los niños de los presos mantengan el contacto con sus progenitores. “No gano dinero. No pago a nadie. Pero tengo muchos amigos que me cuidan cada día”, asegura. Lo dice porque su familia, que al principio apoyó esta dedicación, finalmente no entendió que renunciara a la vida que se suponía que debía llevar. “Cuando abandoné de la empresa familiar, mis padres se sorprendieron mucho. Y llevo tres años sin verles. También perdí el contacto con mis hermanos. No saben dónde estoy y ninguno de ellos me atiende”. Tampoco sus antiguas amistades comprendieron que saliera del lujo de su infancia para entrar en las prisiones. “He perdido el 90% de mis amigos de entonces”, dice.

“Hago este trabajo con pasión y los dramas de mi vida me ayudan a continuar”. Madre de tres hijos que viven con el padre del que está divorciada, relata su historia sin mostrar arrepentimiento por sus elecciones. No ahonda más en su relación con su relación con sus críos e insiste en que está centrada en ayudar a los de las reclusas. "Los más vulnerables", subraya.

Considera que estaba destinada a su actual labor. Tanto es así que no cree que sea coincidencia que aquel niño de cinco años, Joel, se cruzara en su camino hace casi una década. “Cuando le conocí, vivía en la calle y dormía entre cartones en el Boulevard Veinte de Mayo de Yaoundé. Y robaba para intentar juntar los recursos que le permitieran ir a la cárcel a encontrarse con su madre. Ella llevaba en prisión varios años. Y su padre le había abandonado porque se había vuelto a casar y la nueva esposa no aceptaba al pequeño”, relata Claire. Aquello le afectó profundamente y decidió actuar. Tras conversaciones con el padre y a cambio de una compensación económica, este accedió a llevar al chico a visitar a su progenitora. “Después de aquello cambió radicalmente. En solo dos meses se convirtió en el mejor estudiante de su clase”. Fue esa transformación la que encendió una bombilla en la cabeza de Claire. “Decidí intentar hacer cualquier cosa para ayudar a todos los niños en la misma situación”.

Y en eso está desde hace ocho años. Esta mujer contundente a la que, por su manera de hablar y sus gestos, parece que nunca se le va a acabar la energía, confiesa que le agotan física y mentalmente los problemas financieros. Cada actividad que realizan para mejorar la vida de los 668 chicos a los que ayudan es una batalla presupuestaria. Pero lejos de amedrentarse o apagarse ante a la adversidad, Claire se presenta firme cuando pide fondos para su asociación. Sí, pide. Ella, que se suponía que tendría una vida de lujo. Ella que se escapó de una cárcel de oro para adentrarse cada día en una de verdad. ¿Siente miedo? “No. Nunca lo he tenido. Siempre miro el lado bueno de las cosas y cuando me acerco a la gente no les juzgo. Así todo el mundo me deja trabajar tranquilamente”.

“Si sigue así le tendremos que llevar al hospital. Quiero que mi hijo salga ya de aquí”. Rosalie le habla a Claire Mimboe Ndi-Samba, responsable de la Asociación Le Repcam (acrónimo en francés de Asociación solidaria de intermediación entre padres e hijos de Camerún), que ayuda a los hijos de los prisioneros más pobres a mantener el contacto con sus padres y asistir a los bebés nacidos entre rejas. Como hicieron con M. J., al que le dieron la poca ropa que tiene al nacer. La madre dice que está enfermo, que ha dejado de comer, ha perdido peso y está deprimido. Está así, apunta Claire, desde octubre, cuando fueron trasladados a esta prisión desde otra aneja más grande, donde hay 125 reclusas, por una disputa con una de ellas por una cortina. La nueva residencia es pequeña, densa e insegura. Tres de las presas allí, confirma la coordinadora de la ONG, son miembros del grupo integrista islámico Boko Haram que fueron atrapadas en el norte del país, en la frontera con Nigeria, donde el Gobierno de Camerún ha reforzado su presencia militar en los últimos meses para frenar la entrada y expansión de los radicales.

Pese al revuelo causado por la visita de Claire y el anuncio de que les llegará a las mujeres una bolsa de ropa para que amplíen su vestuario, lo que despierta una breve algarabía y algunos aplausos, el bebé no llora, ni ríe. Nada. Claire subraya, mientras toma en brazos al pequeño y le hace cariños sin obtener respuesta, que madre e hijo no deberían estar ahí, rodeados de tal peligro y oscuridad. No solo porque el bebé está en malas condiciones de salud, sino porque su progenitora ha cumplido su condena. Lleva 18 meses, cuatro más de lo que le obligaba su sentencia, pero un extravío de su expediente mantiene a Rosalie atrapada en un infierno: separada de su hijo mayor, de nueve años, y privada de libertad viendo cómo a su menor se le consume la más temprana niñez encerrado. Por eso, en este caso, la asociación ha hecho una excepción y ha intercedido ante las autoridades para que ambos salgan antes de Navidad. Con esas noticias, Aautt Rosalie, pese a su drama, no borra su sonrisa mientras Claire está a su lado.

La política habitual de la asociación es, sin embargo, no involucrarse en el proceso judicial de las beneficiarias. “Nunca preguntamos por qué están allí. No nos interesa. Cada una tiene muchas historias y problemas legales, y si nos ocupamos de estos temas, nos desviamos de nuestro objetivo que es ayudar a los niños. Solo lo hacemos en circunstancias especiales como la de Rosalie”, detalla Claire. Así ha funcionado Le Repcam desde que se fundó hace ocho años, en 2006, ayudando sin preguntas ni condiciones y con escasos recursos. Para comprobarlo, basta observar su base de datos, unos folios escritos a mano sobre la mesa de Claire, en los que apenas constan los nombres de las mujeres y los menores a los que atiende la ONG en dos penitenciarias de Yaoundé y una tercera a 20 kilómetros de la ciudad.

“Lo primero es que los niños mantengan la relación con sus progenitores encarcelados. Y que no les falte comida. A los bebés dentro de las cárceles, muchos nacidos en ellas, les proveemos de ropa y alimentos adecuados”, abunda. Así, ayudan a las criaturas en prisión (donde están junto a sus madres hasta los 18 meses) y a los hijos de convictos que quedan fuera, en muchos casos, desamparados. La asociación estima que el 80% de las mujeres en prisión (unas 500 en total, calcula la ONG) son madres de, al menos, un hijo. "Y pobres", añade Claire. Sus hijos, dice, quedan abandonados, no comen bien y tampoco van al colegio. La mayoría, los que no tienen algún pariente que les acoja, viven en la calle marcados con el estigma y la condena de sus padres, explica. “No tienen dinero ni para pagar el transporte a la prisión para ver a sus madres”. Según sus datos, hay más de 54.000 menores cuyos progenitores están encarcelados. Son los hijos de los aproximadamente 24.000 presos —el 2% mujeres— en alguna de las 72 cárceles de Camerún. La ONG atiende a 668 de esos niños, a los que acompaña a los encuentros parentales tres veces al año.

Si no lo hacemos nosotros, a nadie le importan estos niños

Claire Mimboe Ndi-Samba, responsable de ONG Le Repcam

Cada septiembre, además, les dan una bolsa con material escolar valorada en 10.000 francos centroafricanos (15,25 euros), aunque muchos de ellos no están matriculados, reconoce la responsable. “No podemos escolarizarlos a todos. Intentamos que sus allegados les paguen los estudios y, si no, entonces intervenimos nosotros. Pero no tenemos dinero suficiente para la inscripción masiva de los críos. El acceso a la primaria cuesta unos 5.000 francos centroafricanos (siete euros), y la cantidad asciende a 17.000 (26 euros) para la secundaria”.

Tampoco tienen fondos suficientes, lamenta la responsable, para mantener su programa de asistencia sanitaria que llevaba en marcha desde hacía tres años. Ya no pueden llevar a los pequeños al hospital cada segundo sábado del mes para una revisión de su estado de salud. “Era muy importante para muchas beneficiarias”, subraya Claire. Lo era para Ondobo Onana Marie Bernadette, de 23 años, y madre de una niña de 5 años y dos chicos de 14 años y 14 meses. “Viven en un sitio pequeño y asqueroso y el pequeño está enfermo desde que nació”, afirma Claire. Le Repcam les presta ayuda, si bien ya no la sanitaria, porque no tienen de qué vivir mientras el marido espera confinado a que se ejecute su condena a muerte. “Y encima, ella se ha vuelto a casar y el nuevo esposo le pega. Es terrible”, se indigna la coordinadora.

Claire junto a un grupo de voluntarios de Le Repcam en su sede. ampliar foto
Claire junto a un grupo de voluntarios de Le Repcam en su sede.

Las mermadas aportaciones que recibe la asociación provienen, principalmente, de amigos cercanos y gente que les conoce a través de Facebook. Pero sus ayudas ya no dan para más. “Alguna empresa camerunesa nos hace donativos puntuales”, añade la coordinadora mientras tuerce el gesto. El Ministerio de Asuntos Sociales también les ha dado ayudas por un total del 100.000 FCA desde 2006 (152,5 euros), y el de Familia ha aportado 150.000 en ese mismo período (230 euros). Pero necesitan más. Pronto ni siquiera serán capaces de pagar el alquiler de sus oficinas. Y eso que ninguno de los 22 voluntarios de la organización recibe compensación. Como Nsegbe Jonas, quien acompaña a Claire a la prisión. Mientras espera en el patio a que esta termine de hablar con unos y otros a los que va estrechando la mano, el joven reflexiona: “Hago esto porque la vida es una cuestión de opciones y yo elegí ayudar porque es lo que siento que tengo que hacer”.

¿Siguiente objetivo? Recaudar fondos para organizar una gran fiesta familiar de Navidad y comprar regalos a los pequeños. Han colocado, además, unas huchas en forma de regalo por los supermercados de la capital para que la gente deposite en ellas su cambio. “Luego daremos una a cada mujer”, dice ilusionada Claire mostrando uno de los paquetes azules que esperan recoger repletos de monedas. Desean poner un poco de alegría allí donde uno no espera encontrarla. No solo por las fiestas. Por eso, esta mujer irá cada día de prisión en prisión atravesando desenvuelta y con una sonrisa las peleas y los abrazos, serpenteando entre los guardias y los reclusos. Para interesarse por los bebés allí, para llevar noticias de los hijos mayores fuera. “Porque si no lo hacemos nosotros, a nadie le importan estos niños”.

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