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Revista de verano

Courtney Love resiste a los 50

Tras soplar las velas, la eterna viuda de Kurt Cobain contraataca como actriz y entierra el hacha de guerra con los miembros vivos de Nirvana

Courtney Love, el día que se celebró su 50 cumpleaños en Los Ángeles. CORDON PRESS

La princesa del punk,la tan admirada como vilipendiada Courtney Love, ha cumplido los 50. ¿Y en qué se diferencia la mujer madura que nos recibe en Los Ángeles de la que fue esposa de Kurt Cobain? ¿De la follonera cantante de Hole? ¿De quien tonteó con reinventarse como diva imposible de Hollywood? “Ni me ha dado tiempo a notarlo. Llevo apenas unos días de cincuentona”, reconoce esta cáncer nacida un 9 de julio en San Francisco. “Veamos... Lo noto en que empieza a colgar lo que debería de estar firme. En que tengo dos canas, dos, que he bautizado con los nombres de mis abogados. En que físicamente soy mayor pero ya paso de cirugía plástica. En que también paso de las drogas. He dejado hasta la cafeína. Fumar es mi último pecado. El amante cabrón que debería de dejar. Bueno, me queda la nicotina y el sexo. Pero el sexo no es pecado. Es la mejor forma de hacer ejercicio”.

Este discurso desinhibido sirve de estupenda tarjeta de presentación para el segundo acto de una vida que nunca ha dejado de sorprender, a caballo entre el talento y la locura, el escándalo y el amor de esposa y madre, de la música underground y el cine masivo. Love se alza como una figura trágica o maquiavélica, depende a quien se le consulte o el momento de su vida que se revise. Porque pocas como ella han sobrevivido a esa montaña rusa llamada vida con tanta intensidad y han sobrevivido para contarlo.

—¿Cuál es su secreto para haber llegado hasta aquí?

—Los genes—, confiesa sin pestañear.

—Disculpe, pero los genes no bastan para sostener una biografía como la suya.

—Pero ayudan. Y, aparte, he echado callo como nadie para aguantar esta industria en la que trabajo: sus altos, sus bajos y el continuo rechazo—, añade apuntando a su bíceps derecho.

Ahí se puede leer, en un tatuaje enorme caligrafiado en tipografía gótica, Let it bleed. Como reza la canción de los Rolling Stones. O como su mejor consejo personal. Déjalo sangrar. Lo luce orgullosa, aunque rechaza que se lo hiciera en homenaje a “esa horrible” canción del grupo de Mick Jagger. El tatuaje nació “de una noche de dolor, de necesidad de sentir el dolor”.

Porque Love ha dejado atrás lágrimas, mucha tinta y mala sangre. El suicidio de Cobain, en 1994, todavía la persigue. Le granjeó el odio furibundo de los admiradores del mártir del grunge y un trauma de por vida que arrastra explotando su rol de eterna viuda del grunge. “Es importante mantener a los actores con vida para que sigan haciendo películas, pero en el rock & roll cuando uno llega a la cumbre, casi de manera inconsciente, si se muere es más valioso”, reflexiona alguien que no ha muerto de milagro pero que, utilizando el juego del Monopoly como símil asegura que la han mandado “a la cárcel” de Hollywood y del rock.

Como la experta en fugas que es, esta vez retorna por partida doble: integrándose en el reparto de la séptima y última temporada de la serie de moteros Hijos de la anarquía en el papel de una estricta maestra de guardería y sugiriendo una posible reunión de Hole. No culpa a nadie más que a sí misma de lo que pasó con su carrera, con ambas, de sus peleas con el resto de Nirvana, con sus amantes, de la drogadicción que la hizo imposible de asegurar en Hollywood. De sus peleas, demasiado públicas, incluso con su hija Frances Bean, de quién perdió la custodia en dos ocasiones. “Me sirvieron el éxito en bandeja de plata y no estaba preparada. No estuve bien asesorada y mi compás estaba desequilibrado. No era dueña de mí misma pero ahora a los 50 sé lo que quiero", reafirma en una letanía de mea culpa.

Lo que quiere es un Globo de Oro, repite sin cortarse ante la Asociación de la Prensa Extranjera en Hollywood. No es descabellado. Ya fue candidata a ese premio como mejor actriz por El escándalo de Larry Flynt. Con Edward Norton, uno de sus amores más polémicos, ya ha hecho las paces, dice. Igual que con Nirvana. En mayo participó junto a sus miembros en la gala donde el Rock and Roll Hall of Fame incluía al emblema del grunge en su galería de honor. “Finalmente nuestra generación está representada”, admite dejando escapar una exhalación de su cigarrillo electrónico. Ella sigue prodigando el género por el mundo —está preparando una gira por Australia— pero se dice alérgica a las “giras nostálgicas de abuelos”.

Hasta en su relación con los hombres ha cambiado, confiesa embutida en su vestido entallado color salmón que le marca bien todas las curvas, deseadas o no. “Tuve a tiro a un modelo de ropa interior de Ralph Lauren de unos maravillosos 32 años. Pero no pude ligármelo porque me sentí como su madre. Eso no me va. Encima como llego con tanto bagaje, solo los tipos con dos cojones son capaces de pasearse en público conmigo”, describe procaz aclarando que sigue "muy activa" en temas sexuales, aunque también "muy discreta".

El paso del tiempo se percibe en los pequeños detalles. En la botella de vino que le ha regalado Bono, de U2, por su cumpleaños del año —embotellada el mismo año de su nacimiento—. O en su deseo de ser abuela. “Enamorarse también es bueno y mejor todavía que te quieran”, añade quien conserva en su cuerpo dos flores de cerezo tatuadas “en lugares especiales para amores especiales”.

Además está en esa edad en la que se puede permitir dar consejos a los que vienen detrás, desde Adele, a la que dice haber ayudado en su carrera —“aunque ella no lo sepa”—, a Miley Cyrus, con quien se cruza por el Chateau Marmont de Los Ángeles, uno de sus lugares preferidos. “Mis recomendaciones son que una vez estés en lo más alto no te drogues. Que dejes de fumar antes de empezar. Y que no dejes ningún mensaje después de las nueve de la noche o te cargarás todas tus relaciones. Y que no seas una hija de puta. ¿Quién quiere estar junto a un mal bicho?”, se ríe de sus consejos. ¿Alguno que haya puesto en práctica? “Todos. Menos dejar de fumar”.