EDITORIAL

Un nuevo liderazgo

El Papa abre la puerta a cambios profundos en la actitud de la Iglesia y su relación con la sociedad

Tanto por los gestos como por las palabras, cada vez está más claro que el papa Francisco está decidido a abrir las ventanas de la Iglesia y ejercer un nuevo tipo de liderazgo religioso. Para quienes todavía albergaran alguna duda, la entrevista de más de seis horas concedida a la revista de los jesuitas italianos Civilità Cattolica, reproducida en otras 16 publicaciones de la orden en todo el mundo, las habrá disipado. El hecho mismo de que el Papa se haya sometido a una exposición pública de esa naturaleza, contestando sin pudor y sin restricciones a todo tipo de preguntas, incluidas algunas de carácter muy personal, supone ya una revolución. Lejos de mostrar una imagen hierática de trono y pedestal, a este Papa no le importa situarse a ras de tierra, como el resto de los mortales, y mostrarse en su condición más humana y humilde, con sus virtudes y sus defectos.

Algunos inmovilistas verán en este gesto una pérdida de autoridad pontificia, un signo de debilidad y hasta una traición. Pero los creyentes preocupados por la lenta e inexorable pérdida de conexión de la Iglesia con las preocupaciones mayoritarias de la sociedad solo pueden ver en el empuje papal una oportunidad. Con su manera de proceder, el papa Francisco invita a instaurar en el seno de la Iglesia una nueva manera de proceder nada pretenciosa, más creativa y cercana, capaz de ejercer la autocrítica y abrir las puertas al cambio. Sin apartarse de los postulados centrales del evangelio, el Papa ejerce de esta forma un nuevo tipo de orientación religiosa mucho más acorde a las necesidades de una sociedad plural que alberga muchas y diferentes sensibilidades, un liderazgo que contrasta con el de sus dos predecesores: de perfil carismático y popular en el caso de Juan Pablo II, de tipo recogido y erudito en el de Benedicto XXI, pero ambos tributarios de un modelo de Iglesia cerrada en sí misma e incapaz de abordar los cambios necesarios para regenerarse y perdurar. Ciertamente, todo cambio implica riesgos, pero sin riesgo tampoco hay oportunidad.

De las palabras del papa Francisco se desprende la idea de una Iglesia concebida más como servicio y refugio que como juez de la moral individual, más proclive a comprender que a condenar. Y eso incluye evitar que su mensaje se identifique exclusivamente con determinados y beligerantes postulados políticos. Así podría interpretarse el deseo del Papa de desprenderse de ciertas etiquetas, afirmando que él nunca ha sido de derechas.

De la misma manera que desde el ámbito secular se reclama la independencia del poder político respecto de la religión, resultaría ciertamente innovador que la religión proclamara su deseo de independizarse de las ataduras de la batalla política secular. Es de esperar que en los próximos meses, este nuevo liderazgo afiance los cambios estructurales y organizativos ya apuntados que hagan posible la transformación de la Iglesia, y que esos cambios no sean ajenos a España.

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