COLUMNA

Cine de resistencia

Las grandes películas espectaculares han terminado sepultando a las verdaderas historias

Matt Damon y Michael Douglas, en una escena de `Behind the Candelabra´. / Claudette Barius (AP)

Vuelvo a mi ciudad después de medio año y me encuentro con lo que ya sabía: más cines cerrados. Unos 21 en los últimos dos años. El pez gordo se come al chico. La cultura de masas devora de tal forma a la de minorías que, aun sin pretenderlo, algunos nos estamos convirtiendo en elitistas. Y eso que yo prefiero las películas cuando una sala se abarrota. Las emociones, sobre todo las de la comedia, aumentan con la respiración colectiva. Pero la sensación es que hay algo en el consumo cultural que está cambiando tan radicalmente que afectará a nuestra forma de vida. Ha sido la crisis, sí. Ha sido la subida del IVA, desde luego.

Pero el abandono de los cines viene de antes. Hay gente que ya no iba por sistema y, aunque a los desertores se les llenaba la boca de razones, lo que subyacía en esa retirada colosal es que desde hacía tiempo gran parte del público no apreciaba ese arte tanto como para verlo en una gran pantalla. Pudiendo tenerlo en la tele o en el ordenador... Las grandes productoras se meten en gastos descomunales a fin de atraer a los espectadores con promesas de visionado tridimensional o de sonido abracadabrante. No tengo nada en contra del cine espectáculo pero hay historias que quedan sepultadas bajo ese alarde derrochador. Si El gran Gastby se hubiera rodado pensando en los lectores que aman El gran Gastby, su destino hubieran sido esas salas pequeñas a las que acude o acudía un espectador que ya cada vez importa menos; si un director hubiera propuesto una adaptación más barata de la novela de Scott Fitzgerald no hubiera encontrado productor que la financiara. Paradojas de la industria del cine. Para atraer a un público masivo hace falta una experiencia tridimensional, una colección de brillantes en Tiffany's y una realización histérica. ¿Cómo explicar hoy a jóvenes que carecen de cultura cinematográfica que el arte de cualquier película de John Ford, aunque no contenga efectismos, también se aprecia mejor en gran formato?

Habrá que montar cines de resistencia para que no nos acaben domesticando el gusto. De cualquier forma, no hay que negarle a la televisión la labor de rescatadora de talentos a los que el cine ha dado la espalda. Ahí está el mismísimo Steven Soderbergh, director reputado, que paseó sin éxito su proyecto de llevar a la gran pantalla la relación de Liberace, un pianista kitsch, con un joven sin rumbo. No consiguió distribuidora, y la cadena televisiva HBO fue astuta y lo compró. La otra noche al otro lado del océano asistí al estreno en mi propia casa.

Fuimos tantos los que acudimos a la cita que la película se ha convertido en el programa más visto de este canal desde 2004. La historia había levantado la misma expectación que si se pasara en salas y, días antes de su estreno, se publicaban artículos sobre estos dos personajes extremos que solo la realidad puede inventar. Liberace, músico tan virtuoso como hortera, provocaba furor en los años setenta. Asombra imaginar el grado de inocencia que aún conservaba el público de entonces porque, a pesar de que a los ojos del espectador de hoy el artista tenía una pluma escandalosa, su abogado se afanaba en inventarle romances con mujeres, y la mayoría de sus admiradoras se lo tragaban. Cuando Liberace salía al escenario del Carnegie Hall una polea lo elevaba hasta un piano situado en el cielo del teatro. No es una alucinación del guionista: la parafernalia de su show era exactamente así. El trabajo que hace Michael Douglas es de un orden superior. No se trata de un actor representando a un homosexual extravagante sino de un ser humano que presta generosamente su propia decadencia física (no hay que olvidar que el actor acababa de sufrir un cáncer) al personaje que interpreta. Y el pobre desgraciado al que seduce es Matt Damon, que encarna a un gay sin pluma, a un muchachote al que un tipo casi anciano quiere adoptar con derecho a sexo.

La película está basada en Behind the Candelabra, la autobiografía de Scott Thorson, aquel muchacho hoy convertido en hombre de 54 años que pasa su madurez entre rejas por delitos varios. Los periodistas le entrevistan en estos días por Skype y él revive así parte de la celebridad de la que gozó cuando Liberace lo convirtió en el amante-hijo que entraba al escenario conduciendo el Rolls Royce del que salía el músico. El pianista quiso que el joven se transformara el rostro a su imagen y semejanza, y este se sometió a una operación que le añadió barbilla, pómulos y le pulió la nariz. Esos dos extraños seres con 40 años de diferencia compartieron muchas horas de complejidad sexual en una cama desde la que admiraban una bizarra versión de la Capilla Sixtina en la que uno de los angelotes tenía el rostro de Liberace. La película no es solo una muestra del catálogo de atrocidades decorativas que podían brotar de la mente de un hortera millonario en los setenta, hay algo en ella que fascina: aún retratando la banalidad no es banal, porque el director dota a sus personajes de complejidad humana. Hay humor, pero no hay burla.

Viendo la película pensé que tal vez ese sea el futuro que nos espera: ir de estreno al cine en nuestro propio domicilio. Todo sea por la supervivencia de un arte, aunque habrá que ir pensando en ampliar la pantalla.

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