Hugo Chávez, un casanova venezolano

Se le atribuye un historial de conquistas amorosas solo comparable a su mesiánica figura

El presidente de la República Bolivariana acude a las urnas el 7 de octubre sin pareja conocida

Hugo Chávez, besando a sus seguidores en Porto Alegre (Brasil), en enero de 2003. / MAURICIO LIMA (AFP / GETTY IMAGES)

La bravura de Hugo Chávez alborotando alcobas rivalizó con su ferocidad en la demolición de la democracia bipartidista anterior al triunfo electoral de 1998, año en que comenzó a diluviar lencería fina sobre el ex teniente coronel de paracaidistas. El cáncer no ha doblegado las agallas políticas del candidato a la reelección presidencial, pero aquietó a un tenorio que enamoró a la Venezuela bolivariana cuando tronaba contra la burguesía nacional en la tarima de oradores. Divorciado en dos ocasiones, Casanova Chávez acude a las urnas el próximo 7 de octubre sin abdicar de la teología revolucionaria, con su hija mayor, María Gabriela, como primera dama, y persuadido de que la victoria será suya porque nadie como él atendió a los compatriotas pobres, mayoría en el padrón.

Las sesiones de quimioterapia y radioterapia redujeron los movimientos de un hombre de 58 años que fue un calavera casi a la fuerza porque, tras cuatro decenios de naftalina gubernamental, su arrolladora emergencia reventaba broches en las gradas femeninas. La cárcel y la presidencia, el poder en suma, multiplicaron por un millón el sex-appeal del llanero de Barinas, que de cadete ligaba lo justo. Veinte años después de su cuartelazo de 1992 contra el impopular Gobierno de Carlos Andrés Pérez, el mujerío oficialista aún ruge al paso del camión de campaña del ídolo. “Papi, allá”, le dice su hija, de 30 años, señalando la azotea desde la que un grupo de señoras le lanzan besos. Chávez les corresponde con la mano al corazón. El candidato aguanta los embates de la enfermedad porque se siente providencial, imprescindible, deudo de las tesis de Georgi Plejánov sobre el papel del individuo en la historia.

El candidato aguanta los embates de la enfermedad porque se siente providencial, imprescindible, deudo de las tesis de Plejánov sobre el papel del individuo en la historia

“Claro, ya no tengo 40 años”. Cuando los tenía, la lista de espera de la muchachada interesada en yacer bíblicamente con el caudillo daba varias vueltas al palacio de Miraflores, la residencia presidencial, según los alcahuetes del comandante. Uno de ellos fue Luis Pineda Castellano, su jefe de seguridad y encargado de las tercerías amorosas durante los albores de la apoteosis chavista, periodo en el que el apóstol de Simón Bolívar encandilaba prometiendo freír a los dos partidos tradicionales. La hechizada masa le pedía más aceite hirviendo, un hijo, una casa, medicinas, milagros. Pineda recogía los papelitos de las plegarias, contenía el frenético agolpamiento de bellezas y pasaba al escrutinio de las más deseables. Cuando la comitiva llegaba al púlpito del mitin “siempre había mujeres buenotas a la vista”, confesó Pineda a la periodista Berenice Gómez, que optó por colgar su testimonio en un sitio web al entrar en colisión con el exjefe de seguridad sobre los derechos de autor de un libro.

El alcahuete esperaba una señal de Chávez para arrimarse a la joven elegida por el jefe y cursarle una educada invitación, según el relato del militar retirado, que fue compañero del oficial de paracaidistas en el fallido golpe contra Pérez, gobernante de Acción Democrática (AD), socialdemócrata, cuyas políticas económicas sublevaron a la población el 28 de febrero de 1989, con más de trescientos muertos y mil heridos durante la represión del denominado Caracazo, y allanaron el camino a la fallida intentona golpista de Chávez del 2 de febrero de 1992.

“Señorita, el comandante quiere hablarle más tarde, luego de esta actividad. Aquí tiene mi número de teléfono. ¿Cómo se llama usted? Llámeme para mandarla a buscar”. El éxito del ventajista burlador era tanto que “sin temor a exagerar, de diez mujeres escogidas, ocho contestaban”. Apalabrada la cita, el celestino reservaba dos habitaciones contiguas: “Escoltaba la dama a mi habitación, salía y la dejaba sola esperando. Cuando todo estaba despejado, él entraba y yo me quedaba esperando en la suite que había alquilado para él”.

El presidente y su segunda esposa, Marisabel Rodríguez, en Caracas, en 2004, año en el que acabaron divorciándose. / HERIBERTO RODRÍGUEZ (REUTERS)

Este periodista ha cubierto buena parte de las consultas desarrolladas en el país latinoamericano desde 1998 y puede atestiguar que el arrebato causado por Chávez entre sus filas femeninas competía en intensidad con el desprecio de las mujeres en las concentraciones opositoras. El soplón Pineda, que publicó detalles de difícil confirmación, pero creíbles al coincidir con confidencias de otras fuentes, recuerda el encuentro con una despampanante catira en la sureña Ciudad Bolívar: “Me acerqué, le eché mi discurso y le di un papelito. Ella me dijo: ‘Mire, yo estoy de visita, soy casada y mi marido está por aquí…’. ‘Bueno, está bien, yo se lo digo al comandante’ [respondí]. ‘Pero en Caracas sí puedo’, me dijo. Y a los tres días de haber llegado me llamó y realizó su fantasía. Era la esposa de un coronel de la GN [Guardia Nacional] (…). ¡Cuántas veces me tocó conversar con los esposos y novios que esperaban! Una de ellas levantaba los hombros cuando le decía: ‘Tu marido te espera abajo”.

Las relaciones sacramentadas de Hugo Chávez Frías, mitad indio y mitad negro, han sido dos: la primera con Nancy Colmenares, con la que se casó a los 23 años y tuvo tres hijos. A trancas y barrancas el matrimonio duró más de 15 años. Los segundos esponsales le unieron con la locutora de radio Marisabel Rodríguez, madre de su última hija, de la que se divorció en el 2003, seis años después de pasar por la vicaría. Al poco de la ruptura, la comunicadora deslizó al semanario Estampas que fue un amante “normalito”. La profesora de historia Herma Marksman lo quiso durante un decenio de complicidad ideológica y conjuras antigubernamentales (1984-93). La noche del 17 de septiembre de 1984, agónica ya la relación con su esposa, Chávez felicitó a Herma en su cumpleaños con un ramo de flores y una declaración de amor: “Tú ya sabes en qué ando. Tengo una doble vida. Una dentro del Ejército y otra clandestina. Yo quiero que me acompañes no solo en este proyecto para cambiar el país, sino para toda la vida…”, recordó la historiadora, de 62 años, en una entrevista con el diario El Universal.

Patadas al protocolo

Convertido en objeto del deseo desde su épico encarcelamiento de principios de los noventa, el ex teniente coronel rompió corazones y también protocolos diplomáticos. Los ignoró con Vladimir Putin a quien recibió en posición de karateca ("He oído que eres cinta negra de karate"), se acercó más de la cuenta a las reinas Sofía e Isabel, y palmeó el emperador Akihito, un dios viviente hasta que Estados Unidos lo hizo mortal con dos bombas atómicas. En una cumbre americana se aproximó por detrás a la entonces ministra de Exteriores de México, Rosario Green, le tapó los ojos y le dijo: “¿A que no sabes quién soy?”.

Nacido en la Venezuela profunda, su campechanía le permite encarnarse con los sectores más populares, atrapados por sus discursos y chascarrillos. “Se ha convertido en el gran narrador o cuentacuentos de la política venezolana. (…) En medio de ese contrapunteo narrativo entre la historieta y la historia, propone la subversión y aviva la esperanza de su gran público”, según observó la socióloga Yolanda Salas.

Pocos niegan a Chávez una sincera empatía con los marginados, mayoritariamente de origen africano, que han abrazado su causa con la gratitud de quienes se sienten vindicados frente a la tradicional supremacía de los compatriotas blancos, criollos, históricamente situados en el poder, las empresas y en la burguesía. El discurso, el mesianismo en la palabra, y el alud de petrodólares en programas y subsidios sociales son las principales herramientas del oficialismo para retener la presidencia en manos de un hombre que no volvió a casarse, ni tiene pareja conocida. Con Marisabel Rodríguez chocó hace unos años por la custodia de su hija en común Rosa Inés, única adolecente que pudo acercarse al cantante canadiense Justin Bieber cuando llegó a Caracas, una de las ciudades visitadas durante su gira latinoamericana. Ella, su madre y una amigas accedieron a la pista de aterrizaje para desmayarse ante el juvenil ídolo de ‘Baby’.

El militar también tenía una doble vida amorosa según las sospechas de Marisabel, devorada por los celos, consumida por los cotillas que le calentaban la oreja con historias sobre las andanzas de un garañón de boina colorada y un correveidile castrense seduciendo mujeres. “Tú estás aquí para buscarle mujeres a Hugo”, le espetó ella al jefe de seguridad. El día de los enamorados del año 2000, Hugo Chávez ejecutó una refinada maniobra de conciliación desde su programa de radio Aló, presidente: “¡Marisabel, prepárate, que esta noche te voy a dar lo tuyo!”. El presidente, no obstante, ha sido discreto en la divulgación de sus entretelas pese a los electoralistas alardes sobre su musculatura sexual. “¿Te acuerdas de aquella noche en el Volkswagen?”, le preguntó a bombo y platillo el día de San Valentín, siempre ovacionado por el machismo bolivariano. La modelo británica Naomi Campbell alimentó la leyenda: “No es un gorila, sino un toro”.

Carismático, cautivador, vanidoso poeta, solista de boleros y rancheras, derrochó simpatía para camelar a la periodista colombiana de la CNN Patricia Janiot, abrió las compuertas del encanto con la diva de la televisión estadounidense Barbara Walters y enviaba flores a la cantante Courtney Love, viuda de Kurt Cobain, que le conoció durante el estreno del documental de Oliver Stone Al sur de la frontera. “¿Chávez? Sí, él quería que fuera a Venezuela hace tiempo”, según declaró a la revista británica Hot Press. “Oliver me puso allí, en la línea de fuego. Chávez pensaría que yo era una prostituta o algo así. Entonces comenzó a enviarme flores”. ¿Qué tipo de mujer atrae al político más extraordinario de América? Ni siquiera Luis Pineda Castellano, al frente del comadreo durante las inmersiones en incienso femenino, sabría decirlo: “Le gustan todas. Todas querían tocarlo, verlo, acariciarlo, que les hiciera un hijo”. Y Chávez se deja querer porque al de Barinas le alborotaba el palo de una escoba, según observó Francisco Arias, excandidato presidencial y uno de los jefes del cuartelazo.

Las perturbaciones son ahora diferentes, sosegadas, veniales. En noviembre del año pasado felicitó a la compatriota Ivian Sarcos, de 22 años, coronada Miss Mundo 2011 en Londres. “Qué bueno fue conversar con esa llanera hermosa que es Ivian Sarcos, nuestra flamante Miss Mundo ¡Bravo Venezuela! ¡Bravo muchacha patriota!”, escribió en su perfil de Twitter antes de recibirla en enero, en la primera audiencia oficial a una reina de belleza con trece años de mandato. Poco antes de ser recibida en el Palacio de Miraflores, la joven correspondió con un emocionado mensaje: “Voy rumbo a un momento cumbre en mi vida y muy anhelado”.

El día de los enamorados de 2000, ejecutó una refinada maniobra de conciliación con su ahora exesposa desde su programa de radio: “¡Marisabel, prepárate, que esta noche te voy a dar lo tuyo!”

Las consecuencias fueron graves porque al ser Venezuela una nación todavía atrincherada, algún patrocinio privado de la hermosura nacional se echó atrás, según reveló la chica, y desde los foros antigubernamentales le dijeron de todo menos bonita. “Lo admiro bastante. Fui a verlo por lo social, no por lo político, pero mucha gente tergiversó todo. ¡Que me critiquen…! Me resbala. Me río de sus comentarios. Ya yo pasé lo peor que me podía pasar en la vida, así que esto es nada para mí”, declaró la chica a la revista Look Caras.La más joven de trece hermanos, sus padres murieron en accidente de tráfico y ella casi ingresa en un convento. “Por haber aceptado la invitación del presidente se me cerraron muchísimas puertas que no pienso mencionar, pero no le doy importancia”. Su amor platónico e imposible es el príncipe Enrique de Inglaterra.

La arremolinada peripecia sentimental del comandante parece concluida. La periodista Cristina Marcano y el guionista de televisión Alberto Barrera sugieren en el documentado libro Hugo sin uniforme, publicado en el 2006, que probablemente el líder no estuvo preparado en 1994 para administrar el abrupto salto a la notoriedad, a la adulación y a la vorágine de la vorágine del livin’ la vida loca. En la obra aparecen con nombres y apellidos las supuestas amantes de Chávez que ocuparon cargos en su Gobierno. “Muchas han negado repetidamente cualquier relación. Otras ni siquiera atienden el tema o guardan silencio”. El presidente nunca quiso dar cuartos al pregonero y sigue sin hacerlo.

Herma Marksman no imaginó que el fracaso del golpe de Estado de 1992 contra el desprestigiado sistema de partidos catapultaría a su pareja al estrellato, lo transfiguraría en irresistible adonis. La cárcel le hizo fascinante y a la fascinación se sumó, en libertad, el inevitable narcisismo. “Hubo gente que le llegó a tocar para ver si era de verdad (…) se gestó el mito y él mismo se lo creyó”, dijo la historiadora a los autores del libro, que aluden a los crecientes rumores sobre nuevas aventuras durante su encierro en la prisión de San Francisco de Yare. “Él era así, de cascos flojos con las damas”, según un compañero, citado en el texto. “La lista de mujeres que aparentemente entablaron una relación íntima con él es larga y abundante. Marksman soportó todo eso con paciencia, pero con dificultad”.

La modelo Naomi Campbell, que entrevistó al presidente para la revista 'GQ', en una visita a Hugo Chávez a Venezuela de 2007. / HOWARD YANES (AP)

La enfermedad y los años habrán modificado las prioridades sentimentales de Hugo Chávez, pero no su endiosamiento político, desde el que suplica al Altísimo salud para volver a ganar la jefatura de Gobierno y consolidar en el Orinoco una suerte de autocracia electa. Puede que lo consiga, pero debilitado por el cáncer y la brega familiar y política, incluido el golpe petrolero que el 11 de abril del 2002 lo derrocó durante dos días, debió renunciar a una vida de romances cuya celeridad hubiera asombrado a don Luis Mejía, en el drama romántico de Zorrilla: “¿Cuántos días empleáis en cada mujer que amáis?”, preguntó a don Juan, su rival en el universo de la conquista. El Tenorio le respondió: “Un día para enamorarlas, otro para conseguirlas, otro para abandonarlas, dos para sustituirlas y una hora para olvidarlas”. La peripecia del presidente de Venezuela ha sido tan agitada durante los dos decenios de huracán bolivariano, y el tiempo disponible, tan escaso, que probablemente rompió el crono del legendario personaje del siglo XVI en la ejecución de los lances de alcoba que se le atribuyen.

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