LA CUARTA PÁGINA

La España dual y la salida de la crisis

Hay un sector que mira al mundo y ya ha hecho los deberes mientras otro no se ha dado cuenta de la situación. El Gobierno debe decidir por mantenernos en la eurozona o huir hacia adelante

ENRIQUE FLORES

Todos los indicadores económicos apuntan a la existencia de una Europa dual, la del Norte o central con Alemania al frente, y la del Sur o periférica en la que nos encontramos. La dualidad se refleja en términos de perspectivas de crecimiento, tasas de desempleo, evolución de la productividad, de los precios y costes laborales unitarios, así como niveles de endeudamiento privado y de inversión en investigación y desarrollo, por no hablar de las primas de riesgo para financiar la deuda pública. El gran problema de la periferia es que tiene unos niveles de productividad bajos y que necesita al mismo tiempo rebajar sus niveles de deuda —en España, sobre todo, privada y contraída con el exterior— y bajar precios y costes para ser más competitiva.

Esta dualidad entre países en Europa esconde otra dualidad interna en España. En efecto, la cuota mundial de las exportaciones de bienes y servicios de España desde que se creó el euro ha resistido bien el proceso de globalización y el ímpetu de los países emergentes. De hecho, los dos únicos países grandes de Europa que la han mantenido son Alemania y... España, mientras que Francia, Italia, e incluso EE UU, pierden posiciones. En exportaciones de servicios, España mejora cuota por encima de Alemania. Esto indica que el sector exportador español es fuerte y, según el anglicismo de moda, resiliente. De hecho, es sorprendente que el sector haya podido mantener cuota cuando el país en conjunto perdía competitividad a marchas forzadas. La razón está en que las empresas de sectores exportadores han aumentado su productividad mucho más que las que están en sectores de bienes no comerciables y que hay un sector de empresas medianas y grandes cuya productividad está en la frontera de las mejores empresas internacionales.

Hay que imitar a Suecia, que en respuesta a su crisis financiera potenció la productividad

Asimismo, las empresas que se han abierto al mundo también tienden a innovar más y, por ende, a mejorar todavía más su productividad. El éxito internacional en el sector textil, en la gestión de infraestructuras, en banca, en energía y telecomunicaciones, por mencionar solo algunos casos, son evidentes. En resumen, tenemos un sector exportador tremendamente competitivo. Es cierto que todavía hay elementos que mejorar como el marketing de los productos de consumo. En esto deberíamos aprender de Italia, donde, por ejemplo, la marca Italia en alimentación (¡incluido el aceite!) arrasa.

El sector de empresas que exportan está mucho más abierto al mercado internacional en términos de importaciones e intercambios de tecnología y, lo que quizás es más importante, en términos de cultura empresarial. Este sector tiene personal cualificado y que habla idiomas extranjeros, tiene la excelencia como meta y, por tanto, es meritocrático. Es decir, tiende a colocar a cada persona dentro de la empresa según sus méritos profesionales y capacidad, más que por razones de amistad o conexiones y afinidades personales. Al mismo tiempo, es un sector que intenta solucionar sus problemas sin recurso sistemático a la intervención o subvenciones públicas. Esta, desafortunadamente, no es la regla en España. En efecto, hay otra España que mira hacia dentro, que tiene problemas para comunicarse en otras lenguas, que mira hacia el sector público para solucionar sus problemas, que confía en el amiguismo para conseguir negocios y subvenciones. Esta es una España donde la gente piensa más en defender derechos adquiridos que en cómo generar la riqueza necesaria para hacer efectivos estos derechos. En esta España también hay un segmento productivo muy importante de pequeñas y medianas empresas que sufre tremendamente la crisis y que no sobrevivirá si no se transforma y aumenta su eficiencia.

Podemos decir que la España que mira al mundo ya ha hecho buena parte de los deberes necesarios para estar en una unión monetaria como el área euro, mientras que la otra todavía no se ha dado cuenta de la situación. Y aquí llegamos al núcleo de la cuestión: la sociedad española tiene que decidir si quiere hacer lo necesario para estar integrada en la moneda única o no. No basta con las declaraciones de los Gobiernos sucesivos, máxime cuando tienden a oscurecer la alternativa a la que nos enfrentamos. La batalla está entre mirar hacia fuera, ser competitivos y mantenernos en la zona euro o mirar hacia adentro, reclamar nuestros derechos nominales heredados y, o bien retroceder al modelo tradicional espasmódico de desarrollo español de sucesivas devaluaciones de la peseta donde la restricción exterior dicta nuestra suerte, o bien lograr mantenernos en el euro en un estancamiento de largo recorrido.

Las medidas tomadas han oscilado entre la táctica del avestruz y el arrastrar los pies

España necesita unas reformas en profundidad y que salgan de la misma sociedad y no impuestas desde fuera. España necesita hacer lo que Suecia hizo en los años noventa en respuesta a su crisis financiera. Necesita implementar un conjunto muy profundo de reformas que potencien la productividad. En Suecia se abordó la crisis bancaria de manera exitosa minimizando el coste para el contribuyente, se impulsó la productividad con inversiones en investigación y desarrollo (I+D) y la introducción de un mayor grado de competencia en los mercados de productos y de servicios, se reformó el mercado laboral y el sector público de manera radical. Se crearon agencias públicas con misiones bien definidas, cuyo rendimiento se puede controlar, y se eliminó el funcionariado excepto en algunos casos como la judicatura. Además se introdujeron agencias independientes para controlar el gasto público y la ejecución del presupuesto al mismo tiempo que se reducía el déficit. El resultado fue espectacular en términos de crecimiento y consolidación fiscal.

Ahora bien, Suecia devaluó su moneda al mismo tiempo, y eso impulsó las exportaciones. En España lo podemos hacer todo menos devaluar, a menos que nos salgamos de la zona euro. Por tanto hay que insistir más en las mejoras de productividad y en mecanismos de devaluación interna como la rebaja de las cotizaciones sociales, compensadas con aumentos del IVA y con una reforma de la negociación colectiva para que deje de ser inflacionista. La limpieza de los balances bancarios está en marcha con ayuda de los fondos europeos. Hay que esperar que la reestructuración del sector bancario, tutelada por Europa, reduzca de manera drástica el exceso de capacidad del sector y restaure la disciplina de mercado.

Las medidas que los Gobiernos de España han tomado para hacer frente a la crisis han oscilado entre la táctica del avestruz y el arrastrar los pies frente a cualquier reforma significativa. De hecho, algunas medidas, como el aumento de la imposición de la renta y la rebaja drástica en inversión en I+D, atacan la línea de flotación del sector abierto al mundo. Sería desastroso que la respuesta a la crisis debilitara al sector que debe ser nuestro futuro. El tiempo se ha acabado hace mucho ya. Hay que recuperar la credibilidad perdida tomando la iniciativa en las reformas pendientes, que son casi todas, incluyendo la culminación de la reforma laboral para acabar con la lacra de la dualidad de nuestro mercado de trabajo. Piedras de toque serán la nunca abordada reforma de la Administración, estabilizar nuestro Estado de bienestar en una senda sostenible, y un plan de mejora de la productividad que, a la vez que consolide a las empresas que ya están en la frontera internacional de buenas prácticas, ayude a transformar a las que no lo están. La inversión en capital humano y la excelencia en la investigación han de formar parte integral de este plan para ensanchar la proyección exterior de nuestra economía.

El Gobierno debería dirigirse al país planteando la alternativa que tenemos: reforma en profundidad para mantenernos en la zona euro o huida hacia adelante con el espejismo del mantenimiento nominal de nuestro nivel de vida. La primera opción implica un revulsivo y transformar una parte importante del país con la complicidad de la sociedad, y es el único camino para recuperar la credibilidad externa que hemos perdido. La segunda significa retroceder a la inestabilidad de tiempos pasados previos a nuestra entrada en el mercado común europeo.

Xavier Vives es director del Centro Sector Público-Sector Privado de IESE.

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