EDITORIAL

Asfixiante Putin

El Kremlin aprueba en cascada leyes que acentúan el autoritarismo en Rusia

Le han bastado a Vladímir Putin dos meses, desde que asumiera por tercera vez la presidencia, para incumplir sus promesas electorales y dar marcha atrás al timidísimo aperturismo impulsado por su predecesor y acólito Dmitri Medvédev. El obediente Parlamento ruso, que recientemente legislaba para mantener drásticamente a raya las protestas antigubernamentales, sigue aprobando en cascada y a toda prisa leyes encaminadas a restringir las libertades políticas, se trate de controlar Internet mediante una lista negra de sitios “nocivos”, de recriminalizar la difamación o de poner a los pies de los caballos a las organizaciones no gubernamentales.

La ley sobre las ONG, aprobada por la Duma y firmada por Putin el pasado sábado, les coloca al borde del Código Penal, sobre todo si reciben ayuda exterior, en cuyo caso deberán someterse a draconianos controles y registrarse como “agentes extranjeros”. El Kremlin sabe que para un ruso corriente estas dos palabras equivalen a la demonización de unas organizaciones que, entre otras finalidades, intentan promover el cambio en Rusia y cuyas actividades suelen abarcar desde la fiscalización de las elecciones —tan necesaria, a la luz de la experiencia— hasta la denuncia regular de la corrupción o la manipulación de la justicia. Algunas ya han anunciado su rechazo.

En su propia y con frecuencia ambigua letra, estas normas que precipitadamente ha impulsado el Kremlin —adoptadas, según los propagandistas de Putin, a semejanza de las vigentes en países occidentales— serían más que cuestionables en países bajo el imperio de la ley y con una prensa libre. En la autoritaria y discrecional Rusia, donde se dan la mano la corrupción tolerada y la docilidad de los tribunales, equivalen a un cheque en blanco para que el Gobierno incremente la represión de disidentes y críticos.

A Putin, tras 12 años de poder ilimitado, parece no bastarle con haberse colocado en el lado más siniestro de la historia, con su apoyo a ultranza a Bachar el Asad. El presidente ruso, crecientemente abandonado por las clases medias urbanas de su país y a quien nunca le ha interesado la emergencia de una sociedad civil, pretende consolidarse con medidas autoritarias y una retórica cada vez más nacionalista. De nuevo conduce a Rusia en una dirección equivocada, que la aleja de las democracias entre las que pretende incluirse.

 

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