Consultorio de Mina, dígame

Cincuenta años después de escandalizar a italia por ser madre soltera, la cantante continúa defendiendo los derechos de la mujer atendiendo preguntas en Internet

Mina, en una foto de archivo del año 1970. La intérprete de 'Tintarella' di Luna está considerada como una de las más grandes. Louis Armstrong dijo de ella: “Es la mejor cantante blanca del planeta”.

Cierro los ojos y veo a mi madre revoloteando en el salón de nuestra casa en Granada mientras una canción alegre y pegadiza suena en la radio. No entiendo lo que dice: está cantada en una especie de idioma mágico. A mi madre, que lleva una falda evasé y unas zapatillas francesitas, la canción le pone contenta. A mí también. Los dos coreamos risueños su conjuro mágico: Tintarella di Luna.

Eso debió ser a comienzos de los años sesenta, y luego supe que el idioma de aquella canción era italiano y su intérprete, Mina. Cuando me hice mayor, comprendí algo aún más importante: para muchas mujeres de la generación de mi madre –la encarnada por el personaje Mercedes Alcántara en la serie televisiva Cuéntame–, Tintarella di Luna fue un himno liberador. Por eso ella la bailaba tan jovialmente.

Nacida en Lombardía en 1940 y criada en Cremona (lo que le valdría el sobrenombre de Tigresa de Cremona), Mina Anna Mazzini fue una rebelde (con causa, como todos, diga lo que diga el título de la película de James Dean). Primero con aquel tema de 1959-1960 que incorporaba a la canción italiana el naciente twist y hablaba de una chica que se bronceaba con la Luna y pasaba las noches en el tejado cual si fuera un gato. Al informar del fulgurante éxito de Tintarella di Luna, la prensa italiana solía apostillar con indulgencia: La gioventù ha i suoi diritti (“la juventud tiene sus derechos”).

Muy pronto, Mina volvería a ser pionera de un tiempo nuevo al escandalizar a Italia por tener un hijo siendo soltera y, además, con un hombre casado, el actor Corrado Pani. La RAI, la única televisión existente entonces en Italia, la vetó durante los dos años siguientes. Fue en 1962, ahora se cumple el medio siglo.

A los jóvenes les puede extrañar que ser madre soltera fuera motivo de anatema en un país que ya era miembro de la Comunidad Europea y en una época en la que ya había televisores. Pero así era: muchas de las libertades que hoy se dan por naturales no existían cuando mi madre y Mina eran veinteañeras. Ni en España ni tampoco en Italia.

A comienzos de los sesenta no existían las redes sociales en Internet, pero sí la correspondencia. Y tantas cartas a favor de Mina recibió la RAI que terminó por readmitirla en su programación. A lo largo de esa década y la siguiente, con temas como Un anno d´amore; Parole, parole; Grande, grande, grande, y Amor mío, la cantante, morena natural, teñida después de rubio, de cejas depiladas y nariz aguileña, se convertiría en la más grande de Italia, lo que quiere decir una de las más grandes de Europa y del mundo. Lo dijo Louis Armstrong: “Mina es la mejor cantante blanca del planeta”.

En España siempre ha habido pasión por Mina. Serrat, Miguel Bosé y Mónica Naranjo, entre otros, han cantado temas de la Tigresa de Cremona, incluso a dúo con ella. Pero el supremo homenaje celtibérico fue la fantástica versión de Un anno d’amore que cantó Luz Casal en la película de Almodóvar Tacones lejanos.

Hace ya más de tres décadas que Mina se retiró de los focos. A fines de los setenta se instaló en Lugano (Suiza) y anunció que seguiría grabando discos (en su propio estudio) pero jamás volvería a actuar en público. Esa decisión fue, y es, objeto de toda suerte de especulaciones: que si estaba calva, que si había perdido la voz, que si había engordado monstruosamente… Lo cierto es que sigue viva y coleando. Va sacando discos, tiene su web, escribe un artículo semanal para el diario La Stampa y lleva un consultorio en la edición digital italiana de Vanity Fair.

En la última entrega de ese consultorio, la de finales del mes de mayo, una admiradora le cuenta que va a tener que sacrificar su trabajo por haber tenido un hijo. Mina le responde expresándole su indignación por un mundo que todavía obliga a las mujeres a escoger entre el empleo y la maternidad. Y escribe que “la più funesta, la più violenta delle guerre” es “quella contro la dignità”. No hace falta traducción, pero, por si acaso, quede constancia de que, medio siglo después, la intérprete de Tintarella di Luna considera que la más funesta y violenta de las guerras es aquella librada contra la dignidad.

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