Tribuna:

La cosa se llama fiesta

JAN MARTÍNEZ AHRENS 1 AGO 2010 - 00:42 CET

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La cosa se llama "la fiesta". Lo digo así, de primeras, para destacar el hecho de que en la mayor parte de España matar causando un enorme sufrimiento a un bovino sea una actividad lúdica autorizada. Esto ya bastaría para sorprenderse. Pero más alarmante resulta aún que la decisión de prohibir esta práctica tomada por un Parlamento democrático, tras un buen debate y una total transparencia en el voto, haya sacado a la luz banderas españolas de las más ocultas cavernas y resucitado argumentos aún más cavernarios. A tanto se ha llegado, que de la lectura de algunos escritos se concluye que el toro bravo acude a la plaza feliz y contento porque va a recibir la muerte tras un completo ejercicio de autorrealización a base de puya, banderilla y espada. O dicho de un modo más elaborado: son muchos quienes consideran que tratar bien a un toro de lidia consiste precisamente en lidiarlo. Aunque en principio parezca delirante, el argumento se ha convertido en el alma del debate. Veámoslo con detenimiento.

Los protaurinos niegan el maltrato animal y sostienen que como el toro bravo no es fruto de la evolución sino del designio humano, bueno y moral es hacer lo que nos plazca con él, es decir, tratarlo de forma acorde al fin para el que fue creado, en este caso, morir en la plaza. Eso significa para ellos tratarlo bien.

El problema radica (aparte de lo mal que suena decir que se trata bien a un cerdo cuando se le degüella) en que con este principio queda autorizada cualquier aberración contra los animales con tal de que se ajuste a un proyecto nuestro. Algo que quizá sea aceptable en términos de investigación médica o mera supervivencia (siempre que no haya alternativa razonable), pero que en actividades lúdicas es perfectamente criticable si generan dolor y muerte. Hablando en plata, el dominio sobre un ser vivo, no nos autoriza a hacer lo que nos venga en gana con él. Existen límites.

El segundo gran argumento protaurino deriva directamente del anterior. Dado que podemos hacer lo que nos dé la gana con los animales creados ex profeso, ¿cómo osa un Parlamento limitar nuestra libertad? La respuesta es simple: porque a eso se dedican los parlamentos. Prohíben, autorizan e imponen condiciones, sobre todo, en asuntos tan próximos como los espectáculos públicos.

La idea de que las cámaras parlamentarias no son quienes para prohibir usos y costumbres, y que su función debe limitarse a garantizar su continuidad, so pena de convertirse en una especie de dictadores de la moral, resulta fácilmente desmontable aplicado al caso de los toros. Primero por su inconsistencia lógica, porque criticando el prohibicionismo impone otro aún mayor, como es el de prohibir a los parlamentos prohibir. Y segundo, porque si damos por buena la premisa de que vetando los toros se ataca la diversidad de usos y costumbres de un país, también lo tendríamos que hacer cuando se prohíbe fumar en el trabajo o conducir a 180 kilómetros por hora, por muchos y concienzudos defensores que avalen e incluso tengan como tradición la conducción temeraria o llenar de humo la sala donde trabaja una compañera embarazada. Aunque, visto lo visto, me temo que a muchos esto también les parecerá inquisitorial.

jahrens@elpais.es

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