Reportaje:

Aquel día caluroso de ataúdes en Puerto Hurraco

El periodista que cubrió el crimen de Puerto Hurraco rememora su llegada al pueblo después de los asesinatos, tras conocer el suicidio en prisión de Antonio, el último de los cuatro hermanos Izquierdo

JOSE ANTONIO HERNANDEZ Madrid 25 ABR 2010 - 17:39 CET

Era un caluroso 26 de agosto de 1990. Se vivían tiempos de preguerra. La base naval de Rota (Cádiz) era un trasiego de monstruosos aviones de combate americanos que rugían por las noches enviados por Bush padre para disuadir a las tropas de Sadam para que se retirasen de Kuwait.

El responsable de la delegación de EL PAÍS en Sevilla, entonces Fernando Orgambides, avisó urgente al fotógrafo, José Manuel Pérez Cabo, y a quien suscribe para que saliésemos disparados hacia Puerto Hurraco, donde todas las radios decían que se había producido una terrible matanza. Dos hombre del campo, Emilio y Antonio, entrados en años, hermanos, habían abatido, literalmente, a nueve personas en las calles de un pequeño pueblo. Sabíamos que era en la provincia de Badajoz, pero ninguno había oído antes el nombre de ese pueblo.

Luego de un tortuoso viaje desde Sevilla por carreteras de segunda y tercera, llegamos a Puerto Hurraco bien entrada la tarde. Ni siquiera era un pueblo. Era una aldea, una calle apenas asfaltada, con una veintena de casas a ambos lados. Un perro tumbado en la acera seguía sin pestañear y sin moverse el paso de los forasteros y los disparos de la cámara fotográfica al comienzo de la calle.

A ambos lado del asfalto, salteados, impresionaba ver portones de casas abiertos, que dejaban ver al fondo hombres y mujeres vestidos de negro en torno a ataúdes. Dentro, y en la calle, sólo se oía silencio, ocasionalmente roto con llantos apagados y desgarrados que salían de las casas. Gentes del campo, de manos encallecidas de azada, humildes, que callaban resignadas ante ataúdes con las tapas abiertas.

Cada familia con su muerto. Así era Puerto Hurraco aquella tarde.

Al final de la calle, ligeramente en cuesta, sentado en el tranco de su casa, un hombre tenía los ojos enrojecidos. Ya no lloraba. Su mirada se perdía hacia el campo, abstraída. A duras penas soltaba algún sí o no a las preguntas precipitadas que le hacían periodistas recién llegados a aquel escondido lugar, a sólo unas leguas de Castuera, donde estaba el juez de la comarca. Aquel hombre, con camisa negra, asediado de informadores, tampoco quería hablar.

Su casa estaba abierta y a nadie se le impedía el paso. Adentro, casi desde la puerta se podían ver dos féretros, sobre sendas mesas de comer. Eran distintos de los otros. Eran de color blanco. Y estaban abiertos. Metidas dentro, dos niñas angelicales, con los párpados cerrados, ininterrumpidamente observadas por la madre, congestionada de dolor. La mujer sólo respondía con gestos y miradas a la maraña de periodistas que entraban y salían del pequeño salón comedor de su casa, si que nadie obstaculizara nada.

Junto a ella, vecinos y familiares del pueblo, todos con alguna prenda negra, velaban los cadáveres de las niñas. La complicidad de la resignación. La mirada callada de la madre, y del padre, cabizbajo, parecían querer decir que el presagio se había cumplido.

En Puerto Hurraco se hablaba entonces de venganzas. De lindes y de una muerte lejana sin vengar, la de la madre de los hermanos Izquierdo, los asesinos, víctima de un incendio fortuito. Los Izquierdo, Antonio y Emilio, eran solteros. Ellos y sus dos hermanas, Luciana y Ángela, que brincaban los 60 años, convivían con el luto desde la muerte de la madre.

La Guardia Civil de Badajoz, en una batida por los maizales de la zona, acababa de detener a los hermanos Izquierdo, descamisados. La noche antes, sin que nadie imaginase nada, habían disparado a bocajarro contra el pueblo, contra todo lo que se movía en la calle. Igual daba que fueran niñas o mayores. Una cacería del hombre contra el hombre. Una locura, la de dos hermanos poseídos por el mal, huraños, que mataron aconsejados por mentes enfermas que habían idealizado enemigos irreales a las puertas de su casa.

Con escopetas en sus brazos y con las cananas llenas de cartuchos, salieron de batida la noche anterior. Las niñas jugaban en la calle y los mayores habían sacado sillas a las puertas de sus casas en busca de la fresquita, contra el bochorno de agosto. Tras la masacre, huyeron. De las hermanas se decía entonces que eran las instigadoras.

Aquel día de agosto, la casa de los hermanos Izquierdo estaba cerrada.

Las hermanas se habían marchado a Madrid. Al día siguiente, bien de noche, se subieron en un tren Expreso en Atocha con destino a Badajoz capital. Algunos periodistas supieron de la vuelta de las hermanas y se subieron al tren en diferentes estaciones de la provincia antes de que el convoy llegase al alba a la estación de Badajoz. Iban solas en un compartimento, sentadas una al lado de la otra. Tenían mirada tenebrosa. Tampoco querían hablar. Y negaban todo con gestos visibles gracias a la tenue luz del compartimento de aquel viejo y lento tren.

Con el tiempo, fueron absueltas, pero acabaron en el hospital psiquiátrico de Badajoz. Los hermanos Izquierdo fueron condenados a cientos de años de cárcel (ayer se ahorcó Antonio, tras la muerte de Emilio en 2006) y ya nunca más volvieron a Puerto Hurraco, aún hoy triste sinónimo de aquella España profunda y rural que entonces, con la mirada puesta en los fastos de la Expo de Sevilla y los Juegos Olímpicos de Barcelona, todos creíamos superada.

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María del Carmen Cabanillas, hermana de una de las niñas asesinadas, llora durante en el entierro de las víctimas de la matanza de Puerto Hurraco ( Badajoz) . / JOSÉ MANUEL PÉREZ CABO

Emilio Izquierdo ( i) y su hermano Antonio, durante el juicio por el crimen de Puerto Hurraco en la Audiencia de Badajoz, acusados de nueve asesinatos consumados y seis frustrados. / JOSÉ MANUEL PÉREZ CABO

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