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sábado, 24 de diciembre de 2011
Reportaje:MIGUEL DE RUMANÍA

"Comí con Hitler, era estirado y frío. Mussolini parecía más humano"

Miguel I, último rey de Rumanía, es el único superviviente de los jefes de Estado europeos de la II Guerra Mundial. su popularidad actual ha dado nuevo brillo a la monarquía en Bucarest, donde se ha disparado el rumor de que podría restaurarse, aunque en la persona del príncipe Carlos de Inglaterra. Nos atiende en su casa de Ginebra, donde recuerda, a los 90 años, su breve reinado y su largo exilio

Miguel I, último rey de Rumanía, es el único superviviente de los jefes de Estado europeos de la II Guerra Mundial. su popularidad actual ha dado nuevo brillo a la monarquía en Bucarest, donde se ha disparado el rumor de que podría restaurarse, aunque en la persona del príncipe Carlos de Inglaterra. Nos atiende en su casa de Ginebra, donde recuerda, a los 90 años, su breve reinado y su largo exilio

No hay bandera ni escudo nacional que distinga este discreto chalé suizo de las residencias que lo rodean. Pero entre sus muros pintados de blanco vive una reliquia del pasado, el último rey de Rumanía. Único superviviente de los jefes de Estado europeos activos en la II Guerra Mundial. Único caso de monarca asociado con las potencias del Eje primero y con los Aliados después que sigue vivo para contarlo. Testigo, poco conocido pero excepcional, de uno de los periodos más trágicos de la historia reciente europea.

El chalé de Miguel I limita con prados verdes donde pastan silenciosas vacas suizas esta mañana fría de finales de noviembre.

El antiguo rey vive en Aubonne, un pueblecito sobre el lago Leman, a media hora de Ginebra. Pero apenas se franquea el umbral de la casa, se impone el aroma de Rumanía que desprenden los pasteles que ha preparado la cocinera de su majestad. Miguel Hohenzollern-Sigmaringen, regele Mihai I de los rumanos, se presenta en el vestíbulo, alto y frágil, vestido con pantalón oscuro y chaqueta de cuadros, a juego con la corbata. La mirada azul, todavía alerta, pese a que cumplió 90 años el 25 de octubre pasado.

Hitler obsequió a la madre del rey con una orquÍdea y un frasco de sus pastillas contra la depresión

Las relaciones con la reina Sofía de España, su prima hermana, son excelentes. "Ambos sabemos lo que es el exilio"

El rey Miguel I abdicó el 30 de diciembre de 1947. Rumanía se convirtió esa misma noche en una república socialista, gobernada por un partido comunista a las órdenes de Moscú. Pocos días después, el joven monarca abandonaba el país, acompañado de su madre, la reina Elena, un puñado de sirvientes, cuatro coches reales y poco más.

Su breve reinado (a los 5 años, con una regencia, entre 1927 y 1930; después, a los 18 años, entre 1940 y 1947) es un caso singular en la historia. Fue rey títere del dictador Ion Antonescu, socio de la Alemania nazi, y como tal trató a Hitler y a Mussolini. Pero dio un golpe de Estado en agosto de 1944 y se colocó del lado de los Aliados, lo que le valió condecoraciones e incontables elogios, pero no evitó el drama de que Rumanía quedará bajo la esfera de influencia de Stalin.

Ante la total indiferencia aliada, el rey que abandonó a Hitler para colocarse "del lado de la democracia y la libertad" se encontró en enero de 1948 en el exilio. En terreno de nadie, abandonado, colocado a la intemperie de la historia. El exmonarca ha olvidado muchas cosas, pero otras están marcadas a sangre y fuego en su memoria. No recuerda los detalles del primer encuentro con Hitler, en 1938, todavía como príncipe heredero, ni la entrevista de 1940, recién coronado, de la que hay algunos testimonios gráficos.

"Recuerdo una comida con Hitler, sí, en 1941, en Berlín. Yo no hablaba alemán, mi madre sí, era ella la que llevaba el peso de la conversación", cuenta Miguel de Rumanía, en un inglés perfecto pero prácticamente inaudible. Su madre, la princesa Elena de Grecia, tía de nuestra reina Sofía, era todo un personaje. Su padre, Carol II, un Hohenzollern, fue un ejemplo poco edificante de rey corrupto. Miguel de Rumanía ha prescindido ya del apellido alemán, empeñado en romanizar la dinastía.

Pese a que apenas tenía 20 años cuando compartió mantel con Hitler, el anciano exrey recuerda lo esencial. Dice que el Führer no le causó especial impacto. "Si impresionaba era para mal", dice. "Tampoco me pareció que tuviera grandes dotes de orador. Tenía ese trato difícil, porque miraba a las personas fijamente. Ya entonces la fama de los nazis dejaba mucho que desear, las cosas fueron luego empeorando, cada vez más. No recuerdo lo que comimos. Pero Hitler no llevaba uniforme. Vestía sus habituales pantalones oscuros y una chaqueta caqui. Había cuatro personas con él. Era frío y estirado".

Gritaba continuamente y era difícil meter baza en una conversación en alemán que el Führer monopolizaba. En aquel viaje, al rey y a su madre les acompañaba un ayudante de campo llamado Jacques Vergotti, que dejó constancia en unas memorias mecanografiadas, recogidas por Ivor Porter, biógrafo del rey, de un par de detalles jugosos. Vergotti recordaba haber visto a la madre del monarca, la reina Elena, adornada con una orquídea, obsequio de Hitler, que le dio también un frasco de Pervitin, unas pastillas antidepresivas sin las cuales, según les confesó, no podía vivir.

-¿Cuál fue el motivo oficial de la visita?

-El encuentro se produjo de una forma bastante rara. Mi madre tenía que ir a Florencia a resolver algunos asuntos privados. Pero Antonescu le dijo que ya que tenía que ir a Italia, por qué no iba a ver a Hitler y a Mussolini. La verdad, no alcanzo a ver el sentido de esa visita. Pero el hecho es que terminamos en Berlín.

De allí viajaron a Italia. Los recuerdos de Mussolini son algo más amables. "Las diferencias entre él y Hitler eran muy grandes. Claro, en primer lugar, yo hablo italiano, y eso siempre acerca. Mussolini era más abierto, una persona más cálida, como son los italianos. Recuerdo que mi madre le preguntó cómo se las ingeniaban para vivir los italianos y el país en general con todas las restricciones que sufrían. Su respuesta fue: 'Pues apretándose un poco el cinturón".

Ni Hitler ni Mussolini hubieran imaginado nunca que aquel monarca joven e inexperto fuera capaz de cambiar el curso de la II Guerra Mundial con un golpe de Estado. O al menos, de acortar en seis meses aquella carnicería. "Oficialmente, lo que hice fue sacar a Rumanía de la guerra, con la esperanza de evitar una sangría. Aunque sabía que los alemanes no iban a aceptarlo, y no lo hicieron: nos bombardearon ese mismo día", recuerda el exrey. Pero durante los largos años de exilio no ha dejado de pesarle lo que en el fondo considera una traición de Occidente, y muy en especial del líder británico Winston Churchill. "Rumanía y todos los demás países al este de Alemania fueron abandonados en Yalta", dice, recordando la conferencia de febrero de 1945 en la que Stalin, Roosevelt y Churchill acordaron un reparto europeo. "Claro que entiendo por qué Churchill pensó que era la única estrategia posible, por lo menos desde una perspectiva británica. Pero no puedo excusarlo, ni aceptarlo". El regele no olvida que fue la gente común la que pagó las consecuencias. "Las mismas naciones por las que los Aliados habían entrado en guerra", añade. "Y aunque no hubo oposición de los otros líderes en Yalta a la división del continente, fue Churchill el que lo consideró una solución natural y perfectamente aceptable".

Miguel de Rumanía interrumpe el relato para acariciar a Bianco, uno de sus perros, que se ha colado en el salón. Constanta Iorga, secretaria general de la Casa de su Majestad, presente en la entrevista, lo echa cariñosamente. Iorga trata con devoción de hija a "su majestad". "Sigue siendo nuestro rey. Si abdicó fue porque le forzaron", subraya.

La sala principal de la casa, con techo de madera pintado de blanco, está decorada con retratos de antepasados, algunos firmados por el pintor húngaro Philip de Laszlo, como el que representa al entonces príncipe Miguel en 1936, un guapo adolescente que empuña una escopeta en la mano derecha. "Y eso que yo soy zurdo. Me tenían que hacer las escopetas especiales. Pero en el retrato se corrigió ese detalle", cuenta. Ser zurdo estaba mal visto. En el muro opuesto, una amplia cristalera se abre a una terraza sobre el jardín. Un hombre con chaleco reflectante trabaja en un parterre de flores. "Allí está el Mont Blanc, pero con esta niebla no se ve", dice Miguel de Rumanía señalando un punto a la derecha.

El exilio, convertirse en un ciudadano de a pie después de haber vivido en palacios rodeado de atenciones y honores, debió de ser una experiencia difícil. "Salimos solo con las pertenencias personales", precisa el exrey, acusado después por el Gobierno comunista de haberse llevado al exilio oro y joyas. Según la biografía autorizada de Ivor Porter, la reina Elena había sacado del país, previamente, dos pequeños grecos con destino a una caja fuerte de Zúrich. Y un ayudante del monarca retiró en efectivo algo más de 300.000 francos suizos y franceses y 50 libras en vísperas del viaje a Londres, en noviembre de 1947, para asistir a la boda de la entonces princesa Isabel de Inglaterra con Felipe de Edimburgo, los dos primos segundos de Miguel de Rumanía. Este parentesco y la pasión del heredero británico, Carlos de Gales, por Rumanía han dado pie a los más increíbles rumores sobre una posible coronación de Carlos como Carol III de los rumanos.

Pero en noviembre de 1947 el panorama era otro. Toda la Europa del Este estaba bajo la esfera de Stalin, y Miguel I de Rumanía tenía los días contados. Un mes después de la boda inglesa, donde conoció a Ana de Borbón Parma, con la que se casaría al año siguiente, el rey rumano era un exiliado, obligado a ganarse la vida con el sudor de su frente.

Miguel había aprendido a pilotar aviones, y esa experiencia le sirvió para sobrevivir en su vida civil. Primero pasó un tiempo en la campiña británica, empeñado con su mujer en sacar adelante una granja avícola. Después, gracias a una oferta de la firma aeronáutica Lear, se instaló en Suiza definitivamente. Entre tanto, llegaban al mundo, una tras otra, las cinco hijas de la pareja. Cuando Lear cerró sus oficinas, el exrey aceptó por un tiempo un empleo como bróker para una firma estadounidense. "Pero no me gustó. Odio estar sentado entre papeles", dice.

"Su majestad tiene un don especial, una habilidad enorme con la tecnología y la mecánica", apunta su devota secretaria. El exrey dedicaba parte de su tiempo de ocio a trabajar con algún antiguo Jeep que el Ejército de Estados Unidos había enviado a Rusia, y que llegó a sus manos de forma bastante rocambolesca. Como el que perteneció al general Patton, que el exmonarca restauró y aún conserva.

Su vida desde entonces ha sido modesta, desde la perspectiva de la realeza. Aunque la nómina de colaboradores menguó enseguida, a las niñas no podía faltarles la nanny, ni, más tarde, el internado. Aun así, en algunas etapas, la real madre tenía que llevarlas y recogerlas del colegio.

La casa sobre el lago Leman, donde se celebra la entrevista, tampoco es suya. "Es un préstamo", dice, sin especificar más.Miguel no recuperó hasta 1997 la nacionalidad que le arrebataron los comunistas. Pero en 2000, una ley que otorga un nuevo estatus a los antiguos jefes de Estado le permitió recuperar todo su patrimonio en Rumanía y disponer del palacio Elisabeth. Aun así, mantiene su residencia en Suiza, "para evitar problemas", dice Iorga, aunque pasa parte del año en su país. De Rumanía llegan continuas delegaciones y emisarios. El patriarca rumano en persona le cantará los oficios navideños, antes de que el exrey viaje a Rumanía a pasar las fiestas.

En el ocaso de su vida, el que fuera Majestatea Sa Regele Mi-

hai I al României parece disfrutar de nueva notoriedad. El 25 de octubre pasado, su 90º aniversario fue celebrado por todo lo alto en su país. Con su casi inaudible voz, pronunció su primer discurso tras 64 años de exilio en el Parlamento de Bucarest, gracias a una invitación del Partido Demócrata Liberal (PD-L). "Fue un acto entrañable", recuerda Theodor Paleologu, joven historiador, exembajador, exministro de Cultura rumano y diputado de ese mismo partido, que estuvo presente en el acto. También acudió la reina Sofía, prima hermana de Miguel. "Las relaciones con la familia real española son muy buenas. Aunque nos vemos muy poco", dice el exmonarca. "Nos acerca no solo la proximidad familiar, sino el destino histórico. También la reina Sofía sabe lo que es el exilio. Ella y el Rey de España han dedicado sus vidas a la tarea de apoyar las instituciones democráticas de su país, igual que hemos hecho nosotros en el nuestro".

Miguel estuvo en la boda del príncipe Felipe con Letizia Ortiz, en abril de 2004. ¿Qué opina de estas bodas reales con chicas de clase media?

"La verdad es que son chicas muy bien educadas, con estudios, pero no todas están preparadas para la tarea que se les encomienda. Algunas la desarrollan perfectamente; otras, así así".

Miguel es consciente de que la monarquía puede muy bien no regresar jamás a Rumanía. Pese a la ayuda indirecta del presidente rumano, Traian Basescu, que ha contribuido a incrementar el apoyo al exrey al acusarle de haber entregado el país a los comunistas. "La acusación no tiene fundamento", explica el hispanista rumano Horia Barna. "Al rey le obligaron a abdicar. No le quedó más remedio que irse". Con todo, las posibilidades de que el antiguo régimen regrese son pequeñas. Con frecuencia, la historia no tiene marcha atrás.

Carlos de Gales, familia de Drácula

Por inexplicable que resulte, uno de los rumores más extendidos en los últimos meses en Rumanía es el que prevé una restauración monárquica en el país con Carlos de Inglaterra como rey. Tal cosa no requeriría especiales saltos dinásticos, a juzgar por las palabras del propio príncipe Carlos, que se declaró descendiente (aunque al final de una intrincada línea genealógica) de Vlad el Empalador, es decir, el mismísimo conde Drácula. El heredero del trono británico lo dice con sus propias palabras al final del programa que la cadena de televisión Travel Channel dedicó a una de las zonas de Rumanía, la de los montes Cárpatos, el 30 de octubre pasado. Pero los rumores en la prensa rumana eran anteriores. El diario rumano 'Ziua de Cluj' especulaba dos días antes con la posibilidad de que el príncipe de Gales abdicara en su hijo Guillermo para poder ceñirse la corona rumana. Al final, hasta un diario británico, 'The Scotland Herald', se hizo eco el 6 de noviembre de esta estrambótica posibilidad. Lo único cierto es que el heredero del trono británico tiene numerosas propiedades agrícolas en Transilvania (en la imagen, el príncipe Carlos en un pueblo de esa región), adonde viaja con asiduidad. "La especulación es absurda, desde luego", admite el hispanista Horia Barna, "pero refleja el deseo de muchos rumanos de tener un sistema político democrático como el de otros países europeos. Vemos que en Reino Unido, en Dinamarca, en Suecia, en España... hay monarquías constitucionales y son países prósperos y estables".

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