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Reportaje:PURO TEATRO

El álbum de oro de Alfredo Sanzol

Pleno del autor y director (14 aciertos rotundos) con En la luna (teatro de la Abadía): teatro popular, inteligente, sutil, emotivo. Gran compañía y fenomenales trabajos de Nuria Mencía, Lucía Quintana y Jesús Noguero

Alfredo Sanzol se ha ido a la luna como si se hubiera ido de vacaciones a Quintanavides (Días estupendos) o a una disco de los setenta (Sí, pero no lo soy): la mirada es la misma, la mirada de un niño muy sabio, comprensivo y burlón, perpetuamente extrañado y maravillado, pero esta vez su telescopio tiene más aumentos y abarca más territorios, y le permite ver adulterios paternos, atracos que no son lo que parecen, tumbas reabiertas, hermanos que se reconcilian de repente tras treinta años sin hablarse y muchos otros enigmas. Dicho de otra manera: En la luna, el espectáculo que acaba de estrenar en la Abadía, es "como antes, pero mejor que antes", que diría Pirandello; una panoplia de sus saberes, un doble disco (15 piezas 15) que por su variedad temática y tonal hace pensar en el Blanco de los Beatles, y en Vida y color, aquel álbum de cromos que alegró la infancia de muchos críos de la Transición. O en una antología de relatos: de no haber optado por el sketch dramático, Sanzol hubiera sido un formidable autor de cuentos, mitad Roald Dahl mitad Pere Calders.

Estrategia sanzoliana: la situación cómica de la que brota una amenaza creciente sin que podamos prever hacia qué lado se decantará la balanza Nuria Mencía retorna a los escenarios con una gama de personajes que parecen escritos a la medida de su enorme y personalísimo talento

En la luna se abre con un irresistible apólogo, "al itálico modo", entre De Filippo y las macchiette de Raffaele Viviani: la historia del pobre hombre que pinta un planisferio en El Pardo y le llaman para llevar el ataúd de Franco. Doble dilema: esquivar el bulto ("cuando vivía Franco siempre temí que pensaran que no era bastante franquista, y ahora que ha muerto van a pensar que lo soy") o acudir y tratar de cobrar la pasta que le deben en pleno entierro. Azcona también, por supuesto: puro Azcona, por el placidesco dibujo del protagonista y de su sulfúrica esposa. En el segundo episodio, El abrigo, aparece, diáfana, una de las figuras de estilo de su autor: el personaje lateral que, inopinadamente, pasa a primer término. El sketch arranca con un ama de casa que no llega ni a mitad de mes hasta que irrumpe una niña feriante abandonada por sus padres ("¿cómo se van a ganar la vida, si soy yo la que sabe bailar claqué?"). Frase memorable, que nos teletransporta al planeta Mihura: no cuesta imaginar que cuando esa moza salga de escena se encontrará con el protagonista de Tres sombreros de copa y recorrerán juntos los caminos. En El atraco, un padre de familia se enfrenta a unos policías sobre los que revolotea el insistente fantasma del GAL. Otra estrategia sanzoliana: la situación cómica de la que brota una amenaza creciente sin que podamos prever en ningún momento hacia qué lado se decantará la balanza. Esa línea se depura al máximo en Los cabritillos, un cuento cruel en el que el mal no siempre está donde se le espera, que hubiera podido firmar el Gonzalo Suárez de Trece veces trece, y una lección acerca de cómo crear un inquietante suspense a partir de un clásico infantil. La segunda pieza maestra del conjunto es La fiesta, donde una de las adolescentes mejor perfiladas que he visto jamás (Nagore, la respuesta navarra a la Franny Glass de Salinger) muestra su berroqueño código ético, donde la relación entre madre e hija es mucho más oscura de lo que parece y donde los asistentes a la velada acaban celebrando un violento hecho político (no diré cuál) porque les permite salir por pies de la tensísima reunión. No sería difícil imaginar que, en un universo paralelo (y anterior), Nagore se convierte en la abuela carlista de La pistola, otra soberbia muestra del talento de Sanzol para trazar retratos completos y complejos en pocos minutos y, abatiendo nuestros prejuicios, hacernos comprender puntos de vista que hubiéramos considerado indefendibles: para esas cosas se inventó el teatro. En esa línea, el mejor Brecht (es decir, el Brecht menos panfletario) hubiera aplaudido La fosa por su construcción dialéctica: ahí es nada abordar en un breve sketch el asunto de la memoria histórica de un modo poliédrico y sorprendernos cuando el personaje más inesperado, tras escuchar todas las versiones, lleva a cabo una decisión moral. ¡Y qué fantástica novela comprimida es Interviú, qué soberbio retrato de un abismo matrimonial, con el maravilloso personaje de la esposa rechazada, casi la versión hardcore de la protagonista de La hora de la fantasía, que -no contaré más- lleva al éxtasis a su marido sin que éste sospeche su intervención!

El lado más surreal de Sanzol aflora en El ventilador, en el que un grupo de juerguistas humillan a un selénico personaje que quiere vender su cochecito de infancia para comprar un ventilador hindú: algo así como si Anouilh hubiera escrito un episodio de The Twilight Zone. O El elixir, digno de Calders, que conjuga un jarabe a base de serrín que cura el cáncer, una tremenda historia de madre e hijo y un duelo con mortíferas espadas de madera. Rematan el espectáculo dos piezas tan sobrias como emotivas: Papá, de lo mejor que se ha escrito sobre paternidad y herencia, prolonga en otra clave el precioso discurso de la madre embarazada de Días estupendos, y Nacimiento narra, en un breve y certero apunte, la llegada al mundo (es decir, a la luna) del vástago del autor (y, claro, de su madre, célebre actriz). Hablando de actores: están todos fenomenales. Soberbios Jesús Noguero, Juan Codina (más gozosamente Saza que nunca), el casi angélico Luis Moreno, la briosísima Palmira Ferrer, una Lucía Quintana más radiante, múltiple y natural que nunca, y esa criatura realmente lunar, de la estirpe de Lali Soldevila, llamada Nuria Mencía, que al fin retorna a los escenarios con una gama de personajes que parecen escritos a la medida de su enorme y personalísimo talento. Sólo dos pegas, dos minucias: creo que a Palmira Ferrer, por lo demás óptima, le sobran el tono gritón y los aspavientos "italianos" del primer episodio, y creo también que el mínimo sketch de El cura es un apunte simpático pero un tanto prescindible. Corran a la Abadía: verán un espectáculo inteligente y sutil, que habla de todos nosotros, que divierte y emociona. Sanzol lo ha vuelto a conseguir: En la luna es una muestra suprema de teatro popular que no remasca sus intenciones y que jamás subestima a su público.

En la luna. Texto y dirección de Alfredo Sanzol. Teatro de la Abadía. Madrid. Hasta el 8 de enero de 2012. www.teatroabadia.com.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 10 de diciembre de 2011