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Crítica:

Elena Garro atraviesa el espejo de la historia

La mayoría de las veces las escritoras consideradas como exitosas en la literatura son aquellas que reproducen los estereotipos sociales dominantes, los prejuicios y los patrones culturales tradicionales, cumpliendo el rol de guardianas del cuerpo literario en el cual son admitidas si saben manejarse con prudencia e instinto gregario. El problema consiste en cómo se representan a sí mismas y cómo representan a la realidad en general. El caso de la escritora mexicana Elena Garro (1920-1998), quien recibió un reconocimiento público con su novela Los recuerdos del porvenir (Premio Villaurrutia 1963), podría hacernos reflexionar sobre por qué una autora con una obra tan ambiciosa sigue siendo poco leída en su idioma, por qué no formó parte de ningún boom, por qué siempre se quejó de estar marginada, por qué, como otras autoras de su generación, siguen siendo piezas sueltas y raras, a pesar de ser publicadas en su país de origen. Pienso en Inés Arredondo, en Josefina Vincens, en Julieta Campos (aunque cubana, vivió la mayor parte de su vida en México) o Rosario Castellanos, otras autoras a las que se accede con dificultad por falta de difusión. Creo que esto responde a una pelea por esa representación histórica, antropológica (y ontológica) de lo que significa la mujer en la literatura, y es lo que plantea Elena Garro en sus novelas y sus relatos cortos, sobre todo, en esta novela que tiene como eje central a personajes femeninos. Isabel Moncada, Julia Andrade o Gregoria Juárez, pese a que aparentemente el personaje central sea el general Francisco Rosas, héroe caído de la guerra de los cristeros en México, entre 1926-1928, son las que hacen girar la rueda del mundo. Aparentemente, insisto, la autora se apoya en ciertos arquetipos conocidos para poder dar movimiento a un relato épico, centrado en la acción que funciona como una perfecta máquina de ficción. En Los recuerdos del porvenir las mujeres se visten con atuendos típicos, llevan el color local del México profundo en el Ixtepec (lugar de infancia de la propia autora) que cumple el rol espacial y mítico del Comala para Rulfo o del Macondo de Gabriel García Márquez, salvo por un detalle: este pueblo es un yo, una voz sin sexo que contempla los dramas, las atrocidades de la guerra, en una historia mexicana en pleno proceso y conflicto. Ese paisaje sordo y autista, a veces fatalista y dramático del México de Elena Garro, es la escena donde resuena el lado irreductible de sus personajes y su experiencia interior de la historia, una experiencia hecha también de lenguaje. A cada gran fresco de la historia mexicana que la autora pinta con brocha gorda, se impone el detalle de la artista, la ventana abierta hacia el conflicto de identidades al borde del abismo, en las que los roles femeninos y masculinos dialogan y pelean para existir. Las mujeres, dispuestas a jugársela del todo por un México que les permita un espacio, mezcla de soldaderas y María Félix masculinizadas por la guerra, usurpan el rol estelar y militar a los hombres fragilizados por la lucha, confundidos por el ejercicio de la violencia, la muerte y la vida, el olvido, y el amor: si es que ya le llegó el olvido, es que le llegó la muerte, escribe Elena Garro en la voz de un soldado. Si es que Los recuerdos del porvenir es una novela sobre la memoria, como escribe Enrique Florescano en Memoria Mexicana, el mandato de entonces era el de crear una literatura con un "alma nacional", la modernidad de la autora es que aunque escribió una novela histórica sobre la memoria de un pueblo, es también su negación como novela de género. Elena Garro no puede negarse a sí misma, existe de manera casi cartesiana como lo hace en las Memorias de España 1937, donde no abandona su tono crítico, picante e independiente. Nada la aleja de su hedonismo dionisiaco, de sus escapadas a las playas de Valencia, en plena guerra civil española, con Octavio Paz al lado señalándola como frívola y burguesa; escenarios, rostros, Pablo Neruda, Vicente Huidobro, Luis Cernuda, André Malraux, León Tolstói, Luis Hernández, nadie escapa a su mirada veloz y ansiosa por encontrar signos de vida en medio de un paisaje de muerte. Si Isabel se convierte en piedra en Los recuerdos del porvenir es porque mirar la historia de frente: nombrar todas las contradicciones, los sinsentidos, el absurdo de la violencia, sin caer en la falsificación del desarraigo, no fue la apuesta de Elena Garro. Ella tenía que mirar de frente, aunque hayan intentado convertirla en una estatua de cal.

Los recuerdos del porvenir. Elena Garro. 451 editores, 2011. 320 páginas. 19,50 euros. Memorias de España 1937. E. Garro. Prólogo de Patricia Rosas Lopátegui. Salto de Página, 2011. 176 páginas. 17 euros.

* Este articulo apareció en la edición impresa del Sábado, 26 de noviembre de 2011