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Reportaje:ESCAPADAS

Los héroes del gueto

Un viaje en moto del barrio judío de Varsovia a Auschwitz y de allí a Budapest, donde un español salvó a 5.200 sefardíes

Polonia, país llano de trigales, bosques espesos, campos de labor, ciudades bastante horrendas y grandes fábricas en ruinas junto al fulgor plástico del nuevo capitalismo, ese que dicen tiene rostro humano. Hay algo que, sin embargo, llama la atención. La limpieza de la vía pública. En los barrios de tétricas colmenas socialistas enfermas de grisura no se ve un papel en el suelo y sí muchas flores coloridas en parterres y balcones.

Varsovia recibe con un triunfalista monumento a la victoria contra los alemanes. A su alrededor crepita la vida ordinaria: viejos tranvías rojos, peatones apresurados, vendedores ambulantes, bellas mujeres policía armadas con pesadas pistolas.

Ciudad tenazmente reconstruida tras invasiones y bombardeos, su bello casco histórico es decorado. Cerca de la espigada columna Zigmunta, un enorme retrato de Wojtyla, el Gran Hombre Sencillo, verdadero héroe popular al que sus compatriotas reverencian como a su mejor líder. "Era un gran, gran hombre", reconoce admirativamente Monika, que no tendrá más de 30 años y es como cualquier chica de su edad. Guapa, coqueta, con un extraño tatuaje en la falange del dedo corazón.

En la calle de Zamenhofa un joven vigila el monumento a los héroes del gueto, el más grande de Europa con 400.000 residentes. El único que se rebeló aun sabiendo que sería aniquilado. La silenciosa presencia del agente trata de evitar profanaciones como las que realizaron sobre la tumba de Irena Sendler, católica que salvó a miles de niños judíos sacándolos a escondidas de su cárcel urbana.

Destrucción y crueldad

El gueto se sublevó el 19 de abril de 1943. Himmler encargó al general de las SS Jürgen Stroop que acabara con la rebelión, que terminó el 16 de mayo con la destrucción completa de los edificios, la demolición de la sinagoga, la muerte de seis mil judíos en las calles y el envío de los últimos cincuenta mil supervivientes a Treblinka.

La carretera que une Varsovia con Katovice está plagada de obras, baches y tráfico pesado. Hace no tanto tiempo un millón y medio de personas realizaron el mimo viaje para llegar a Auschwitz en tren. El infame campo es hoy suculento negocio (www.auschwitz.org). Miles de visitantes pagan entrada para caminar entre barracones, crematorios y una ducha de Zyclon B.

Esta factoría de la muerte no llamaba la atención; era un establecimiento industrial frío y desangelado. No había calaveras ni olor a azufre. Los asesinos no eran monstruos sino funcionarios. Lo realmente horrible que se respira aquí no es la crueldad, sino precisamente su ausencia, el mecanicismo, el sistemático y desapasionado procedimiento de eliminación total de seres humanos.

La llanura polaca se encrespa en la frontera con Eslovaquia, país rural y algo montuno que supone un descanso para el motorista debido a la menor densidad circulatoria. El mal tiempo también queda atrás y los campos de girasoles centellean bajo la intensa luz veraniega. A pesar de su rústico atractivo, cruzo el reciente Estado en pocas horas; mi destino está más allá de la frontera húngara: Budapest.

En el Museo Nacional (www.mnm.hu) de la plaza de los Héroes de Budapest hay cuadros de Goya, Velázquez, Murillo y Zurbarán. En mitad del Danubio, la isla Marieta, gran parque público para disfrute de los habitantes de la que hoy es vibrante capital de un país que quiere superar sus fantasmas. Hungría ha sido de los países más duramente castigados por sus pecados. Tras la I Guerra Mundial sufrió la amputación de parte de su territorio, dejando importantes minorías húngaras en Eslovaquia y Transilvania. Luego sufrió la bota nazi y más tarde la soviética, que aplastó sin que nadie objetara la precoz Revolución de 1956.

Hitler invadió Hungría en 1944. La Solución Final se aplicaría con rigor. No hubo gueto en Budapest. No era necesario. Eichmann se encargaría de enviar a Auschwitz a los abundantes judíos magiares en tiempo récord.

El encargado de negocios de la embajada española, Ángel Sanz Briz, utilizó un decreto de 1924 para conceder pasaportes españoles a sefarditas. La norma estaba derogada, pero los alemanes no lo sabían. Lo que sí sabían era que había pocos sefardíes en Hungría. Se le concedió autorización para doscientos pasaportes. Los amplío expidiendo diversas series que nunca superaran el número 200. Mientras se tramitaban, alquiló viviendas para esconder a los judíos. Las protegió como anejas a la legación española.

Sanz Briz salvó a 5.200 judíos. Dice el Talmud que quien salva una vida salva el universo. El judaísmo inventó un término para aquellos gentiles rectos: Justo entre las Naciones. Cuando se constituyó el Estado de Israel se recuperó para distinguir a quienes salvaron judíos de los campos de exterminio.

Una placa en la Embajada de España recuerda que Sanz Briz fue declarado Justo en 1966. No fue él único. En Atenas, Sebastián Romero Radigales salvó más de seiscientos. En Berlín, José Ruiz Santaella cerca de quinientos, Juan Palencia otros tantos en Sofía. En París, Bernardo Rolland de Miota libró a dos mil. En Bucarest, José de Rojas y Moreno llegó a colgar en la casa de los sefardíes rumanos grandes carteles que rezaban: "Aquí vive un español".

» Miquel Silvestre es autor del libro de viajes en moto por África Un millón de piedras (Editorial Barataria).

Guía

Información

» Oficina de Turismo de Varsovia y Polonia (www.warsawtour.pl/en; www.poland.travel).

» Turismo de Hungría y Budapest (http://hungary.com/).

Dormir

» Albergue Villa Garden. Dolna Utca, 24, Varsovia (www.gardenvilla.pl). Casona de aspecto tétrico, antiguo cuartel de policía, su interior sorprende por su colorido, confort y luminosidad. Wifi gratuito. La cama, por 10 euros.

» Biker Camp. Benyovszky Moric Utca, Budapest (www.bikercamp.hu).

Ambiente mototurista, buena zona de acampada bajo los árboles de una gran casa con jardín. Wifi gratuito.

Comer

» Banja Luka. Pulaska Utca, 101, Varsovia. (http://banjaluka.pl). Restaurante serbio.

» Fatal. Vaci Utca, 6, Budapest. Montones de comida tradicional a precio asequible.

* Este articulo apareció en la edición impresa del Viernes, 11 de noviembre de 2011

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